Presentación del libro Guillermo Roux en sus propias palabras

Hace cuatro años, Guillermo Roux y la periodista María Paula Zacharías se encontraron para hacer una entrevista. Entonces, el pintor y dibujante le pidió ayuda para empezar a armar una biografía a partir de sus recuerdos personales, en un relato que incluyera tanto su trayectoria artística como sus vivencias desde la infancia. “Todos los viernes, a una determinada hora, nos sentábamos a tomar un té y conversábamos”, recuerda el artista. El resultado de estos encuentros es “Guillermo Roux en sus propias palabras”, el libro que se presentó en coincidencia con la muestra “Diario Gráfico” en el Museo Nacional de Bellas Artes el martes 24 de abril, a las 18, en el Auditorio Amigos del Bellas Artes (Av. Figueroa Alcorta 2280), con la presencia de Roux, Zacharías, Laura Malosetti Costa y Ana Ojeda.

 

Acá se reproduce el texto que Laura Malosetti Costa preparó para la presentación:

 

A lo largo de cuatro años, con infinito detenimiento y delicadeza, Paula Zacharías entrevistó al maestro Guillermo Roux.

Adivino que debe haber sido difícil para ambos: él había perdido el sueño, luchaba para poder caminar de nuevo, trabajando – como siempre – sin descanso. Ella buscaba el tono exacto de sus preguntas, construyendo un hilo de Ariadna que le ayudara a guiarse desde el territorio de la infancia, a hilvanar recuerdos, a pensar en perspectiva desde ese presente insomne. Semana tras semana, encuentro tras encuentro se fue construyendo este libro.

El resultado es fascinante, hipnótico. Sin estridencias, aunque desparramando casi al pasar declaraciones de principios y juicios estéticos a cada paso (no deja en ningún momento su rol docente) Roux despliega como en un fresco toda la gama de matices de sus recuerdos. Podemos recorrerlos con la mirada, tocarlos, sentir su perfume. Ese es el gran poder evocador que despliega este libro. Es una suave y contundente invitación a pensar a partir de esa suerte de inventario mínimo de la vida de un maestro más que consagrado en el mundo del arte.

Roux vivió su infancia viendo a su padre dibujar por toda la casa, todo el tiempo. A su madre cebándole mate con “besitos” (unas galletas que ella cocinaba), una madre rebelde que escapó del colegio de monjas para casarse con el hombre que su familia no quería, que había soñado con rescatar a Amundsen de los hielos polares, soñadora inmóvil que le enseñó la técnica de la acuarela. El padre fue dibujante e ilustrador de revistas, posters, tiras diarias. Un trabajador del dibujo. Roux recuerda cada detalle de cada habitación de su infancia, su temperatura, los colores. Recuerda el color morado de las flores del velorio de su abuelo, el perfume delicioso de los polvos Coty en la habitación de su tía Delia, el tono exacto de la piel de cada una de sus modelos, las rodillas de Lucía Valdez, sobre todo, su piel canela.

Se formó como dibujante en su casa, en el ambiente de las redacciones y las editoriales gráficas más tarde. Para él, desde el principio, el dibujo fue siempre un trabajo, un bello trabajo, un oficio del cual se podía vivir de diversas maneras.

No fue un buen estudiante, no quiso ir a la Academia, quería, en sus palabras, “dibujar como dibujaban los dibujantes, no los estudiantes.” (p.13) Una reflexión trascendente, si uno se pone a pensar…

Así, al terminar cuarto año empezó a trabajar en la pequeña editorial de un personaje fascinante (según la breve biografía que introduce Paula en en una nota a pie) Héctor Torino (1913-1992) a quien dedicanapenas una página del libro, pero merecería protagonizar otro, fantástico. Además de historietista, violinista, pianista, modelo de fotonovelas, actor y director de cine, fue el creador del personaje  Larguirucho para García Ferré.

Poco después Roux empezó a trabajar con Dante Quinterno. La descripción de esas editoriales, de la convivencia, las charlas y debates, de los personajes que creaban y los estereotipos que encarnaban, la relación entre la creación y la calle, son un momento memorable de este libro. Se lle en la página 19: “La editorial era un hervidero de ideas de unos y otros, donde estaban siempre tratando de crear personajes. Eso es lo que más me impresionó de aquel tiempo y aún perdura: el haber aprendido a ver qué es lo que pasa alrededor mío, recogerlo y traducirlo. Crear situaciones que dan vida a eso que hacés. Eso se amplió, con el paso de los años, de lo que vivís alrededor tuyo a lo que vivís en tu inconsciente, pero esa es la aventura de la vida. De los viajes, los paisajes…, hasta de una piedra vas a tener un significado. Me enseñó que las cosas tienen uno, que se encuentra entrando en las situaciones de la vida. No como partícipe, sino muchas veces más como espectador. Por eso, situaciones dramáticas, como las de mi infancia, me parecían risueñas. O conflictivas, como el conventillo de Don Nicola; tenían un sentido. Todo lo tenía: salir a la calle, subir al tranvía, el león apolillado, las noticias en los diarios…, nada me era ajeno. Y había que traducirlo en algo para dárselo al público. El éxito de las publicaciones como las de Quinterno estaba en que los dibujantes y él mismo creaban prototipos que en ese momento la sociedad necesitaba. El indio argentino, rico y generoso, nacionalista, defensor de los derechos de las personas, justiciero; el jefe, cabeza chata, cuello alto almidonado; el empleado sumiso, don Fierro, que era sometido con el jefe pero cuando llegaba a la casa sometía a la mujer, que era la víctima, otro personaje. Esos prototipos se hablaban, se discutían, se actuaban y se dibujaban. Y todos los días era una diversión total. Era un resumen de lo que sentía que veía en la calle. Aprendí que una cosa no está desconectada de la otra. Y cada dibujante recibía de la vida algo distinto. Había distintas personalidades, mujeriegos que creaban mujeriegos, libertarios que creaban libertarios. Por ejemplo, un día apareció un dibujante que se llamaba Divito, un pibe joven que empezó a dibujar en Quinterno. Le gustaban mucho las mujeres. Un día empezó a dibujar unas mujeres con la cintura muy chica, el traste grande, los pechos así, con tacos altos (nada diferente de hoy)”.

Cada capítulo del libro es disparado por una fotografía. Hay una relación palabra-imagen en el que esa fotografía funciona como disparadora de recuerdos y reflexiones, en un orden que no es estrictamente cronológico, aunque pretende en buena medida serlo. El diálogo va y viene entre el pasado evocado por la fotografía y el relato sumario de la situación en que se desenvuelve, el flujo de los recuerdos se inscribe en ese presente que es casi hoy, las breves preguntas van proponiendo un rumbo.

A su vez, hay una cuidada selección de reproducciones en color de obras y bocetos del artista en un cuadernillo central, con muy buena calidad de reproducciones. El texto refiere a esos cuadros, dibujos, bocetos, murales. A veces con largos comentarios del artista.

Pero volvamos a su autobiografía. Con el dinero que ganó como dibujante de historietas Roux viajó a los 27 años a Europa. Vivió cuatro años en Italia, trabajó y se formó en Roma con un maestro decorador: Umberto Nonni, otro personaje fascinante. Siguió Roux vinculándose con el arte como oficio, como trabajo, algo que repite a cada paso como un leit motiv. Nada especial, puro trabajo y más trabajo ve en sí mismo.

Opiniones contundentes, el relato de su relación con otros artistas (Quirós, Alonso, a quien caracteriza como “el Goya argentino¨), el despliegue de sus preferencias artísticas y su mirada crítica sobre el mundo del arte y la historia del arte, sobre todo, se despliegan en las páginas de este libro.

A lo largo de tiempo, Paula fue adquiriendo una familiaridad cotidiana con los Roux. Entrevistó también a Franca, su mujer desde hace más de cincuenta años. El libro se interna brevemente, lo justo, en la intimidad de una relación de cuidado y amor duradero entre esos dos seres que a veces rezongan. Es imperdible la descripción que hace Roux de ella: una mujer brava, fascinante, Franca lo sigue seduciendo siempre.

El libro podría leerse como una historia de amor y cuidado: amor y cuidado de la entrevistadora por el artista, amor y cuidado de esa pareja de tantos años. Amor por el oficio, amor al arte, que Roux no sabe todavía como definir.

Quisiera leerles el párrafo final del libro: “Tengo una rebelión frente al aislamiento en que he vivido en los últimos años. Se sabe que yo, para poder funcionar en sociedad, necesito una mujer que sea mi puente. Yo veo el mundo a través de los ojos de una mujer porque considero que es la que sabe. Yo hago algo con lo que me transmite. Es aire nuevo. Me comunica el mundo. Creo que el punto de vista de la mujer, es mucho más sensible, agudo, preciso y útil para mí. Por eso me acerco a Franca, a Paula, a Cecilia, a Lorena… Bueno, ¡me acerco todo lo que puedo! Incluso visité a una vieja amiga que no veía desde hacía treinta años y eso me dio mucha alegría. Me siento vivo, libre, suelto. Cada vez con más inquietudes y con más entusiasmo de vivir, de hacer cosas. Bailando bajo la lluvia. Soy respetuoso, muy cuidadoso del otro. No tengo inconveniente de estar en prisión, con la condición de hacer y decir lo que quiera. Pero eso a veces es delicado, tengo que medir mucho mis palabras: no quiero que Franca se ofenda. Con mis cambios y mis contradicciones, a veces uno está enojado con uno mismo. Ahora siento que llegó el momento de ser yo el que tiene que cuidarla.”

Y el final del epílogo: “Por eso Rembrandt ríe, tiene piedad. En el silencio de su taller, el viejo artista ríe frente al espejo porque nunca el blanco de las piedras blancas será igual a otros blancos.”

Luego, el lector puede encontrar una excelente y completa cronología del artista y su obra. Un material invalorable para futuras investigaciones, también.

Laura Malosetti Costa

(UNSAM – CONICET)

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