Estos raros galeristas nuevos: facilitadores de arte versión 3.0

La prototípica imagen del marchand se quiebra frente al avance de una generación que promedia los 35 años, es informal y está empecinada en sacar al arte contemporáneo de su lugar tradicional; la amistad y las redes sociales, dos elementos clave

Son amistosos, “redsocialeros”, de zapatillas, cero champagne, mucha cerveza, cooperativos, informales, entusiastas… Tienen mayormente entre 30 y 40 años y son la nueva generación de galeristas. Egresados del Barrio Joven, ya compiten en las grandes ligas de arteBA y en las ferias internacionales de igual a igual con las galerías de siempre, pero tienen otro espíritu: huyen del centro y los modelos tradicionales, se animan con galpones en ruinas y son amigos de sus artistas. Puestos en el mapa, dejan libre la zona de Retiro y Recoleta. Los caracteriza la divergencia: cada uno encuentra su receta para huir de la crisis del modelo clásico del galerista de mostrador. ¿Quiénes son?

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Foto: Santiago Filipuzzi

Florencia Giordana Braun tiene 32, es cordobesa y ex modelo. Su padre biólogo y su madre psicóloga no entienden de qué vive. “Mi hijo se llama Rolf. El mundo del modelado al que fui arrojada muy chica era muy hostil, y el arte fue mi refugio. Decidí dedicarle mi vida a lo que me había salvado”, explica. En 2009 se mudó a Buenos Aires y armó su proyecto a contrapelo de la tendencia: arrancó en un galpón en Paternal y en 2013 Rolf mudó al corazón de Recoleta, donde representa a una docena de los mejores fotógrafos argentinos (Res, Facundo de Zuviría, Marcelo Brodsky, Gabriel Valansi, Graciela Sacco), con los que viaja a doce ferias internacionales por año. Define lo suyo como puro entusiasmo y entrega. “Trabajamos de manera formal, ordenada, pero muy cercana. Les busco padrinos para financiar la producción Por eso tengo pocos artistas”, dice. Su mayor éxito, la última París Photo, donde vendió fotos a rabiares. “En vez de quejarse de que no hay mercado interno, hay que desarrollarlo. En la galería si vendo cinco obras en el año es mucho”, dice.

Talleres de artistas en Document Art

Talleres de artistas en Document Art

La tendencia es la periferia. A Villa Crespo están migrando grandes como Ruth Benzacar y Nora Fisch, y talleres de artistas. “No quería una vitrina”, explica Ricardo Ocampo, 36 años, rulos asimétricos, pantalón colorado, zapatillas, habitante de este barrio desde junio último. La entrada de Document Art, dedicada al arte conceptual y al archivo documental, es una puerta de garaje sin cartel y el timbre no funciona. Los ingresos vienen de las ventas en trece ferias internacionales por año. “Es un proyecto vivo, donde pasan cosas, los artistas están produciendo. No me imagino una galería como una casa de zapatos”, explica Ocampo, de formación óptico técnico y pastelero, y dueño de una librería anticuaria virtual, asociado en este proyecto con Mauro Álvarez (el que lleva los números). La casa, abierta al público e investigadores, ya publicó dos libros de investigación, y en el piso de arriba tiene a seis “hombres trabajando”: funciona de taller para artistas como José Luis Landet, Luis Terán y Mariano Dal Verme.

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Larisa Zmud y Natalia Sly

A pocas cuadras de ahí, dos chicas regentean una galería en franco ascenso, Slyzmud. Natalia Sly y Larisa Zmud tienen 28 años, experiencia como empleadas en varias galerías y un deseo en común: “No queríamos ser ese representante frío y distante ni ese modelo obsoleto de lista sábana de artistas con representación exclusiva, una muestra cada dos años y el 50 por ciento de comisión”. Debutaron en arteBA en 2013, en la sección principal. “Lo nuestro es un trabajo más creativo”, define Sly. Con un préstamo inicial de 60.000 pesos, remodelaron un viejo local e imprimieron el primer catálogo. “A veces, hasta limpiamos los vidrios. Este lugar es nuestra casa”, dicen, uniformadas de negro, ni una gota de maquillaje. Las Slyzmud son muy amigas de los Miau miau y los Mite. Artistas, galeristas y coleccionistas contemporáneos entre sí (28 a 45 años), comparten una red de amigos en las redes e integran un grupo de galerías que quiere viajar con Isla Flotante, Liprandi, Ruth Benzacar… Y sí que lo hacen: en la misma semana Rolf volvió de Río, Barro fue a San Pablo, Document Art llegó a Madrid, y Miau miau y Slyzmud pasaban por Berlín.

Miau miau funciona en las cercanías del Malba, en un departamento que empezó siendo el estudio de una fotógrafa de moda, Cecilia Glik, y un profesor de literatura. En cinco años, el arte fue desplazando a los flashes y a la tesis de doctorado. Mariano López Seoane -el profesor- parece menor de sus 37 años, en jeans y remera, y con packs de cervezas en mano, listo para la próxima inauguración (el champagne a secas es demodé). “La plata que ganamos en la galería queda en la galería”, enuncia Glik, de 35. “Teníamos fobia a la función del galerista porque escuchábamos sus quejas. Queremos ser socios con cuentas claras”, manifiesta Seoane a propósito de la amistad. Si no cuelgan sus muestras en las redes sociales sienten que no existieron, pero no invitan por Facebook, porque el cuatro ambientes no alcanza para sus 5000 amigos virtuales.

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Cecilia Glik y Mariano López Seoane

Nahuel Ortiz Vidal, 37, es quizás el único de esta generación de galeristas capaz de ponerse un traje. Tercera generación de subastadores, trabajó en la empresa familiar Subastas Roldán desde los 22 años. Para su primer espacio propio hizo pie en un galpón trash de 1920 en La Boca, con un puñado de artistas prestigiosos: Nicola Costantino, Diego Bianchi, Matías Duville. Se sumará Mondongo. “El formato de galería chica no puede absorber las necesidades de los artistas de hoy, tanto por espacio físico como por estética”, explica una mañana vía skype con los pelos revueltos. Barro es capaz de albergar grandes instalaciones, un taller de artista y residencias. “Queremos tener una galería con presencia internacional, pero en Argentina tiene que tener el pie más fuerte. Hay muchos potenciales compradores y hay que acercarlos. Este es un trabajo en equipo y de 24 horas. Los mails de curadores o de un artista llegan a cualquier hora”.

NOMBRES CORTOS Y PEGADIZOS

Entre las megagalerías nacidas en 2014 está GGG, con dos pisos y 500 metros cuadrados para exhibición. Es obra del artista y arquitecto Matías Waizmann, que desmontó un muro de escalada y un salón de fiestas en una propiedad familiar. En un rincón está su taller, hay una bolsa de boxeo y Waizmann, 35 años, está en jogging, con una mano enyesada por exceso de tenis. Para funcionar encontró su propia fórmula económica: “Los artistas venden en mi galería a comisión cero. Yo me quedo una obra consensuada con el artista. No quiero tener roces. La galería se llama GGG (Galería Gráfica Gestual), y sumale dos G más: gusto y gasto”, dice. La conexión internacional para sus artistas es a través de Artemisa, de Nueva York, galería que comanda su hermana.

Un modelo más empresario es el de Amparo Díscoli. A los 24, estudiaba historia del arte, pero las obras que vendía después de las 19 empezaron a dejarle mucho más que su sueldo de secretaria: dejó su trabajo y se dedicó a ser lo que es hoy diez años después: art dealer, o la suma de galerista y consultora de arte. Su sociedad anónima se llama Cosmocosa, un espacio de exhibición en San Telmo y unas oficinas en Castex con muchos libros, computadoras y piezas de arte en tránsito. “El trabajo está muy enfocado en el cliente”, remarca. Esto es: documentar la obra, restaurarla, inventariar o ampliar colecciones, viajar para rastrear piezas históricas o encontrarle comprador a joyas del mercado secundario. “Mi modelo es muy flexible porque el mundo cambió. Es un servicio”. Díscoli se declara nerd, globalizada, online. Lee en su iPad unas 30 suscripciones a medios especializados, diarios, blogs y servicios de pago.

César Abelenda tenía un local de diseño en Palermo y trabajaba en el bar Kim y Novak. En la noche conoció a muchos artistas y surgieron las muestras, y se puso a estudiar. En 2012 abrió Pasto, en el Patio del Liceo, un semillero de galeristas emergentes. “Fue una gran puerta de entrada a la escena artística”, dice. A los 38 años, Pasto emigró a un local a la calle que comparte con una galería amiga, Studio 488, en Barrio Parque. Abelenda lleva el arte en la sangre: un museo de Corrientes lleva el nombre de su abuelo, Adolfo Mors, fundador de la Escuela de Bellas Artes local.  No se queda quieto: “Un galerista hoy tiene que estar activo, viajar, participar en ferias y buscar coleccionistas nuevos”. Los Mite, en cambio, siguen en el Patio del Liceo, pero se graduaron ya en la sección principal de arteBA. “Al principio compartíamos pistas de baile, luego sumamos la sociedad y con el tiempo la relación de amistad”, explican Marina Alessio y Nicolás Barraza, de 34 años. Ella es artista visual y escritora, y él estudió diseño gráfico.

“En realidad, la galería y los artistas me volvieron galerista. Fue un proceso de crecimiento”, cuenta Alejandra Perotti. En 2011 la galería empezó a definir su identidad. Y también, el polirrubro que es otra marca de clase: “Sumamos un sector donde se pueden consultar y adquirir libros de arte y un proyecto de exploración de artistas jóvenes”. Sus artistas son un poco mayores, entre 40 y 65 años. “Tengo una relación casi familiar con gran parte de ellos”, dice. En este momento está exponiendo ahí un consagrado, Ernesto Pesce.

Mar Ducle

Mar Ducle

Mar Dulce encontró otra ecuación: vende obra de pequeño formato, en una tienda encantadora de Palermo, con jardín, ventanales de hierro, un hogar y artistas como la premiada Isol, o estrellas de Twitter como @ElTopoIlustrado, de Cristian Turdera y de Tobías Schleider, que tiene 40.000 seguidores. Su muestra no necesitó más que un tuit de campaña de prensa y fue un éxito. La dirige la escocesa Linda Nielson, 42 años, importada por su marido artista argentino. “Colgamos las obras como en nuestra casa, mezcladas”, dice. La galería tiene cuatro años y pretende seguir siendo un espacio cálido, donde la gente se anima a entrar y pedir la lista de precios que está impresa en el escritorio.

“La crisis de galerías está en todo mundo”, dice Eleonora Molina, que dirige Schilkfa Molina, galería palermitana con artistas de generación intermedia nacida en 2011. Molina, 39 años, dibujante, historiadora, pasó años en la gestión pública y tuvo una galería anterior, Sapo. “Mi veta o valor agregado como galerista es que doy información. Además de vender obra, doy un servicio: cómo colgar, con qué artistas dialoga la pieza vendida”, dice. Molina, como sus colegas que buscan reinventar la profesión, no ve un panorama muy alentador para el viejo modelo: “Nuestras galerías tienen cien años con el mismo formato. Hoy el circuito cambió y el mercado desde el 2008 va en contracción. Por eso tenemos que repensar la función. Ahora el comprador está muy informado. El mercado se profesionalizó. Los galeristas que estén bien armados van a poder funcionar. En dos años, pienso, el mercado va a resurgir”, analiza. El tiempo dirá cual de todas estas recetas es la fórmula del éxito.

YO SOY, YO TENGO: UN FAVORITO PARA CADA COLECCIÓN

  • César Abelenda, Pasto. Comenzó en 2012. “Sin obras y sin artistas no tenemos galería.” Su obra escogida es una postal bordada de Bárbara Renati, Llamas del Altiplano/ Hey Brothers, 2014
  • Florencia Giordana Braun, Rolf. Abrió en 2009. “Me interesa la promoción internacional del arte local.” Elige de su colección una foto de Adriana Lestido, Madres e hijas en Plaza de Mayo, 1982
  • Marina Alessio, Mite. Arrancó ?en 2008. “Pensamos que es algo importante acompañarnos mutuamente con los artistas.” Su favorita es una pintura de Paula Castro, ?S
  • T, 2014
  • Matías Waizmann, GGG. Comenzó en 2014. “Quiero que esto sea un proyecto entre amigos.” Entre sus favoritas, una obra suya, Texturas visuales I, 2014
  • Amparo Díscoli, Cosmocosa. Funciona desde 2010. “Mi foco es ofrecer obras de valor o poner obras en valor.” Elige una obra ?del artista plástico Raúl Lozza, ?Nº 318, 1955

Opinión Aguzar la imaginación para ir lejos

Por Gachi Pietro

A nivel global se han producido más cambios en el mercado de arte en los últimos 20 años que en el resto de la historia. El galerismo ha intentado mantenerse al día generando anticuerpos para enfrentar no sólo las numerosas recesiones y rebotes económicos, sino también los nuevos modos de acceso al arte. Las galerías han tenido que aguzar la imaginación para atraer nuevos públicos y mantener la atención de los consumidores tradicionales. Hoy la clave es la capacidad de gestión. El modelo tradicional que se limitaba a exponer buenas obras de arte y esperar que los compradores fueran a buscarlas está caduco. El mercado es mucho más complejo y competitivo, exige estrategias más proactivas y salir a buscar compradores.

Por otro lado, en la actualidad hay muchas otras vías de acceso al arte como los sitios online, las redes sociales y las ferias de arte. Incluso las casas de remate no limitan su injerencia al mercado secundario, sino que juegan un rol que impacta fuertemente el sector primario. Por eso, hay que sostener y garantizar un sistema de arte sólido y coherente, con una táctica basada en mayor especialización, generar valor, contexto, facilitar el acceso a las nuevas expresiones, brindar conocimiento y discrecionalidad.

En este sentido es muy importante el surgimiento de espacios jóvenes que resultan ser incubadoras de nuevos compradores de arte, ya que por su estilo y precios accesibles atraen a un público todavía inexperto, pero con gran necesidad de ser educado y partícipe de expresiones artísticas que reflejan su época.

Es fundamental hacer una buena planificación, bajar los costos fijos, participar de proyectos cooperativos y llegar adonde están los compradores. Las políticas públicas deben acompañar para asegurar que los bienes culturales puedan circular libremente y ciertas actividades reciban apoyo. Todos los agentes de arte contemporáneo en los países de América latina están pidiendo lo mismo.

lanacion.com|

Martes 07 de octubre de 2014 | Publicado en edición impresa

.Link: http://www.lanacion.com.ar/1733488-estos-raros-galeristas-nuevos-facilitadores-de-arte-version-30

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