Artistas científicos: creativos y anfibios

Son científicos de delantal y laboratorio de día. Y a la hora de los cócteles, se sacan el ambo y asisten a vernissages propias y ajenas. Los artistas científicos son seres anfibios, que navegan entre dos lógicas casi opuestas: la de la ciencia y la del arte. Una doble naturaleza que integran en la misma creatividad: obras y hallazgos tienden a parecerse.

Pablo La Padula tiene ahora una muestra en la sala 604 del CCK, que es un gabinete de curiosidades científicas: piedras, hojas, panales de abejas, estrellas de mar, insectos y pinturas realizadas con humo sobre vidrio y papeles. “Busco encontrarme a mí, trazar mi propio mapa”, explica. Gabinetes para una cartografía del Bicentenario integra la exposición El futuro llegó (hace rato) curada por Rodrigo Alonso (que reabre al público el 8 de febrero). Menor complejidad parece tener su laboratorio de investigador en el Instituto Taquini, unidad ejecutora UBA CONICET de Facultad de Medicina, plagado de aparatos añosos, lupas y tubos de ensayo. El aire acondicionado es cuadrado y tendrá 20 años, lo mismo que la PC con monitor panzón blanco y negro. Para las capturas de pantalla, saca una foto con el celular porque la PC sólo acepta los disquettes finitos de hace décadas. “Acá no hay ciencia ficción, sino una estética frankesteniana de inventor del siglo XIX. No gozamos de confort tecnológico”, advierte.

Lleva 20 años en investigación e ingenio absoluto para arreglarse con lo que hay. “Los científicos argentinos somos muy creativos. Trabajamos en equipo, aportando cada uno sus materiales y técnicas. Generamos camaradería y un trabajo a consciencia, por amor al arte de la ciencia. Cada prueba se piensa diez veces, porque tenemos dos cartuchos y el tiro que tiremos tiene que dar en el blanco. No producimos cantidad, pero sí calidad. Un paper cada dos años, pero que se publica en las principales revistas de ciencia del mundo”. Lejos de las postales impolutas símil NASA, prefieren los aparatos color beige de los años 70 y 80: “Como no contamos con lo último en equipamientos, preferimos aparatos que podamos abrir, desarmar y adaptar a nuestras necesidades. Los nuevos vienen sellados y cumplen una única función. Si se rompe hay que tirarlo y comprar uno nuevo”, dice.

Arte y ciencia son para La Padula bienes de conocimiento. “Cuando se enteran de que soy científico, esperan ver en mi arte algo tecnológico, pero yo voy por la vereda opuesta. En la ciencia yo no tengo plasma ni robots. Si en arte pudiera disponer de esos recursos, moralmente los desviaría a la ciencia. A veces me exacerba un poco ver alardes de alta tecnología en arte, cuando los científicos –salvo contadas excepciones– trabajamos con aparatos viejísimos”, dice. Aplica en los dos ámbitos una frase de Marcelo Pombo: produzco con lo que tengo en mi metro cuadrado. “Prefiero gastar el tiempo en el arte y la ciencia en pensar cómo hacer algo con lo que tengo. Las obras y hallazgos brillan en función de lo que pongo y lo que saco; si pongo poco y saco mucho, es una buena operación”.

Muestra de Pablo La Padula, Gabinetes para una cartografía del Bicentenario, CCK.

En sus dos ámbitos, logra abstraerse del contexto, se aísla del ruido cotidiano, que ahora no es favorable: “Este año tenemos un 60% menos de presupuesto para trabajar; tenemos que salir a buscar apoyo en el sector privado”. Por eso, en el laboratorio es híper-creativo, tanto o más que el taller de artista. La Padula es una y la misma cosa: “En los dos ámbitos trabajo los mismos temas en distintos niveles de organización. En el laboratorio investigo un modelo de prevención al infarto sin utilizar fármacos, sino por exposición sostenida y controlada a la altura, al poco oxigeno. El infarto es falta de oxigeno y mi tesis doctoral es que vivir en altura hace que te adaptes a la falta de oxigeno, con lo cual podes atravesar un infarto de forma no letal”. Usa una cámara hipobárica, especie de búnker de hierro con puerta de submarino, no apta para claustrofóbicos. Fue construida por la OEA en los años 80 y se instaló antes de que se levantaran las paredes en el subsuelo del edificio. Por ahora, sólo la usan ratones. Entiende al arte como una forma de comunicación con la sociedad: “En la muestra del CCK comunico lo que no comunica la ciencia académica. No puedo investigar cosas que ya se han investigado. Queda fuera de mi campo el 90 por ciento de lo que me interesa investigar, que no son experiencias originales, sino que tienen que ver con mis inquietudes personales en el mundo biológico. El experimento es algo que uno hace porque no sabe que va a dar. El arte lo encaro de la misma forma: hago una obra porque no sé cómo va a resultar. En el taller, los dibujos con humo me exigen una metodología rigurosa, obsesiva”.

Adrián Unger se cubre de aserrín y resina cuando trabaja en sus esculturas hechas del árbol caído, restos de podas que levanta de la calle y modela con pericia y poesía, que se vieron recientemente en Espacio Piedras. Comparte el taller Maturín en Paternal con varios artistas (Ramiro Oller, Donjo León, Fernando Sucari, Federico Villarino, Federico Lanzi y Valeria Villar). Pero de 8 a 18 usa ropa de trabajo con el logo de la Conae, porque es ingeniero y se aboca al desarrollo de arquitecturas electrónicas en proyectos de acceso al espacio de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales. Ahí sí las computadoras son actuales y se viven epopeyas como la cuenta regresiva para el lanzamiento de cohetes experimentales, predecesores del Tronador 2, el futuro inyector satelital argentino. “Los que trabajamos en estos proyectos, por lo general, estamos muy orgullosos. Yo soy un apasionado. Mi tarea es creativa: coordino creatividades”, dice. Las noches y los fines de semana se aboca al arte. “Cuando llego al taller ya sé lo que voy a hacer. Pero a veces si estoy muy preocupado por cosas del trabajo me pongo a pensar en eso”, dice.

Por las noches y los fines de semana se instala en el taller. Unger también escribe, dibuja, toma fotografías y tiene en marcha desde hace unos años un proyecto de performance, Obsolescencia desprogramada: “Es una crítica al diseño de electrónica actual, que programa su rotura generalmente apenas más allá del tiempo que dura la garantía, sin importar el desperdicio de recursos naturales que implica fabricarlos”. Durante la última puesta, reparó en tres horas y media una computadora que iba a desguace, según el servicio técnico oficial. La acción sigue: lleva hechas unas 30 reparaciones a cambio de pinturas, cuentos, retratos, revisiones de texto y dibujos infantiles. “No acepto plata, sólo cosas que disfrute hacer”.

La biología es el área de Luciana Paoletti, investigadora asistente de CONICET que trabaja en el Instituto de Procesos Biotecnológicos y Químicos de Rosario. “En el laboratorio desarrollamos tratamientos enzimáticos para el mejoramiento de aceites vegetales y biodiesel. Además soy docente en el área de Microbiología de esta Facultad”, cuenta. En el tiempo libre, asiste a clínicas, talleres y desarrollo de proyectos personales, y se cruza a la Facultad de Humanidades y Artes, para participar del Centro de Investigaciones Arte y Contemporaneidad, dirigido por Roberto Echen y Anabel Solari. “Mis actividades en arte se inician como consecuencia de mi actividad en ciencia. Cuando comencé el doctorado disfrutaba de las imágenes que me brindaba la ciencia de una manera especial; eran mucho más que un resultado”, cuenta. Rápido comenzó a estudiar arte de noche, cuando salía del laboratorio, durante cuatro años. Su técnica artística sigue rigurosos protocolos experimentales para lograr fotos, videos o instalaciones. “Los protocolos se vuelven una parte fundamental de cada obra, y transforman mi taller en un laboratorio. Trabajo con lo invisible. Analizo, estudio, me adueño y utilizo lo que escapa de la percepción visual”, dice.

Sus fotos capturan organismos microscópicos, que cultiva y registra. “Así tengo varios paisajes y uno de mis eventos preferidos es mi fiesta de cumpleaños del 2009”, cuenta.  Más que un autorretrato ofrece un una captura de microorganismos del cuerpo. “Otras veces utilizo bacterias y hongos como pigmentos. Los elijo por sus características fenotípicas (color, textura, forma de crecimiento), estudio su crecimiento  y a partir de estos resultados armo protocolos/bocetos para pintar con estos microorganismos (reemplazo a la pintura por bacterias y hongos, y al soporte por medio de cultivo con nutrientes). El dibujo realizado inicialmente es invisible, pero al permitir el crecimiento aparece la imagen que finalmente es fotografiada, ya que estos dibujos son efímeros”, explica. A veces se la ve juntando muestra de agua, tierra, plantas, hojas y piedras: “Genero colecciones de recuerdos que analizo siguiendo protocolos y metodologías”, dice. En la última Semana del Arte rosarina tomó muestras de todas las intervenciones urbanas y pronto mostrará las imágenes resultantes. Además, este año se verá una muestra suya en el Museo de Ciencias Naturales Ángel Gallardo. Se toma en serio la cuestión científica en el arte: “Llevo cuadernos donde realizo todas las anotaciones. Quiero que sea igual al trabajo científico, y que en mis obras se vea este tipo de trabajo”.

Obra de luciana Paoletti: crecimientos de microorganismos tomados en su cumpleaños 2009

Nadia Guthmann se trepa a su pegaso monumental y suelda los últimos detalles de la malla metálica con la que lo modeló a orillas de un lago patagónico, donde vive. Antes trabajaba con seres vivos e investigaba para el Conicet. Pero desde la época de Cavallo y su mandada a lavar los platos, se aboca a la que pensó que sería su segunda ocupación, el arte. Hoy es de tiempo completo. La obra pronto saldrá a punto de partir para integrar la muestras UNSAM 20 años, 20 esculturas. El caballo alado de 4×5 metros está seccionado en partes y embalado para el traslado al paseo de esculturas del Campus Miguelete. “A veces extraño la vida de científica. Este momento del país me recuerda mucho a cuando dejé la actividad. Yo no lo decidí sino que se cerraron las posibilidades. Tenía beca de Conicet, había terminado el doctorado con una tesis en ecología de pequeños mamíferos y cuando me tocó presentarme para entrar en Carrera del Investigador, se habían frenado los ingresos y quedaron muy restringidos, al mismo tiempo que eliminaron las prórrogas de beca posdoctoral. Tomé otros trabajos para subsistir, algunos de ellos como bióloga pero en su faceta técnica y también como docente”, cuenta. Estaba avanzando su tesis, cuando se dieron los casos de Hantavirus. “Hice las capturas y tomé las muestras de los primeros seropositivos que revelaron cuál era la especie que podía estar contagiando la enfermedad, una de las cinco que yo solía capturar frecuentemente para mi tesis. Vino también un epidemiólogo de CDC (US Centers for Desease Control), de Atlanta,  especialista en enfermedades emergentes y aprendí mucho. Me involucré en los proyectos de investigación en colaboración con Salud de la provincia y de la Nación. Me capacité en el INEVH en Pergamino para tomar las muestras de los ratones con todas las medidas de bioseguridad. Estaba conectada con investigadores sobre Hantavirus en USA para hacer estudios comparativos.  Pero yo era solo una becaria. Pensé en ese momento que el tema podía tener mayor interés por su aplicación para prevenir enfermedades, probé año tras año, pero nada. Pasaban los años y yo sin publicar nada nuevo. Cuando cumplí 40 años lo di por perdido porque ya pasaba a competir en otra categoría. Mi proyecto de investigación se perdió. En Bariloche no quedó nadie trabajando en el tema, ya que a mi codirectora, investigadora de Conicet, no le cabía exponerse al riesgo de contraer el virus”, cuenta.

Nadia Guthmann

Guthmann necesitaba un ingreso económico para sostenerse ella y a su hija. Desde el colegio dibujaba y hacía esculturas, exponía y presentaba a salones. “La diferencia entre arte y ciencia era que mientras mi actividad era mayormente científica me fue imposible dejar de hacer esculturas. Si pasaba un tiempo alejada del arte por estar muy ocupada con exámenes, cursos, informes o lo que fuera, me llegaba a sentir tan mal que no me quedaba otra que volver al taller. En cambio, dejar de trabajar en ciencia me fue posible, aunque siempre mantengo el interés en los temas de ecología, evolución, comportamiento. Estudiar e investigar cambia tu cabeza, tu manera de ver, tu conciencia de no saber. Todo lo que había aprendido, la forma de pensar, de preguntarme, de relacionar, empezó a meterse en mi obra artística, porque obviamente, es parte de mi vida. Me doy cuenta que el sentido común, los prejuicios y los conocimientos que se manejan en lo cotidiano, que definen el rumbo de la humanidad, están atrasados, a veces siglos, con respecto a los avances de la ciencia y los cambios de paradigmas. En mi obra aplico los conceptos biológicos a la sociedad y el comportamiento humano a través de lecturas paralelas”, explica.

 

Publicado en La Nación, Cultura, 31/1/17. Link: http://www.lanacion.com.ar/1980316-artistas-cientificos-crear-entre-dos-logicas-opuestas

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