Spilimbergo, en una muestra que revela la intimidad de una vida

Lineo Enea Spilimbergo fue uno de los grandes maestros del arte argentino, pintor, muralista, grabador y litógrafo, formador de generaciones de artistas. Ayer se inauguró en el Centro Cultural Borges una exposición que le rinde homenaje, Spilimbergo dibujante, obra sobre papel, 1918-1964, un recorrido por su vida y su obra a través de más de 60 dibujos y grabados.

La del Borges es una muestra con obras personales y producciones en pequeño y mediano formato, que muestran su costado íntimo. Permiten admirar la maestría del artista que se mantuvo intacta del principio al fin: son tan magistrales sus primeros estudios académicos como los retratos en sanguina del final. “La gente piensa que Spilimbergo es otra cosa porque hay una gran circulación de obra apócrifa, falsos de mala calidad que desmerecen al artista”, señala el nieto, que siempre había querido hacer una muestra en el “templo”, como él llama a las Galerías Pacífico, donde suele venir a admirar los murales que pintó su abuelo.

En las vitrinas, hay pistas para reconstruir su vida. Se ve la foto de cuando el gobierno argentino le regaló un Spilimbergo a Churchill, en 1954. Otra imagen lo muestra a los 16 años, trabajando en la Oficina de Telégrafos. Y también está con su mujer de toda su vida, Germaine. “Mi abuela nació en Reims durante la Primera Guerra Mundial, sabía lo que era el sufrimiento. Por eso no quiso tener más que un hijo”, cuenta Leonardo, que casi no llegó a conocerlos. Se ve además el mapa donde Spilimbergo fue marcando los puertos donde recaló el barco que lo llevó por primera vez a Europa. La familia conserva 15.000 documentos y cientos de obras, pero por ahora no hay planes de hacer museos ni fundaciones.

Están presentes en la muestra piezas clave, como la ilustración de Interlunio, poema de Oliverio Girondo por el que ganó la Medalla de Oro al Grabado en la Exposición Internacional de París en 1937. Y se puede ver una de las planchas de cobre que el poeta le entregó para hacer las once aguafuertes. Son pequeñas, pero tienen tanto detalle que en su tiempo se proyectaron en el cine Luxor de la calle Lavalle aumentadas 200 veces su tamaño sin perder calidad. Otras piezas destacadas son los estudios y bocetos del mural que corona la cúpula de las Galerías Pacífico, realizado en 1946 junto a Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Manuel Colmeiro Guimarás y Demetrio Urruchúa, junto con las fotos que registran el proceso de su pintura sobre andamios. Además de una galería de retratos y dibujos eróticos de los años 50 y 60. Para ver su otro gran mural, Ejercicio plástico, realizado en 1933 junto a David Alfaro Siqueiros, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Enrique Lázaro, hay que ir al Museo Casa Rosada.

Los núcleos temáticos son cronológicos. El primero se centra en su formación académica. El segundo abarca el viaje que comenzó en 1925. Entre 1926 y 1928 sigue los cursos en la Académie de la Grande Chaumière por las mañanas y concurre por las tardes al taller de André Lhote en París. Se empapa de la escuela poscubista, como se puede apreciar en los desnudos de la muestra. “En el taller de Lhote trabajó de ayudante. Fue el único que no viajó becado, y al volver enseñó gratis en la escuela pública”, destaca Leonardo, que no es artista, sino arquitecto y ganó una bienal con el encargo a Pérez Celis del gran mural que distingue al edificio Central Park en Barracas.

Autorretrato, 1959

Otro sector está dedicado a la monocopia, grabado de una sola manifestación, que dominó a la perfección. “Las monocopias de los años treinta son una producción por demás relevante e inédita; los matices y texturas que obtiene a partir del trabajo sobre la tinta de impresión, su resolución sensible y a la vez con un grado de dominio técnico son muy notables”, comenta Dolinko. “En su actividad de docente, gestor y conductor de establecimientos de enseñanza artística imprimió una orientación personal, y dejó una huella en varias generaciones de artistas”, señala Dolinko. Rafael Alberti le dedicó un poema, admirado de su arte: “Mudo/ Y hasta en el violento/ dibujar, silencioso./ Lino grande en el lino, en el lienzo desnudo / callado monumento/ silencioso.”

Dos mujeres, 1935

 

Sobre la Capilla Sixtina que no fue y el museo que nunca existió

Por Carlos Alonso

Entre los años 1949 y 1950 la Universidad Nacional de Tucumán creó el Instituto de Arte donde reunió un plantel de profesores compuesto por varios artistas: Lorenzo Domínguez en escultura, Pompeyo Audivert en grabado, Ramón Gómez Cornet en dibujo, Lajos Szalay en gráfica y diseño, y Spilimbergo en pintura. Fue justamente Spilimbergo, artista muy admirado por nuestra generación, quien convocó a jóvenes pintores de todo el país para desarrollar una experiencia de pintura mural en una iglesia de la capital tucumana, cuyo encargo acababa de recibir.

Llegamos a Tucumán junto con otro pintor joven mendocino, Orlando Pardo, y nos encontramos con un instituto de arte floreciente. Los talleres funcionaban en un viejo teatro acondicionado, donde los palcos eran pequeños talleres individuales. Allí conocí al riojano Miguel Dávila, al salteño Ramiro Dávalos, a la porteña Leonor Barcenas y una cantidad de jóvenes que habían llegado de todo el país con la idea de trabajar de ayudantes de Spilimbergo. En la planta baja del instituto había una extensa exposición de obras de Spilimbergo, donde vi por primera vez la dimensión monumental de su pintura, y la serie de monocopias La vida de Emma, cuyo tratamiento y contenido afirmaban la vocación de arte social que inauguraron los muralistas mexicanos, al que adhirieron sin duda Berni, Castagnino y otros pintores argentinos.

En esos días, Spilimbergo ya estaba trabajando en los estudios para los murales de la iglesia, grandes dibujos en carbón que se referían a los distintos episodios que componían el gran mural central. El gran mural nunca llegó a realizarse por la intervención de un crítico de arte de cuyo nombre no me quiero acordar, que mandó una carta al Vaticano denunciando que un pintor comunista iba a realizar pinturas en una iglesia.  El Vaticano aceptó los argumentos de este energúmeno y anuló el encargo. Creo que en ese momento perdimos como país la oportunidad de tener nuestra Capilla Sixtina y nosotros, como estudiantes, la posibilidad de una formación que hubiera sin dudas multiplicado nuestro bagaje y la experiencia vital de compartir con un maestro la ejecución de una obra de envergadura histórica. Creo que Spilimbergo se derrumbó con esta pérdida.

Cincuenta años más tarde, me ha tocado vivir algo similar en mi provincia natal. Hace cinco años el Gobierno de Mendoza decidió recuperar una vieja casona llamada Mansión Sttopel para hacer un museo destinado a contener mis obras. Se trabajó en la recuperación de la casa y se construyeron cuatro salas de gran tamaño para mis obras y otras muestras temporarias. Durante cinco años un gran cartel en el frente decía: Museo Fundación Carlos Alonso. Con el cambio del signo político se paralizaron las obras, nunca me llamaron y finalmente acabo de enterarme que retiraron el cartel.

Para agendar

Centro Cultural Borges, Viamonte esq. San Martín, lunes a sábado, de 10 a 21. Domingos y feriados, de 12 a 21.

Publicado en La Nación, Cultura, 7/7/17. Link: http://www.lanacion.com.ar/2040445-spilimbergo-en-una-muestra-que-revela-la-intimidad-de-una-vida

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