Sara Facio: “Soy una militante de la fotografía”.

Sara Facio es una leyenda de la fotografía argentina, que esta tarde prepara un té en la cocina de su estudio de la calle Paraguay y sonríe con una boca roja, prolijamente pintada. Tiene 87 años que no se le notan en la voz ni en la mirada: apenas, un andar un poco más lento. Es un pilar de la fotografía local, la autora de retratos de escritores que ya son parte de la cultural visual del país (Cortázar con el cigarrillo entre los labios, los muchachos peronistas mirando a cámara, los chiquitos con la ñata contra el vidrio que hielan el corazón…). Hace un tiempo, dejó de registrar en negativos lo que sólo ella capta, pero sigue mirando como siempre, buscando imágenes. Se dedica ahora a preservar su legado y el de su pareja, la también legendaria María Elena Walsh.

¿Creó una fundación con su nombre?

La Fundación María Elena Walsh tiene legalmente menos dos años. El año pasado otorgamos el primer premio en literatura, que ganó Tomas Downey, y en esta nueva edición integra el jurado con María Moreno y Pablo De Santis. La idea es continuar lo que María Elena hacía en vida: ayudar a la gente joven, con talento. Estamos muy contentas. Es lo que ella quería. Yo tengo sus derechos literarios, y como no me interesa tener autos de alta gama ni alhajas, pensé que ese dinero de ella lo debía gastar en hacer cosas que ella hubiese hecho en vida.

A usted le debemos la forja de la vida institucional de la fotografía: abrió secciones en los principales diarios, dirigió la primera sala de exposiciones específica (la Fotogalería del Teatro General San Martín), formó la colección del Bellas Artes… Le dio dignidad a la disciplina.

Ha sido una lucha de toda la vida, muy desigual. ¡Una militancia! Siempre digo cuando me preguntan si no milito: sí, soy militante de la fotografía. Porque, además, soy mujer, como habrás notado. Las mujeres siempre somos menos. En todo el mundo. Por suerte ahora las chicas se han dado cuenta que no es sólo en el trabajo y en la cama: en todos lados los varones mandan.

Este un momento muy especial para la lucha de las mujeres.

Yo soy feminista de nacimiento. Me alegra que ahora se hayan comprometido más, sobre todo en los casos extremos como el aborto o el divorcio, temas que hacían que la mujer fuera una esclava. Que eso se discuta me parece maravilloso.

¿Y qué proyectos más personales tiene?

Descansar, es lo que me recomienda mi médico. Me dice que me vaya a una playa, pero para eso yo prefiero pegarme un tiro. Me gusta más estar acá en mi estudio, rodeada de mis libros y mis fotos, no las mías, sino de la gente que a mí me gusta, de los artistas fotógrafos que me gustaron siempre, Richard Avedon, Diane Arbus… Sigo trabajando y me piden muchísimas cosas que no puedo cumplir, por un lado porque pienso que ya está, ya hice mucho, y por otro porque tampoco tengo fuerzas. Es muy difícil porque a mí me gusta la fotografía analógica, y en este momento es dificilísimo conseguir materiales, papeles, laboratorio de fine art que sepan trabajar con negativo. El digital me parece plano, gris, asqueroso.

¿Conoce el Centro de Investigación Fotográfico Histórico Argentino (CIFHA), que dirige Alfredo Srur?

¿Cómo no lo voy a conocer? Ahora justamente me están haciendo las fotos, porque fue uno de los pocos que encontré que hacía fotografía analógica. Gané el Premio Trayectoria del Salón Nacional, y una de las condiciones es que los ganadores tienen que donar una obra al Museo Nacional de Bellas Artes. La ceremonia será ahora en comienzos de noviembre. Vino acá la curadora Verónica Tell y eligió cuatro obras, de la serie del Peronismo, que se vio en Malba durante cinco meses. Las que se vieron eran copias digitales, pero las que dono al museo son copias del negativo.

¿La de los muchachos que miran a cámara?

Esa ya estaba en la colección, la había donado mi socia editorial, María Cristina Orive. Es la única socia que tuve en la editorial La Azotea. Mi otra socia fue Alicia D’Amico, en lo fotográfico. Y no tuve más socias nunca, ni tendré. Con esas dos monstruos, con las que me llevé fantástico siempre…

Y María Elena, ¿socia en la vida?

Más que socia.

Hace unos días, el candidato Alberto Fernández cerró su presentación en el debate presidencial citándola: Tantas veces me mataron / Tantas veces me morí / Sin embargo estoy aquí resucitando. ¿Cómo lo tomó?

No lo vi. Me parece maravilloso que la citen a María Elena. Es un verso que tiene una vigencia y un humanismo que son eternos. Que lo use un político me parece fantástico. Lo enaltece al político que pueda citar a un poeta, a cualquiera… Estamos tan cansados de los insultos y las guarangadas. Al menos yo.

¿Cómo analiza este momento, donde hay candidatos de extrema derecha?

Y de extrema derecha y de extrema izquierda también. Hay algunas cosas en las que está bastante atrasada la izquierda, vive en el siglo XVIII. No te rías: la reforma agraria es del siglo XVIII, no del XIX. Estos extremos están pasando en el mundo entero. En Francia, que es nuestro ejemplo, fijate los chalecos amarillos. Lo que pasa en Chile.

¿A qué personaje de todos estos le gustaría retratar?

¿Sabés que te diría María Elena? No me hagas preguntas de periodista.

MERCADO DEL ARTE

¿Tiene galería comercial?

No, nunca quise. Estoy fuera del mercado. Me compró Constantini fotos, pero a mí, directamente.

¿Cómo analiza el fenómeno de las buenas cotizaciones que tienen las copias vintage?

Ahora se dan cuenta que aquella es la fotografía verdadera, que se hizo como debe ser, con negativo, papel, buen laboratorio. Pero como no saben lo que es una buena copia, es muy fácil engañarlos. No necesariamente es copia del artista, hay fotógrafos como Cartier-Bresson que en su vida entraron a un laboratorio, pero saben lo que quieren. Yo soy una rara avis porque para mí la fotografía eran las dos cosas: la toma y la copia. Esa puerta que ahora está cerrada con llaves era mi laboratorio. Me gustaba con locura. Con Alicia podíamos estar un día y una noche entera ahí adentro, buscando un tono, una luz, un negro. Ahora las copias digitales son todas planas. Es otra técnica. Pero la que fue tomada en un negativo tiene que estar hecha por un laboratorista que sepa de sutilezas.

¿Digitalizó tu archivo?

La mayoría, sí, pero no le tengo ninguna confianza. Yo tengo negativos que tienen sesenta, setenta años.

El problema es que después no tienen valor de mercado: nadie sabe qué hacer con los negativos de los maestros que ya no están. ¿Falta una institución pública que se ocupe de la memoria de la fotografía argentina?

Es una lucha, y no sé si tendrá solución. Todos quieren digitalizar sus archivos. El 90 por ciento de los fotógrafos que se presentaron a Mecenazgo fue para digitalizar sus archivos.

¿Tiene mucha demanda de imágenes?

Sí, pero siempre tuve. No me puedo quejar. Nunca tuve una galería, pero sí han venido siempre los galeristas a comprar para sus clientes. Yo le doy al galerista mi precio y que él cobre lo que quiera. ¡Prefiero no saber! No necesito brillantes ni esmeraldas, ya te digo. Pero lo que no me gusta es el engaño. O el comercio barato: eso de decir que hay que numerar las fotos y si el autor hace más de diez, se enojan. Cuando la raíz de las fotografías es que se puedan hacer millones de copias. Nació para eso. No es la Gioconda que hay que ir a verlo al Louvre. Es otro lenguaje y otra manera de ser. Que el fotógrafo tenga que hacer cinco copias y nada más para venderlas más caras… Me pasó de ir a pedir a un fotógrafo una copia para el Museo Nacional de Bellas Artes y que no pudiera hacerla porque el galerista lo mataba.

 

Siempre FOTÓGRAFA

¿No volvió a sacar fotos?

No puedo por cuestiones físicas. A mí lo que me gusta más que nada es tomar fotos de la gente. Nada de trípodes ni escaleras. Me gusta estar al lado de la gente, tanto se trate de Borges o de Cortázar como de chicos que salen de la escuela. Me interesa estar en el medio de lo que pasa, pero ahora no puedo porque tengo problemas para caminar, agacharme, subir una escalera, me quebré las muñecas hace unos años… ¡estoy en señora de edad!

¿Y no le dan ganas a veces de mirar a través de un visor?

Miro todo el tiempo, la gente, la calle. Mi placer es sentarme en la vereda en París o acá en Buenos Aires y mirar a la gente. Si no, miro en televisión películas o series, o leo. Leo muchísimo. A la mañana si no leo el diario de punta a punta me falta algo, me falta el café.

Mira las fotos, imagino.

Mi gran pelea con Jacobo Timerman: estábamos en Punta del Este con María Elena y me preguntó si yo leía La Opinión: “Yo no. ¿Para qué voy a leer un diario que no tiene fotos? No me interesa para nada”.

¿Cómo ve al fotoperiodismo de hoy?

Bien. Tiene mucha más técnica que en mi época. Entonces había dos o tres buenos y los demás eran bastante desastrosos, por calidad y por visión, por ojo fotográfico. Ahora hay más profesionalismo. Los jefes también saben más. Ahora hay jefes y editores fotográficos. Antes el mismo diagramador agarraba las fotos y las cortaba por donde se le daba la gana.

Hay fotos suyas que son íconos. Es parte de nuestra cultura visual.

Yo a veces digo que mi verdadero premio, lo que más satisfacción me da, es cuando tomo un diario y, aunque no esté mi nombre, está mi foto. O prendo el televisor y siempre hay una foto mía, hablen de lo que hablen. Eso me da mucho gusto. Me pasa todo el tiempo.

¿La fotografía es una huella?

Y sí. Mirá: fui a una librería y vi una agenda con fotos de escritores… ¡unas cuantas son mías! A veces aparecen fotos de mi cara con otros nombres, eso no me gusta. Yo siempre me saqué autorretratos, lo que ahora llaman selfies. Toda la vida me saqué fotos porque me daba pena desperdiciar la película cuando quedaba un poquito de rollo, cuatro o cinco fotos, y ya tenía que revelar. Tengo pilas, en cualquier espejo o reflejo.

¿Qué es una buena foto?

Algo que te hace pensar. No es una casualidad. Esta foto, por ejemplo -señala la tapa de un catálogo de una retrospectiva-. Yo no sabía lo que estaban haciendo. Era la primera vez que en un museo en Suiza había una guía sonora. Una señora los mira igual que yo, sorprendida.

No veo acá ni una cámara. ¿Las conservá?

¿Qué te creés, que soy Sessa para tener todas en exposición? -se ríe con ganas-. Desde que me casé con la Leica seguí fiel hasta el último día. Tuve varias, pequeñas, para que nadie se dé cuenta de que estoy sacando fotos. No trabajo de fotógrafa.

¿Y no extraña tener la cámara en brazos?

Algunas la regalé. Le di una a Marcos López, porque siempre me hablaba de las Leica. Y otra a Ataulfo Pérez Aznar, que curó la muestra de Perón. La primera que compré se la regalé a Elda Harrington, que creó el Festival de la Luz, porque fue una cosa que siempre pensé que tenía que hacerse en la Argentina, pero creí que nadie lo iba a hacer. Yo quería que existiera, pero no hacerlo yo.

Publicado en El cronista, 24 de octubre de 2019. Link: https://www.cronista.com/clase/dixit/Sara-Facio-Me-parece-maravilloso-que-un-politico-cite-a-Maria-Elena-Walsh-20191023-0005.html

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