Pablo Ortiz Monasterio: “La fotografía hoy está liberándose”

El mexicano Pablo Ortiz Monasterio es uno de los principales fotógrafos latinoamericanos de la actualidad. Estuvo en la Argentina recientemente como jurado en el premio mayor de la Feria de libros de fotos de autor al mejor trabajo editorial. Tema del que sabe bastante: lleva 16 libros propios editados y publicados, y 120 libros de otros autores editados. Muchos de ellos, incluido el suyo 2 tiempos, que hizo conCarlos Rivera Segovia, forman parte del catálogo que se presenta en Turma (somosturma.com), una inédita plataforma de intercambio, producción y difusión de la cultura visual latinoamericana, basada en la fotografía y los libros. Su biblioteca ya cuenta con más de 600 títulos.

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Detrás de Ortiz Monasterio, en su escritorio de Ciudad de México, hay una imagen blanco y negro impresa en un papel transparente, que se mueve apenas con el viento que entra por la ventana. Es una escena de una fiesta huichol, pueblo al que retrata desde hace treinta años. Eso describe por teléfono en la charla con La Nación Revista, desde su casa.

Hace poco, también, antes de su visita como jurado, se vio en Buenos Aires una exposición de su trabajo ¿Desaparecidos?, imágenes que reclaman la aparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Ni vivos ni muertos. En el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (ex Esma) la pregunta del título tuvo fuertes ecos. Una terrible reverberancia. “Escribir el 43, enumerarlo del 1 al 43… son muchos. Yo uso las imágenes para hablar. Estamos metidos en un problemón de Derechos Humanos. Es como un monstruo que se nos ha colado. Por más dura que sea, hay que decir toda la verdad”, dice. Y cuenta que participó de la ronda 2000 de las Madres de Plaza de Mayo, el 26 de agosto último. “Tremenda manifestación, y yo en medio de choripanes, banderas, mujeres. Me pareció muy civilizado y pasional, y me encantó vivirlo.”

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–Y, claro, hiciste fotos.

–¡Sí! Tuve un poco de tiempo para andar por las calles. Y aunque cargo cámaras siempre, no todo el tiempo estoy tomando fotografías. Don Manuel Álvarez Braco decía que para fotografiar realmente bien, hay que detenerse y mirar. Nos veía llegar a los chavos y, clic, clic, clic, ¡no parábamos! Después de rollos y rollos, Don Manuel nos decía: detenerse y mirar. Sí que ayuda.

–En estos tiempos cada vez la foto se piensa menos a la hora de la toma. Se dispara de a cientos y se comparte en el instante.

–Hay una tremenda tiranía de ciertos temas que hay que fotografiar: el plato que te vas a comer, la selfie frente a no sé qué cosa… son fórmulas que se han ido imponiendo. Las fotos son emojis: estoy triste, estoy feliz, tengo apetito y se ve rico mi plato. Quince ideas básicas repetidas al infinito, ¡hasta la náusea! Ni se piensan al hacerlas, ni reflexionamos al verlas porque las hemos visto hasta el cansancio. Eso es, justo, lo que los fotógrafos autores no hacemos y por eso me interesan tanto los libros.

–¿Por qué?

–Mira mi mano: este es el límite de mi piel, éste soy yo, mi individualidad, y ahí acabo. Los libros tienen esa cualidad de crearse un contexto en sí mismos. Ahorita quise ver el libro de Alejandro Chaskielberg, La Creciente. Lo he visto, pero no lo tengo, no lo he conseguido. Lo busqué por Internet y nunca lo pude ver completo. Hay lugares donde te enseñan tres o cuatro fotos, y para llegar a ellas ya pasé por ventanas de porno que me aparecen, anuncios de cámaras… ¡Internet tiene una promiscuidad! En cambio, los libros no requieren aditamentos electrónicos. Tú te sientas donde haya luz y pasas las páginas en un gesto milenario. Tiene un contexto que construye una historia, en determinado orden, con énfasis puesto en diferentes tamaños. Ahora se estila compartir videos en donde se ven libros página a página, pero hay algo que me inquieta: llevan un ritmo que no necesariamente es el mío, y hay algo ahí a la izquierda que no tiene nada que ver, que Roland Barthes llamaría el punctum: esa mano que barre las hojas. Los libros tienen un tiempo de reflexión que la pantalla, por inercia, no tiene.

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Libro La última ciudad

– Sebastião Salgado anda diciendo que a la fotografía le quedan 20 o 30 años. ¿Qué opinás?

–Yo no lo creo. En estos últimos 20 años los libros han crecido. Hay necesidad de volver a ver, tocar, entender. Yo sí creo que está cambiando su sentido: ves la foto de los osos de Salgado revolcándose en la costa, y hasta eso hoy se ha puesto en duda. Le conozco bien a Salgado, le admiro y somos amigos, pero también soy crítico acérrimo. En su película La sal de la tierra, se lo ve a él con su hijo arrastrándose en las piedras, con frío, y a lo lejos unos animales en la costa. Y de golpe ves su fotografía, ¡y sabés que no la tomó en esa ocasión! El asunto de asociar las fotografías con la veracidad se va diluyendo. Era una convención muy fuerte: a las fotos se les cree. Si existe la foto, se llegó a la Luna. Eso se va desvaneciendo. El avance, en cambio, es muy grande en términos de lenguajes visuales, de cómo se dice algo con fotografía. Y vamos aprendiendo a discernir: las imágenes pueden estar manipuladas. ¡No, Salgado, así no son los cielos en ningún lado! Yo ya sé que es parte de su estética. Aprendimos a discriminar de la imagen lo que sí es, lo que sí estaba. Eso no se lo imaginó un individuo. Con talento, criterio y oficio, nos ofrece una representación, una versión. Cuando nació la fotografía, la pintura no murió sino que se liberó para expresarse en el lienzo y le dejó a la fotografía la misión de representar, de ser un catálogo del mundo. La fotografía hoy está liberándose. Y se está enfocando en decir cosas.

–Los fotógrafos mejor considerados son, quizá, los que retratan las situaciones más miserables del planeta. Pienso en James Nachtwey y todos sus premios (el más reciente, el Princesa de Asturias). ¿Hay una la estetización de la desgracia?

–Sin dudas, la fotografía se consolida en el Siglo XX como testimonial. Catástrofes y guerras siempre han sido noticias globales y necesitaron fotos. Pero también la pobreza extrema ha sido documentada, todos hemos hecho fotos del horror de los asilos, en blanco y negro. No ibas a fotografiar momentos alegres de la clase media, sino situaciones que están escondidas y hay que mirarlas para resolverlas. La belleza, en términos de lenguaje visual, es una herramienta, no un fin. Composición, tonalidad, contraste, todo es necesario para que la imagen sea potente. Recuerdo el libro de Salgado sobre las hambrunas en Sahel: usa sus mejores herramientas para dirigir nuestra mirada, para que nos volteemos a ver esa realidad. Lo mismo que Infierno, de Nachtwey, un libro de lujo, grandote, de 80 dólares. Se talan árboles del Amazonas para imprimirlo y pensábamos ¿qué tal si mandas ese dinero en maíz al África? Salgado decía que si un libro se hace bien, atractivo, se gana más dinero que donando todo lo necesario para su producción a la causa. Y tuvo razón. Su libro de Sahel se vendió mucho, pero sobre todo, le dio una visibilidad enorme al problema de las hambrunas. Hay grandes obras que no retratan miserias: pienso en The Americans, de Robert Frank;  en los perros de Elliott Erwitt, muy humorístico. De todas formas no nos hemos librado del egoísmo, el hambre, la guerra: eso hay que documentarlo, hay que decirlo.

Torres Gemelas, de La última ciudad

Torres Gemelas, de La última ciudad

–Llevás 40 años de relación con la fotografía. ¿Sigue siendo un romance?

–Romance me parece algo romántico, idílico. Una palabra más cercana sería adicción. Después de 40 años, he desarrollado capacidades y un lenguaje con fotografía: el poder decir, contar cosas, describir universos con imágenes. Con las décadas me he vuelto capaz de hacerlo, no por talento sino por darle duro al oficio. Eso, no lo puedo dejar. Es como pensar en dejar el habla: no podría, me sentiría sordo y abandonado. Es una fuerte de placer enorme, además, observar el trabajo de mis colegas y trabajos históricos. Tantos años de hacerlo, me permiten apreciar por qué el libro de Horacio Coppola, Buenos Aires, 1936. Visión fotográfica, es una maravilla. Siempre lo he disfrutado, pero hoy tengo una capacidad de gozo más grande. Yo nunca he tenido editorial, pero he trabajado para editoriales y proyectos, y colegas amigos artistas y fotógrafos me han pedido que les eche la mano. Distingo poco. Si yo las tomé, genial. Si son de otros, también. Lo que me interesa es articular un discurso con imágenes. Es parte de mi trabajo la construcción de libros: traducir un universo grande a este objeto primitivo, antiguo, donde montamos un lenguaje visual a partir de la historia del siglo XX de cómo las imágenes se mostraron en libros tradicionales. Esa es la parte esencial.

–¿Cómo analizas la fotografía latinoamericana?

–Es difícil pensarla entre tanta diversidad. Hay países con tremenda tradición. Pero hoy todo el mundo ve lo que se está haciendo en todo el mundo. La foto latinoamericana se puede parecer a la lituana o la norteamericana. Ves los libros que está haciendo Julieta Escardó en La Luminosa, en Buenos Aires, y a primera vista podrían ser alemanes. Hay una homogenización general. Pero nuestros países tienen mucha riqueza temática. Situaciones dramáticas, interesantes. En diciembre pasado fui tutor en un taller de World Press Photo y conocí fotógrafos de diez países. Vi trabajos formidables, y la gente, mucho más conectada entre sí. Yo para enterarme de publicaciones en Argentina tengo que ir a Nueva York, o a la Argentina. A México no llegan. Pero ahora, creo, se están tejiendo redes.

–En los libros, ¿qué pueden hacer las palabras por las imágenes?

–Los libros se inventaron para la palabra. Un libro sin palabras es radical, incomoda. Yo hice uno, por ejemplo, Akadem Gorodok, sobre un laboratorio de física nuclear en Siberia. Las fotos son guapas, en colores, pero a mí me gusta decir que la mejor foto del libro es el texto de José Manuel Prieto, encantador y brevecito. Te enteras de muchísimo. Tal vez otros libros no necesitan texto. La palabra tiene posibilidades enormes, y la complementariedad me encanta. Como editor, cuando pido texto pretendo que no me describan las fotos, porque eso está a la vista, sino que ofrezcan una plataforma desde donde mirar. Mi libro de ciudad de México tiene un texto al final José Emilio Pacheco, nuestro gran poeta, y es una maravilla. Él le puso el título, La última ciudad. La imagen es polisémica, pero hay situaciones donde voy uniendo imágenes y las hago unívocas. En el libro Democracia Vigilada sobre fotografía argentina que edité para Fondo de Cultura Económica hay una imagen del Ministro de Hacienda y en la página siguiente, una olla popular. Así también construyes sentido.

Libro Akadem Gorodok

Libro Akadem Gorodok

–¿Qué te gusta de la fotografía argentina?

–La miro hace muchos años, la admiro. Horacio Coppola, Grete Stern, adoro a Sameer Makarius: su libro Buenos Aires y su gente, de 1960, es una joya. El libro de Retratos y autorretratos de Sara Facio y Alicia D’Amico. Ellas hicieron La Azotea, un esfuerzo editorial de lanzar una colección sistemática y fenomenal gracias a la que conocimos muchos trabajos. Lo continúa La Luminosa, además de la Feria de Libros de Fotos de Autor que organiza el sello. Recupero también a tres fotógrafos: Marcos López y su defensa absurda del pop latino. Vi su exposición en el CCK y enloquecí. A veces me harta, a veces me fascina, pero sin duda alguna su preocupación es notable. Me gusta el trabajo de Alejandro Chaskielberg, cómo fotografía y su historia con la luz de la luna, romántica y tremenda. Y hay un librito formidable de Rodrigo Abd, Cámara afgana, retratos que hace en Kabul con una vieja cámara de madera de principios del siglo XX. Conozco bien el trabajo de Diego Goldberg, quien me invitó a las Jornadas de Fotografía Buenos Aires – La Plata, en 1988, unos talleres memorables. Quizá mi relación más intensa fue cuando edité Democracia Vigilada.

–De tus libros, ¿cuál es el más querido?

–Sin dudas, La última ciudad. También el que edité con las fotos de Frida Kahlo, que va por 50.000 ejemplares. Y Mexico. The revolution and beyond, en el que edité las fotos del archivo Casasola, que guarda un millón de placas, el más importante de México. Se publicó en los años 90 y lleva vendidos 100.000 ejemplares. Tengo algunos libritos chiquitos, 2000 ejemplares, que están en mi corazón, pero aquellos han tenido un impacto bestial.

–¿En qué estás trabajando ahora?

–Hice recién un libro para Ecuador. El Centro de la Imagen –centro de formación para fotógrafos–, lo fundamos hace 20 años, lo pusimos a andar, pero no quise volverme cacique de la foto. Quiero ser fotógrafo. Me interesa la producción propia y ajena. No quiero administrar los talentos. Me retiré y fundé la revista La Luna córnea, con quince números en cinco años. Llevo décadas trabajando con el mundo huichol, que documenté en el libro Corazón de venado. Tengo una cantidad de material bestial y quiero darle una vuelta de tuerca. Los libros ahora se editan de otra manera. Va a tener mucho peso la parte etnográfica. Es mi último resto de fotografía analógica. Ya tengo una primera versión, pero estoy pensando cómo lo produzco. Estos libros no ganan dinero. Necesitas instituciones, premios o becas para realizarlos. El 98 por ciento de los libros pierde dinero. Pero quiero hacerlo. Lo más importante en mi vida, donde más yo he aprendido, mucho más que en mi formación de economista, ha sido con los huicholes.

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Publicado en La Nación Revista, 29-1-17.

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