Niño perdido

¡Jeremías! ¡Jeremías! Una mujer corre por la orilla desesperada. Con una nena chiquita en brazos, corre del mar a la playa, de la playa al mar. ¡Jeremías! ¡Jeremías! El grito le sale de las entrañas, ahogado, seco, desgarrado. Mudo. Le grita al mar y se me hiela el alma. La playa se paraliza. El silencio que se forma es aterrador. Todos empezamos a aplaudir y a gritar también, ¡Jeremías! No puedo pensar. Busco a un chico que no conozco, que no sé qué edad tiene ni de qué color tiene el pelo. Busco y aplaudo y grito, ¡Jeremías! Y busco a mis hijos también, ese miedo de cada día: no verlos por un segundo, vigilar que no entren demasiado al mar, cuidado con el sol, que no pisen nada filoso. Pero verlos, siempre. Y Jeremías no aparece y siento que voy a llorar con esa mamá.

Justo tengo en mi bolso El Petiso Orejudo, legendario caso policial magistralmente narrado por María Moreno. Un librito menudo que es fácil de cargar, pero difícil de leer: el asesino serial tenía por víctimas preferidas a los chicos chiquitos. Me cuesta, no quiero, pasar de las primeras páginas, donde ya estoy metida en la piel de esa madre italiana que habla cocoliche, de ese padre sastre reconcentrado que por un segundo dejan de ver al bebé regordete de tres años que jugaba en el patio. “Sus manos, llenas de pulseritas, son pedigüeñas y saben juntarse para formar un cuenco ante el jarro del manisero”, escribe Moreno, y lo estamos viendo sus lectores. Ya sé lo que va a pasar. No quiero -no resisto- seguir leyendo.

Instintivamente, mido la distancia de rescate, ese concepto ancestral al que la escritora Samanta Schweblin puso nombre, puso en palabras, y que me acompaña desde que leí su libro titulado así, en 2014: “Así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija, y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería”. Un libro entero con los nervios arruinados, pensando cómo evitar lo evitable y lo inevitable, cómo multiplicar las desconfianzas y cuidados. Vivimos midiendo las probabilidades de desastres inminentes.

Por eso, recién ahora que todos mis hijos han superado la difícil prueba de nacer y han llegado al mundo vivos pude leer y disfrutar de El nadador en el mar secreto. El embarazo es una esperanza larga, fuerte como una patada que se siente del lado de adentro y frágil como un beso que hay que esperar nueve meses para dar. Y William Kotzwinkle cuenta la peor catástrofe en un texto íntimo y veraz, sin imposturas ni artificios: un secreto que el autor llora en nuestro oído. Es posible leerlo mejor cuando esa fatalidad -un terror que abrigamos en cada embarazo- ha sido superada. Lo leí una tarde, de un tirón, mientras mis hijos saltaban en mi cabeza y solo interrumpí la lectura para abrazarlos, sentir sus cuerpitos latir contra mi pecho y el alivio de sus respiros apurados. Fue en un viaje hacia lo más sagrado de la vida y de la muerte, todo junto, conmovida, entendiendo todo y nada a la vez.

Pienso en los padres que han perdido hijos y no puedo imaginar el dolor. Pienso en los padres de Fernando Báez Sosa y en tantos otros cuyos nombres no llegamos a conocer. Y pienso ahora mismo en Jeremías.

¡Jeremías! ¡Jeremías! El chico todavía no aparece, pero ya sabemos que lleva short azul y tiene pelo castaño. Mis dos hijas ahí están, surfeando olas (para nada a salvo, pero bien a la vista). Seguimos buscando. Alguien viene corriendo hacia la madre y trae un chico abrazado. La madre corre, la beba en brazos se zamarrea como una muñeca, pero el brazo la retiene bien apretada contra su pecho. Es Jeremías, y ella lo abraza y llora, llora con ruido y no lo suelta. Debajo de mi sombrero de paja me seco las lágrimas que no puedo aguantar: no quiero preocupar a mis surfistas. De nuestra angustia también los protegemos.

Publicado en La Nación, 6-2-20. Link: https://www.lanacion.com.ar/opinion/miradas/el-nino-perdido-y-encontrado-nid2330955

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