La revolución de los artistas

Participé en esta edición de Bitácora Museo, editada en conjunto por Rea Revista y el Museo Castagnino Macro junto a un grupo de voces que admiro. La revista completa, que incluye el siguiente artículo, se descarga gratis aquí: http://www.castagninomacro.org/uploadsarchivos/bitacora/bitacora_museo_web.pdf

Libro digital: Bitácora museo

Peces fuera del agua. Después de cuatro meses sin nadar en el circuito del arte –inauguraciones de muestras, presentaciones de libros, charlas, ferias, fiestas y todo eso que hace que la gente se encuentre con obras y creadores–, los artistas han podido ver el mar de abusos que implican las cosas tal y como estaban. Charlas, escritos y agrupaciones surgidas al calor de estos días de distancia y análisis proponen cambios en la forma en que su trabajo es percibido (y remunerado).

Ya lo había propuesto el artista Martín Legón en un artículo de El Flasherito[1], diario hecho además por artistas y que en cuarentena llegó en forma gratuita a las casas de quienes lo pidieran. Ante la malaria general del sistema, Legón proponía repartir los premios entre muchos. “Hay concursos, salones y premios que parecen estafas encubiertas, que abusan de la desesperación y la fragilidad que el mismo sistema promueve. Voy a utilizar un ejemplo sencillo a mano: el Concurso Fundación Andreani otorga tres premios adquisición en pesos moneda local; un primero de $700.000, un segundo de $500.000 y un tercero de $300.000, este último a la innecesaria categoría artista emergente (o mejor; tan necesaria como artista de mediana carrera, artista sin ingresos, artista injustamente olvidado, etc.). Suponiendo que dos de los tres premios serán entregados a artistas de cierta trayectoria (algo que puede inducirse por el apartado emergente que las bases proponen), ¿no son precios livianos para una adquisición institucional de peso? ¿No saltean olímpicamente a las galerías, que en este contexto particular están tecleando más que de costumbre?”.

Algunos oyeron su voz cantante. Concursos que rápidos de reflejos se adaptaron al momento de crisis. ArtexArte, a través de la Fundación Alfonso y Luz Castillo, no entregó un premio, sino treinta subsidios de 50.000 pesos para artistas en condiciones de “vulnerabilidad económica”. Las becas de viaje de Alec Oxenford perdieron sentido en cuarentena, pero el coleccionista decidió ofrecer por única vez 100.000 pesos a sesenta artistas seleccionados.

Otros no fueron tan permeables a la realidad. Por estos días fue noticia la renuncia a integrar el jurado del Premio Itaú de la artista Dolores de Argentina, porque el banco no accedió a su reclamo de actualizar los montos de los premios. “Desde diciembre hasta febrero, el valor había cambiado porque habían cambiado las circunstancias alrededor de todo. Los artistas que viven de la producción, exactamente del mercado, habían quedado completamente solos frente al no mercado. Me pareció que era un momento en el que se podía poner en crisis qué significa un premio adquisición y qué significa formar una colección. El precio es una construcción. En estos concursos hay artistas que finalmente ceden sus trabajos en un precio que es inferior al precio de mercado. Eso es lo que yo no pude resolver. Sin embargo, como estábamos en confinamiento, y tan sensibles por la situación inédita, solicité que, por estas condiciones extraordinarias en las que la muestra no iba a existir sino que iba a ser virtual y no había traslado de obras, por qué no liberar al artista de la producción de la obra y que finalmente sea un premio no adquisición”. Tampoco accedieron a esto, y Dolores renunció con un manifiesto público[2].

“Lo importante es dar la oportunidad del debate y de la transformación”, dice Dolores. En su obra está siempre ese deseo. Por ejemplo, cuando expuso en el Museo Caraffa #SinLimite567, una exposición en la que las salas estaban completamente vacías. Fue tanta la agresión que recibió que no hubo mucho espacio para la reflexión que proponía. “Yo creo que la pandemia ha acelerado procesos y me parece que los artistas tenemos que estar atentos como protagonistas en los cambios sociales, examinar las prácticas de arte, asegurar la eficacia de los mensajes y muy especialmente provocar mecanismos de reflexión: ¿qué pasa si ponemos todo de vuelta a un grado cero, como yo lo quise hacer en el Museo Caraffa? Pongamos de vuelta en duda qué significa el museo hoy. He leído escritos sobre si al final no se van a convertir en hospitales de obras de arte, como el conjunto de las obras de la historia de la humanidad”.

Geriátricos de obras de artistas muertos o centros de entretenimiento dirigidos por genios de las redes sociales… Un dilema contemporáneo. Ángeles Ascúa va rotando por su casa con la bolsa del tapiz y cuando puede se sienta a pintar y dibujar, pero también trabaja en curaduría y en esta nueva vida virtual que comienza para el arte. Desde la galería de arte Aldo de Sousa se ocupa de la migración de contenidos a la web. “Estoy fascinada con los viewing room, aplicación gestada para que se emplacen digitalmente las exposiciones y recorrerlas sala por sala. Y eso me entusiasma. Al principio me resistí y ahora me enganché. Creo que todo esto llegó para quedarse”, cuenta.

Sigo hablando con artistas –porque a eso estoy dedicando mi cuarentena, a entrevistar a artistas en sus casas y compartir ese rato de compañía en las redes[3]– y busco respuestas, nuevas miradas, otros futuros. Doy entonces con los Artistas Visuales Autoconvocados de Argentina (AVAA) y me lleno de esperanza. A los pocos días de comenzada la cuarentena han logrado crear esta red de más de cien artistas y agrupaciones con representantes de todas las provincias. Al principio los movía un reclamo: el permiso para ir a trabajar a sus talleres. Pero cuando esto se fue logrando, empezaron a surgir otras urgencias, menos chiquitas, como una guía de teléfonos donde el artista pudiera pedir ayuda, un plato de comida, materiales. Socorros mutuos[4]. Fueron desde pensar en una remera que diga “los artistas no pagan los fletes” hasta el primer censo nacional de artistas, online, profundo, pasando por el pedido de un subsidio de emergencia no concursable para lxs trabajadorxs de las Artes Visuales que no tienen posibilidad de trabajar por la emergencia sanitaria. Enumero más reclamos: monotributo y exención de impuestos, construcción mancomunada de un Tarifario Nacional para las Artes Visuales, Ley de Mecenazgo Cultural a nivel nacional, mayor vínculo entre las instituciones públicas y/o privadas con los artistas para generar canales de diálogo y pensamiento colectivo, remuneración justa por el trabajo realizado, política pública de promoción de las Artes Visuales, museos inclusivos y situados en relación con la comunidad que lo rodea, igualdad de oportunidades para becas sin límites de edad u otros aspectos excluyentes y más oferta educativa en el interior del país. Claro que sería un mundo más hermoso para ser artista si todo esto fuera cierto.

Pasaron cosas. En Córdoba les ofrecieron una ayuda de $15.000 a los artistas y esto se entendió como un insulto. “Nuestro gran desafío es el cambio de esta idea de que lo hacemos todo por amor o que tenemos que estar agradecidos de que se nos permita hacer. Creo que todavía existen espacios donde los artistas pagan para poder exponer. Tenemos que hacer comprender que no es simplemente un mundo donde todo se sostiene con aire o con ideas”, indica Sofía Torres Kosiba.

Carlos Huffmann, director del Programa de Artistas de la Universidad Di Tella y artista representado por la galería Ruth Benzacar, escribe en la revista Otra Parte un diagnóstico descarnado, bastante alejado de imaginarias situaciones de privilegio que podrían suponerse: “Lo que expresa el arte ¿son las condiciones materiales en las cuales viven y producen sus artistas? Hasta hace poco estábamos acostumbrados a premios que no ofrecían honorarios, no contaban con presupuestos de producción ni pagaban el flete para que la obra viajara desde el taller a la sala de exposición. Excepto en contadísimos casos, las galerías no destinan fondos propios a la producción de sus muestras. El bolsillo del artista tiene que alcanzar para el costo de su sustento vital diario y el de sus materiales de trabajo, el alquiler de su estudio y a veces también el acondicionamiento y la iluminación de la sala y cualquier tipo de realización que requiera su muestra. Todavía no contamos con una figura fiscal que se ajuste a la variabilidad de ingresos mensuales, que es una característica de la realidad económica de los artistas. El artista es el trabajador más precarizado del sistema del arte. He sido cómplice de esta realidad: una vez me dijeron por lo bajo que, si no aceptaba ciertas condiciones para exponer, detrás de mí había ‘veinte artistas que sí están dispuestos’, y el argumento me resultó persuasivo. Volviendo a la pregunta que acabo de formular, es claro que este sistema alienado se reproduce en nuestras imágenes. Pero el arte no considera que las imposiciones de una realidad material sean una condena: las vuelve lenguaje, susceptibles de giros idiomáticos, transformaciones y las radiaciones mutantes de la poesía. En el espacio entre la realidad y el género de la ficción aspiracional es donde nacen las flores más lindas”.

Me gustan las propuestas de Huffmann para los precios del arte (indexarlos por inflación o índice UVA y pensarlos siempre en pesos) y el rol de las galerías (también en capacitación y tecnología). Espera que alguien revise el fenómeno Milo Lockett, que reveló que “la mítica clase media que una vez por año compra un cuadro sigue existiendo”. Coincido con él en que está buenísimo lo que hace la artista Laura Ojeda Bär: decidió dejar su galería y pinta cuadros pequeños de esculturas famosas y las vende chash, o en cuotas, en pesos, uno tras otro.

Las galerías son un agente importantísimo para la venta de obra, claro. Pero en cuarentena han entrado en una hibernación de la que recién empiezan a desperezarse. Se puede pensar en otras estrategias, como la que imaginó Ojeda Bär: “Hasta ahora la plata generada directamente por mi obra autoral (ventas, becas, subsidios, premios) fue esporádica e inmediatamente consumida por ella misma: compra de materiales, producción de obras para muestras, transporte, registro, montaje, escritura, curaduría. En noviembre pasado me fui de mi galería. Había mucha energía estancada ahí. Y siento que hacerme cargo de eso fue el primer paso a poder analizar la situación concreta que atravesamos muches”. Cansada de todo esto, se puso a vender-se. “Basta de pretender tener presupuestos millonarios a mi disposición, que termino paleando con tres trabajos a la vez. Hoy las limitaciones económicas están más evidentes que antes. Con el comienzo de la cuarentena retomé una serie que había hecho en 2018 para IDLB, un proyecto de tienda online de Irana Douer y Luciana Bernieri, dos emprendedoras notables”, dice. Así empezó su trato directo con el comprador: “Se generó un diálogo mucho más fluido y tupido con los interesados en mi obra. Fue como si se hubiera levantado un velo de misterio. Me han dicho de generar una tienda online propia o algo así y prefiero que no, prefiero la comunicación directa de mensajes privados, sin filtros. Hoy es una posibilidad inimitable que dan las redes sociales”.

Marcos Acosta tiene experiencia en esto de generar su propio sistema de supervivencia, que funciona desde hace años en Córdoba. Es su propio jefe, galerista, gerente de taller y se sostiene con una red de compradores de obra en cuotas. No son coleccionistas específicamente, sino personas que pagan una módica suma al mes para recibir un cuadro a largo plazo y así entre todos conforman un ingreso más que respetable para el artista. Esto fue lo que le permitió trabajar durante seis meses –los cuatro últimos en cuarentena–, con dedicación exclusiva y extenuante, en hacer 85 retratos de las víctimas del atentado a la AMIA. Lo discutimos y entiendo su postura: “Ellos compraron todos los materiales y corren con los gastos de exposición.  Pero me parecía que este trabajo había llegado a mí como una especie de misión y que no era ético cobrarlo, desde mi lugar de artista ni desde el punto de vista humano”. Entendamos: seis meses de dedicación exclusiva para generar un contenido increíble para AMIA. Y además, Acosta donó el conjunto íntegro a la mutual.

Busco más voces y experiencias. Encuentro en Salta a Soledad Sánchez Goldar, gestora prolífica de cantidad de proyectos, en una relación saludable con su galería, La Arte –encabezada por otra artista, Soledad Dahar–, con la que ha trabajado en materializar y comercializar su obra siempre performática y efímera. “La verdad es que me ha ayudado también a pensar un poco, a ordenar ciertas cosas de mi trabajo que me costaba pensarlas para la venta. Era complejo para mí”, explica. Como siempre, tiene un proyecto (ahora en pausa) de residencia, Poliniza, un espacio para la formación en performance. Funciona en su propia casa. Soledad pone otra carta sobre la mesa y es la fe en las instituciones: “No presento carpetas. Esa cosa de ir a buscar la muestra me cuesta un montón, ya no lo hago hace mucho tiempo. Me cuesta hacer ese trabajo, porque siento que estoy pidiendo algo, y eso me pone en una situación de que, como estoy pidiendo, tengo que trabajar en condiciones de precariedad, en un lugar que maneja dinero supuestamente, o que debería manejarlo; para trabajar precariamente, trabajo con mis amigos”. Hay una obra de ella que es bastante elocuente: Sostener el aliento. Soledad sopla y mantiene en el aire una lámina de oro. “Tiene que ver un poco con esta cosa de la precariedad que tenemos muchos artistas, este capital simbólico que sostenemos hasta llegar a la explotación. Esto es oro falso y lo sostengo con el aire”. Poéticas de la autoexplotación.

En Ámsterdam, Mercedes Azpilicueta nos trae noticias del futuro. En Holanda los museos financian las producciones y no se las quedan, las compran. El Van Abbemuseum sostuvo la producción de una muestra durante dos años, que incluyó el tejido de dos grandes tapices, la construcción de seis estructuras, trajes-esculturas, colaboraciones con otros artistas, viajes. Todo el proceso de investigación y producción. Holanda, claro, queda lejos.

En estas pampas conviene ser creativo, no solo por un rebusque económico. También urge la necesidad de hacer algo productivo. Nicola Costantino, por ejemplo, después de incursionar en la repostería molecular y hacer postres a pedido, pasó a crear en cuarentena una serie de vajilla y cuencos modelados en barro con una técnica japonesa en la que los pigmentos se aplican directamente en la arcilla. Era una utopía esperar que en estos tiempos la galería vendiera obra. “A partir de ahora podemos hacer lo que queramos. Esta oportunidad es como un blanqueo. Nunca pensé que iba a estar tres meses encerrada en mi taller sin otra responsabilidad que la casa. Llevar tu propia mochila. La humanidad aprendió de esto. Los artistas estábamos muy mal antes y esto frena un poco esa locura que había de ferias internacionales, precios, galeristas, coleccionistas y toda esa cosa tan neurótica… Yo tengo muchas formas de aplicar mi arte. Esto que estoy haciendo son objetos preciosos de cerámica donde podés comer. Esculturitas que se transformaron en arte utilitario, de la mano de mi pasión por la gastronomía. La técnica es complicada pero estoy fascinada. No hubiese tenido el tiempo y la concentración sin esta cuarentena infame”, dice.

Marcos López es otro entusiasta: vende en Instagram souvenirs de cosecha propia, como una edición limitada de pingüinos pintados a la pop latina. El combo incluye una botella firmada de vino mendocino, con etiqueta diseñada por él. También vende packs de vino más dibujo, y su libro El Jugador sale intervenido. “Me pone igual de contento vender un pingüino o un libro con la tapa pintada a mano, con lo que pago el supermercado por una semana, que cuando vendo mis obras en ferias de arte, a museos o a prestigiosas colecciones internacionales. Para ser sincero, creo que la alegría cuando vendo un pingüino por Instagram en estos días de incertidumbre es mayor. Me pone contento por el día entero”, cuenta el artista en su confesional feed de Instagram.

La olla está muy a presión. El tarifario para servicios ofrecidos por artistas no es una idea loca, sino una realidad en la que trabajan varias agrupaciones (AAVA, Nosotras Proponemos, TAF, Artistas Solidarios, Coleccionistas de Emergencia y organizaciones de América Latina, entre otros). “Tenemos que hacer un trabajo doble. Por un lado, hacia adentro, donde todes entendamos que es un trabajo que se cobra. Porque con que un artista no cobre, se viene todo abajo. Pero por otro, empezar a tender puentes para que se legisle, porque si no, depende de la buena voluntad de las instituciones que lo tomen o no lo tomen, y nosotros en nuestra idea, o sueño, es que eso sea una legislación. El modelo son otros tarifarios como el de la industria del cine, que establece valores mínimos”, explica Juan Miceli desde AAVA. “Se está hablando de un básico fijo para este período de $5000 para actividades que te convocan de un museo, como por ejemplo dar una charla o hacer una performance”, detalla Kosiba.

Por supuesto, va a incluir cobrar a la institución por todo el trabajo de hacer una exposición, que es además darle al lugar una razón de ser. Por eso batallan también las trabajadoras del arte reunidas en Nosotras Proponemos, además de la paridad de género en premios y exposiciones, entre otras cosas. “El feminismo en general se ha ocupado de señalizar o de acompañar distintas luchas, no solo la de las mujeres –cuenta la artista Paula Senderowicz–. Y en este caso, la pandemia hace que se ponga más a la luz la fragilidad que tienen los contratos, o los no contratos. Somos una cantidad de profesionales brindando contenido, más allá de la producción y de la venta de las obras. Nadie habla de que eso es trabajo. Son muchas horas de dedicación. El artista elaboró, llegó, estuvo en el horario del montaje, en el de la iluminación, en el diseño del flyer, en el flete… El romanticismo es maravilloso porque nos permite todo el vuelo poético y demás. Pero también los artistas tenemos costos de vida. Y animarse a correrse de ese lugar tan heroico para dar esta conversación es un tema”. “Hay que dejar de creer que somos seres que vivimos en otra galaxia. En realidad, somos personas que llevamos vidas hasta a veces muy difíciles. Parece que fuese un puro goce y no hubiese fuerza de trabajo atrás”, agrega Fátima Pecci Carou.

Luciana Ponte trabaja sobre el lenguaje de las redes y es la creadora del archivo de arte en medios lalulula.tv, desde donde ha visto en diez años el avance de las tecnologías. Su estrategia de manutención es, diríamos, a la gorra. “Colecciono situaciones en donde se cruzan el mundillo del arte y los medios populares masivos”, cuenta. La plataforma ya tiene mil videos cargados y se sustenta con aportes voluntarios. “La idea es que los mismos usuarios que aprovechan este material y pueden pongan unas monedas por mes para que podamos subtitular y subir más cosas”, cuenta.

Le pregunto a Ana Wandzik, artista visual y una de las directoras de la editorial Iván Rosado, qué lee de este panorama: “Siento que este presente es la muerte total de la estrategia como forma de dirigir nuestras acciones. Los planes son líquidos, ganan sentido a la vez que lo pierden, y al revés. Yo soy una artista que siempre trabajé sin estrategia, voy yendo hacia donde me llevan diversas búsquedas materiales por curiosidad y deseo, más bien voy tomando decisiones en ese hacer. No tengo circulación comercial, no soy salonera, casi nunca tengo plazos que cumplir, así que esta situación de limbo general respecto a todo exacerba aún más mi relación azarosa y libre con el arte y mi forma de trabajar. Los espacios de encuentro y circulación de saberes en su diversidad tuvieron/tuvimos/estamos teniendo que buscar alternativas de funcionamiento, pero para bien o para mal no nos salimos del paradigma, que sería algo así como que sigamos más o menos como antes pero más distanciadxs físicamente. Los protocolos que van apareciendo un poco lo demuestran”, cuenta. La editorial es otra quimera: “Con la editorial nosotrxs intentamos dos cosas: una, no alterar drásticamente nuestra rutina de trabajo. No nos salió, trabajamos mucho más. La otra, seguir como si nada. No en el sentido de no ser permeables a la realidad, sino de tratar de no suspender lo que había por delante, concretamente proyectos de edición, trabajos comenzados con numerosxs autorxs. Las dificultades se metieron en el camino sin duda. Todo lo que es del orden de la movilidad, del intercambio, la eventualidad de ferias y la distribución se alteró o se congeló, pero igual un ritmo de publicación se mantuvo, y aparecieron otras formas de llegar a lxs lectorxs y curiosxs”.

El panorama apabulla un poco. Hay mucho por hacer. Pero mucho también se está haciendo. Me gusta pensar que la experiencia de un colectivo de artistas patagónicos podría extrapolarse a todo el territorio. Fuego en la Torre: trece artistas se juntan en un laboratorio autogestionado (como todo, bah). Trabajan juntos, se prestan materiales y herramientas, se ayudan, se dan la mano para cruzarse de disciplinas, se inspiran y se arengan. Juntos, empiezan a desconocer sus propios límites. Terminada la clínica, deciden seguir unidos. “El arte circula en la piel, la sangre y el cuerpo de cada uno, pero no tenemos que nombrarlo constantemente. Lo que sobresale es la amorosidad, la disponibilidad para ayudar al otro. Estando juntos algo empieza a hacer chispa, desde un lugar de transformación”, cuenta Marina Cisneros. “Un abrazo que te da una contención que te anima a explorar”, dice Lucía Bonato. La llama de cada uno alimentó una gran fogata. Una enseñanza de este grupo: “El camino de los artistas nunca es suerte. Se construye desde el deseo de ser y hacer”. También, desde este tipo de redes de amor.

[1] LEGON, Martín, “Para salir de la malaria”, El Flasherito: http://flasherito.com.ar/para-salir-de-la-malaria-el-premio-andreani-como-ejemplo/

[2] Se puede leer acá: https://www.instagram.com/p/CBGZ5CHgnob/?utm_source=ig_web_copy_link

[3] Artistas de entrecasa: https://mariapaulazacharias.com/category/artistas-de-entrecasa/

[4] Recursero: http://ramona.org.ar/node/69817. Formulario para autocensarse: forms.gle/XjaTWDHuZftGKEE76

“La revolución de los artistas” contó con palabras y citas de @artexarteespacio @elflasherito @doloresdeargentina @angelesascua @artistasautoconvocades @sofiatorreskosiba @cmffnn @allo_dynia @marcos____acosta @soledad_sanchez_goldar @mercedes.azpilicueta @chanchobola @marcoslopezvirtual @juan.miceli @paula.sende @fatipeccicaru @oh.no.lulu @anawandzik @marinacisneros_fotografia @enriqueta.g.z



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