William Kentridge: “Creo en un pensamiento periférico que es esencial para entender el mundo”

Los instrumentos todavía están en sus fundas, pero en el escenario ya se acomodan las sillas donde los músicos ejecutarán la música de Philip Miller. Los rodearán unas bocinas que parecen funcionar a fuerza de ruedas de bicicleta, entre otros aparatos. Se prueban luces que hacen el efecto de un damero en blanco y negro, y aparecen en las zonas más claras los dibujos y grafismos clásicos de William Kentridge, creador de la pieza que se está ensayando en el Teatro Coliseo para su estreno de mañana: Refuse the Hour, Thinking Aloud in Eight Movements.

La mega performance de 80 minutos de duración será el gran cierre de la Bienal de Performance, a cargo de uno de los artistas contemporáneos más destacados, reciente ganador del premio Princesa de Asturias. “Estoy encantado con la noticia. Lo recibiré en octubre en Oviedo y tengo muchas expectativas de aquel evento”, dice. Kentridge es conocido por sus dibujos, collages, grabados, películas animadas y producciones teatrales y de ópera. Todo parte de sus dibujos, que se proyectan en pantallas donde se los ve nacer y morir bajo su mano: los borronea y los vuelve a hacer, y los pone en movimiento. Sus primeras animaciones han crecido con los años hasta convertirse en imponentes puestas escenográficas, instalaciones, proyecciones multimedia o teatros de marionetas, donde todo funciona a la perfección para mostrar lo mal que está el mundo. Criado en el apartheid sudafricano, su obra señala la exclusión social y el sufrimiento humano.

Kentridge en el ensayo. (PH: MPZ)

En la puesta que se estrena mañana, se ve la videoinstalación de cinco canales que fue comisionada para la Documenta 12, The Refusal of Time, que es parte de la colección del Metropolitan Museum de Nueva York. Y también, un poco de cada una de las disciplinas que aborda: lenguajes visuales y sonoros, danza, música en vivo, proyecciones, teatro y una escena onírica y dadaísta, donde el artista dará una conferencia fragmentada –en inglés, pero con subtítulos en castellano– que comienza con el mito de Perseo y finaliza con los descubrimientos de Einstein para preguntarse por la naturaleza del tiempo. Alrededor suyo, entra en acción la bailarina y coreógrafa Dada Masilo y aquellas raras máquinas musicales traquetean hasta cobrar vida, mientras se proyecta sobre el conjunto un diseño en video de Catherine Meyburgh.

Lleva apenas unas horas en la ciudad, pero a juzgar por la punta de los dedos de su mano derecha, ya ha tenido tiempo de dibujar. “Creo que ya conocía la Argentina a través de Borges  y Cortázar. Durante los años del apartheid los sudafricanos no podíamos venir a América del Sur, pero la conocíamos a través de sus escritores. Sólo caminé diez cuadras desde el hotel hasta el teatro, pero anduve buscando pistas de las historias de infamias de Borges”, dice. Sus pequeños anteojos, apenas unos alambres que esconde adentro de la camisa,  parecen de juguete u otra de sus máquinas inventadas.

–La muestra Fortuna, que estuvo en algunos países de Latinoamérica, hubiese sido la manera más completa de conocerlo en todas sus facetas. A través de estas obras, ¿qué aspecto de su obra conoceremos?

–La performance es una parte importante de mi trabajo, pero no lo más importante, así que me gustaría algún día hacer una exhibición más abarcativa. El motivo de mi visita es más específico y tiene que ver con la performance. Está la videoinstalación, los textos ilógicos que están en el borde de la lectura y la mirada a la imagen visual, la performance y la lectura de la que se desprende la charla de hoy –un dueto con Maricel Álvarez–. Es un buen rango de cosas, pero claro que no están los dibujos ni las animaciones.

–Suele explicar sus animaciones como dibujos en dos dimensiones. ¿Cuántas dimensiones tiene Refuse the hour? ¿Nació también como un dibujo?

–A veces un dibujo es directamente eso: un dibujo carbonilla. Otras veces puede moverse en el tiempo, tiene duración y se vuelve una animación, en la que es posible ir hacia adelante y hacia atrás y ver los diferentes estadíos del dibujo. Y a veces el dibujo salta a la tercera dimensión y tiene actores escena y se vuelve una performance. Esta pieza surgió de una conversación con el físico Peter Galison, en la que vimos que de las diferentes historias científicas sugerían diferentes maneras de materializarlas. Hablábamos del tiempo, que es algo invisible, y las maneras de convertirlo en algo material. Esto nos llevó a las dos disciplinas del arte que son las formas  más obvias de hacer del tiempo algo concreto: la música y el cine, donde podés congelarlo, desacelerarlo, hacer tiempos paralelos… No sólo rebobinar películas, sino Berlioz ejecutado de atrás para adelante. Cuando las cosas van hacia atrás, empezamos a lidiar con metáforas de la utopía y el arrepentimiento. Porque cuando el mundo se ejecuta en reverso hay una perfección en ese rebobinar: el vaso de agua que se estrella se recompone íntegro, sin dejar ni una gota derramada. Si tan sólo pudiéramos hacer eso… reconstruir lo que se dañó. Aunque el material no haya partido de un dibujo en carbonilla, la estrategia de hacer un dibujo es la misma: desde el centro hacia afuera. Los diferentes proyectos que se presentan en Buenos Aires son entonces diferentes formas de dibujos.

–Es un artista de renombre mundial pero vive en la misma casa donde se crió, en Johannesburgo. ¿Defiende su mirada desde el hemisferio sur?

–Hay enormes beneficios al estar en la periferia. Creo que hay un pensamiento periférico que es esencial para entender el mundo. Hay una especie de autocomplacencia, una seguridad, en las potencias del Norte que es acallada por actos de violencia actuales y para nosotros los del Sur no son más que un “bienvenidos al mundo real”. Es bueno también estar en el borde de las tradiciones y no en el centro. Borges es un gran ejemplo de esto. Se mueve en una enorme cantidad de tradiciones, literaturas y lenguas en vez de estar arraigado profundamente en medio de una sola.

–En la muestra del Bellas Artes hay una obra donde se lee “the less good idea” (la idea menos buena) y ése es el nombre de centro para la experimentación en arte que fundó en su ciudad. ¿Qué significa?

–Tiene que ver con que solemos comenzar un trabajo con una idea muy clara, pero en el proceso de desarrollarlo las ideas que habíamos dejado de lado comienzan a transformar la idea central. Esas son las ideas menos buenas, las ideas secundarias en las que tenemos que concentrarnos. Hay un proverbio sudafricano que dice: “Si el doctor bueno no puede curarte, busca el menor bueno”. Esta es una creencia artística, pero también política.

–Su obra siempre tiene siempre un tinte social. ¿Qué lo preocupa ahora?

–En Sudáfrica hay ahora un proceso muy visible: me interesa la relación entre la economía formal y la informal que ocurre en los márgenes. Se las suele describir como actividades separadas, pero ocurre que cada vez más la economía formal depende de la informal. No estoy muy seguro de lo que significa esto en términos económicos, pero es algo sobre lo que estoy pensando y trabajando para mi próximo proyecto.

 –¡Es la idea menos buena! Con tantos años de trabajo, ¿piensa que su obra puede llegar a cambiar en algo al mundo?

–No creo que pueda el arte cambiar el mundo, pero sí creo que nosotros como individuos nos construimos a través de muchas cosas. Y muchas de ellas son poemas, canciones, películas, libros, arte y obras de teatro a los que accedimos en diferentes etapas de nuestras vidas, que confirman quienes somos, que nos dan coraje para serlo. El arte hace a las personas.

Publicado en La Nación, Cultura, 6/6/17. Link: http://www.lanacion.com.ar/2030850-william-kentridge-creo-en-un-pensamiento-periferico-que-es-esencial-para-entender-el-mundo

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