Pinceles y tijeras: historias de artistas peluqueros de ayer y de hoy

En los años ‘30, Ana Sokol atendía una pequeña y modesta peluquería en la primera cuadra de la Avenida de Mayo. Cerca del puerto, tenía por clientes a muchos marineros, pero también a caballeros como Manuel Mujica Laínez. Los primeros llegaban por necesidades prácticas, y otros, atraídos por el imán que esta ucraniana alegre y conversadora tenía: su arte. Sokol cortaba el pelo y en el mismo “pequeño, abigarrado, alucinante local” –según describe Manucho– pintaba pequeñas témperas naive: animales, escenas bíblicas inventadas, parejas y ángeles trazados con candor y maestría.

En los 60 y 70 gozó de cierta popularidad. Por el texto de Mujica Lainez se sabe que había nacido en Lwow, en 1902, y que tuvo un marido herrero y dos hijos. En 1922 vino con su familia a Buenos Aires. “Siete años después, se aplicó a estudiar el arte peluqueril, pues su salud no le permitía enfrentar trabajos más pesados. Tan bien le fue que desde 1935 tiene su local propio. Otras inquietudes, empero, la solicitaron en sus ratos libres. Comenzó a bordar, a tejer alfombras, a inventar flores de papel. Hace tres lustros, descubrió que podía pintar. La maravilla de los colores alejaba de su recuerdo la imagen de la madre y los tres hermanos remotos, de la miseria de Ucrania. En 1963 dejó de pintar. Leonor Vassena –pintora y galerista– la impulsó a hacerlo nuevamente, facilitándole telas y colores. Un mundo inusitado brotó de sus pinceles”, cuenta en  un fascículo de Pintura Ingenua II, Editorial Viscontea Argentina, de 1966.

ana sokol

Imagen tomada de un fascículo de Pintura Ingenua II, Editorial Viscontea Argentina, de 1966

Paola Vega, pintora contemporánea, lleva dos años buscando las obras de Sokol para hacer una muestra –su primera retrospectiva– que se inauguró el sábado pasado en galería Formosa (Delgado 1235), de Colegiales. “Es para mí parte de mi obra, y un rescate histórico de una artista mujer, como así también del arte naive, siempre ubicado en el borde o por fuera de lo legitimado. Ahora no la conoce nadie, pero sus pinturas son increíbles. Muy hermosas. Fue muy difícil dar con ellas”, cuenta. Nueve las había adquirido Osvaldo Giesso, Mujica Lainez tenía un Arca de Noé que su hija prestó, y los pintores Alberto Passolini e Inés González Fraga tenían otras dos y las sumaron a la muestra. El artista Máximo Pedrazza sumó una más, tras una puja trasnochada en una página de subastas online.

Una marchand que había estado activa hasta los 90, María Teresa Solá, aportó las restantes piezas de la muestra. Todas, menos una: la que está arriba de su cama, que es para ella un  talismán. “Ella me contó que iba seguido a la peluquería a charlar con la artista y comprarle obra. La recomendó a El Taller, una  galería de arte naive que dirigían tres mujeres –la pintora Vassena entre ellas–. Después perdió contacto con ella y por eso organizó en 1985 un concurso de arte naive para encontrarla. Ya iba siendo olvidada. Pero Solá fue a la televisión a promocionar el concurso y a pedir que se presentara Ana Sokol, para que si alguien la conocía le avisara. Así volvió a dar con ella, que estaba viviendo en un asilo”, cuenta Vega.  Hoy Solá tiene 90 años y estaba feliz el día de la inauguración. “Pensé que no iba a volver a ver tantos Ana Sokol juntos”, dijo. Vega reunió 17  piezas, pero sigue buscando: “Todavía no pude encontrar a los hijos”. En agosto presentará un libro con todos sus hallazgos.

Otro artista peluquero fue Juan Grela (1914-1992), que les daba el diario a sus clientes y pasaba detrás de un biombo, donde lo espera una paleta siempre fresca y un caballete, para pintar obras en cinco minutos. Entre el lavado y el corte daba alguna pincelada. “Mi abuelo era bioquímico, Roberto Alfredo Orlando, y tenía la farmacia Progreso a tres cuadras de su salón-taller, sobre Boulevard Rondeau en la zona norte de Rosario. Iba seguido a cortarse el pelo y le hacía preparados químicos en su laboratorio para que los óleos se secaran más lento”, cuenta Lila Siegrist, artista que pasó años más tarde por su taller.

Discípulo de Antonio Berni, José Planas Casas y Gustavo Cochet, fue maestro de por lo menos tres generaciones de pintores, grabadores y dibujantes de Rosario. Hoy se lo homenajea en su ciudad con dos muestras: un piso en el museo Macro dedicado a sus clases, en la muestra Ejercicios. Formación, aprendizaje en el arte contemporáneo; y otra en el CCM de Villa Hortencia,  sobre la Galería El Taller, que fundaron Grela y su esposa –casualmente, el mismo nombre de la galería de Sokol–, curada por Nancy Rojas.

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“Mis clientes sabían que si llegaban cuando yo estaba dibujando, tenían que esperar. Y esperaban nomás”, dice Grela en una entrevista de 1977 en La Opinión Cultural. Los lunes, cuando las peluquerías están cerradas, Grela salía con una valijita a mostrar sus obras. Afiliado al Partido Comunista y miembro de la Mutualidad de Estudiantes y Artistas Plásticos de Rosario, ser un trabajador común le provocaba cierto orgullo. “En la peluquería comenzó a dibujar y copiar tapas de revistas. Fue este mismo trabajo el que lo llevó a tener contacto con actividades culturales. Grela ejercía la profesión porque tenía que ganarse la vida y era la mejor opción para alguien que sabía el oficio y no había terminado sus estudios y se dedicaba simultáneamente a la pintura”, dice Rojas.

Recién de grande Grela dejó de trabajar. “Aid Herrera, su esposa, lo impulsó a cerrar la peluquería y abrir una librería en el garaje de su casa. Daba clases los fines de semana, y esto fue creciendo con la valoración de su trabajo por parte de la crítica nacional, a partir de la circulación extendida del Grupo Litoral. En un momento dado cerró también la librería y vivió de las clases y de la venta de obra”, cuenta Rojas.

Hay más artistas atrincherados atrás de un peine, una tijera, un secador de pelo. María Dundo es autora de pinturas de mujeres, flores y payasos, que hace cada minuto que tiene libre sobre cualquier cosa que le sirva de soporte, experimentando con materiales como algas, pelos y sopletes para darles textura. Pero en el barrio de Martínez todos la conocen como Bocha, la estilista que mezcla tinturas y logra tonos únicos, y que con sólo mirar una cabeza sabe cómo repetirlos. Hay mujeres que llevan más de 40 años contándole sus secretos, pero desconocen que dejan su cabeza en manos de una pintora, fanática de la música clásica, ávida lectora y viajera. Lee los rubios o castaños según la teoría del color, las rastas son para ella esculturas vivas y el corte de caballeros, puro dibujo. “Es un trabajo de artesanía. Me gusta”, dice.

Recién ahora se está descubriendo su faceta artística, porque en el salón de Monseñor Larumbe 101 ha empezado a colgar su obra. Es la primera vez que las muestra, y jamás las ha vendido. “Una vez entraron ladrones a casa y la policía me preguntó si los vendía. Dije que no”, cuenta divertida. Dundo es hija de otro pintor, Benjamín Dundo, y sus dos tíos eran fileteadores y escenógrafos de Argentina Sono Films. “A mí me gustaba la danza. Pero a los 14 años empecé a trabajar en una peluquería como ayudante, los sábados. Y nunca más dejé”, cuenta. Tampoco dejó de pintar.

María Dundo (Ph: MPZ).

María Dundo (Ph: MPZ)

En 1938, Grela escribe Pinceles y tijeras, un artículo de la revista Nuestro Mundo en el que pondera a sus doblemente colegas Juan Tortá y Cayetano Aquilino, artistas y peluqueros. Ahí dice: “Me siento orgulloso de ver que colegas míos que entre el espacio de un tijeretazo y otro saben resolver problemas tan delicados y difíciles como son los que presentan el arte de la pintura”. Vale también para Sokol, Dundo y los demás artistas secretos que habitan, silenciosos, los salones de belleza.

 

Para ver:

Ana Sokol: Primera retrospectiva, en Galería Formosa, Delgado 1235, Colegiales.

Juan Grela: Ejercicios. Formación, aprendizaje en el arte contemporáneo, Museo Macro (Avda. Brigadier Estanislao López 2250, piso 1, Rosario). Galería El Taller. Una iniciativa de auto-gestión pedagógica y expositiva en los años 60, desarrollada por Juan Grela y Aid Herrera, Centro Municipal Distrito Norte “Villa Hortensia” (Warnes Ignacio, 1917, Rosario).

María Dundo: Monseñor Larumbe 101, Martínez (salón de belleza).

IMG_20160705_075605 Publicado en La Nación, Cultura, 5/7/16. Link: http://www.lanacion.com.ar/1915404-pinceles-y-tijeras-historias-de-artistas-peluqueros-de-ayer-y-de-hoy

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