Guillermo Kuitca: “Creo que nunca fui chico. Fue un mote que tuve mucho tiempo: ser joven no significaba nada para mí”

Gillermo Kuitca se viste frente al espejo para ir a la vernissage de su nueva exposición en Hauser & Wirth, en Londres. Como siempre le sucede en situaciones como ésta, ajusta el nudo de la corbata, se mira y le pregunta al reflejo: “¿Qué estoy haciendo?” Las ganas de huir lo atacan en ese cuarto de hora, pero les pone pausa, hasta el día siguiente. Va a la galería, es amable con cada visitante y envidia a los que fuman, porque tienen una excusa para salir de allí. Eso sí, sólo por una noche. Porque al día siguiente un vuelo lo trae de regreso a casa.

Hace años que nadie toca el piano de cola donde le gusta acodarse a dibujar. Al fondo del taller de planta baja hay otra de esas cajas, esta vez no transitable, cerrada por un escenario a la manera de un teatrito y el patrón está interrumpido por un camino en fuga que parece ingresar en la pintura. Otras obras, agrupadas, montan escenas pictóricas. En una pared, hay una de sus características camas y una pequeña pintura abstracta: “Es una paleta huérfana, porque no es instrumental a ninguna pintura sino que existe en sí misma. En un cuadro hay una intuición de ir de un lado a otro. La pintura es un vehículo para moverte dentro de una superficie. Y acá, no: ¿dónde voy? No hay ningún guión. Un vacío interesante”. En otra pared, van rotando los dibujos de toda su vida, que desempolva y pega ahí para verlos y reencontrarse.

-¿Hacés como una suerte de revisionismo doméstico?

–Hace siete años, por motivo de una muestra, me sugirió un curador que me pusiera a revisar mis dibujos. Yo empecé a los 5 o 6 años. Encontré más de 3000 trabajos, entre obras más pobres y dibujos muy elaborados. Cosas que hoy hago y me pregunto de dónde salen, y que de algún modo estaban ahí de mucho antes. Y la particularidad es que todos esos dibujos los tenía yo. Nunca me ocupé de coleccionar mi propia obra, y ahora es cara también para mí, aunque tampoco me parece bien intervenir en el mercado. Tenía olvidados estos dibujos, y ahora estoy volviendo a revisarlos para una publicación de la editorial KBB, de Buenos Aires, que reunirá unas 500 obras, a partir de 1972.

-Entonces tenías 11 años y todavía te faltaban tres para tu primera y prematura exposición en la galería Lirolay. ¿Qué encontraste?

–Yo me olvido de todo, menos del momento de hacer la obra, que queda en mi memoria y me transporta. Yo pensé que mi obra autoral había empezado en 1982, con la camita amarilla –se refiere a la obra Nadie olvida nada–. Muchas muestras antológicas parten de ahí, como un mojón donde comenzaba un lenguaje.

–¿Eras muy chico?

–Creo que nunca fui chico. Fue un mote que tuve durante tanto tiempo: ser chico, ser joven… No lo rechacé pero no significaba nada para mí. No fui prodigio, fui precoz. Yo nunca entendí muy bien por qué alentaban a mis padres a que hiciera o mostrara obra, ni por qué algún pintor o maestro decía que yo tenía talento. Es una condición que yo nunca reconocí en mí. Quedaba un cono de duda: ¿qué veían en esas obras de un chico de once años que valiera la pena alterar el ritmo natural de un artista que es formarse y después exponer? ¿Cuál era la urgencia de mostrar eso? ¿A los once, los nueve años? Dibujé porque había crayones en el mismo lugar donde otros dibujaban. No es que a mí me pusieron crayones y otro, un tambor. ¡Los chiches del jardín! Cosas básicas del juego y la educación. Pero descubrí mirando los dibujos del 72… que no era malo. Los vi y eran particularmente intensos. Un alma completamente dramática, que no sé de dónde vendría. Dibujos muy tortuosos, personajes transformados. Los asocié a una influencia de Bacon, pero a Bacon lo conocí un poco después, a  los 13 o 14 años. A los 9 sólo sabía que existía Picasso y era un héroe, y con eso alcanzaba para que mi fantasía volara. La historia del arte no formaba parte de mi paisaje. Y ¡guauuuu! ¡Era bueno! Fue un momento muy sentimental, no sé si hubo lágrimas. ¿Qué hice con todos esos años? ¿Por qué los guardé en un cajón y nunca más los vi? Supongo que lo tuve que hacer para seguir mi vida y mi carrera. Llevar adelante la vida de uno es un esfuerzo y a lo mejor no hace falta acarrear con todo, pero yo había hecho un corte tan taxativo en el 82… Fue como haber encontrado una vida de antes de la que estaba oficialmente viviendo.

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Ph: Alejandro Guyot.

–¿Cómo te ves en esos dibujos?

–Una persona con muchísimas inquietudes y con capacidad de reaccionar muy directamente a cuestiones sociopolíticas y personales. Dibujos que dicen “no quiero pintar nunca más”, o “quiero ser cualquier cosa menos pintor”. Dibujos hechos durante el Proceso que decían frases muy directas en relación con crímenes. Vi una cosa que no creo que tenga ahora: realidades personales sin filtro. Leía un libro y escribía el nombre del autor y eso era el dibujo, cosas que ahora no haría porque me parecen muy infantiles. Y algunos gestos de este lenguaje modernista que tiene ecos de cubismo, de Hlito, Torres García, en el 78 hay dibujos que imitan este trazo con claroscuros angulares que hago hoy. Claramente, uno no decide dónde empieza su vida.

–¿Un niño con alma vieja?

–Lo escuché alguna vez… no sé nada de reencarnación, y creo que no saber es una manera de no creer. Me gustaría encontrar una expresión mejor, porque no sé si quiere decir que el niño es triste o apagado. Yo no lo era. No era una luz, aunque no era un chico mediocre. Es probable que al estar con materiales de dibujo o pintura apareciera una especie de intuición que podía atravesar sin filtro, con mucha naturalidad y muy comprometido. Me recuerdo a mí mismo pintando absolutamente absorto en cualquier situación. El tiempo es parecido ahora: tengo lapsos de concentración muy cortos y muy intensos. Fue un gran descubrimiento, y siento como si quisiera recuperar algo de eso.

–¿Estas obras te las pensás quedar?

–Sí, y me gustaría mostrarlas en Buenos Aires. Si las muestro en alguna otra parte, se irán para volver. Es mi historia. Hoy me pasa que si quiero hacer una muestra retrospectiva estoy a merced de que la gente me preste la obra y eso no siempre es sencillo. Tampoco lo es el traslado. Pienso que cuando empecé a hacer pinturas murales debe haber sido porque es tan difícil mover pinturas, que con éstas ¡tiene que moverse la gente para verlas!

*   *    *

La charla continúa en el cuarto que pintó con aquél patrón modernista, que es el mismo que cubrió los 30 metros perimetrales de la muestra coral Les habitants de la Fundación Cartier de París, en la que hilvanó una película del armenio Artavazd Pelechian, la voz de Patti Smith y obras de Francis Bacon, Tarsila do Amaral, Vija Celmins y David Lynch. Antes, pasamos por su otro taller, donde está su famosa mesa redonda, esa que hace 22 años lo acompaña y es un registro de su vida cotidiana: dibujos al pasar, anotaciones rápidas, automatismos mientras habla por teléfono. Cada determinado tiempo, saca la tela que la recubre y la convierte en obra de la serie Diarios. Ahora se ve un teatro de dos cabezas que quizás mañana sea una obra transitable de tres dimensiones, una pintura mínima o sólo quedará ahí.

–¿Las mesas te siguen acompañando?

–Al principio cada mesa duraba tres o cuatro meses, pero ahora el tiempo es más lento y duran mucho más. Yo paso menos tiempo sentado en la mesa: dibujo en el taller de abajo y la computadora está en el otro estudio. En otro tiempo, esta mesa concentraba casi todo mi tiempo en el que no estaba pintando. Todas parten de una obra que no llegó a buen puerto, y son una segunda chance antes de ir al tacho. La última era una obra espantosa, un collage cuadrado que no era nada, una obra muerta. Y durante el año que fue mesa le pasaron cosas y salió ganando.  Es un diario no discursivo, donde no tengo muy claro mis actos, ni mis ánimos, ni mis deudas, ni haberes. Es una práctica. En un comienzo, al no haber tantos recursos digitales, la información tenía que caer en un papel, y entonces era muy común que en la mesa cayera el nombre de alguien o un número, una dirección, y ahí podía recomponer algún tipo de cotidianeidad. Ahora, no. Es muy difícil que uno use el papel para anotar algo. ¡A mí me encantan el papel y el lápiz! Pero en general ahora los Diarios se volvieron más abstractos, garabateados, tienen algo de paleta, también. Son más opacos respecto de qué pasó en ese tiempo.

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Ph: Alejandro Guyot.

–Después de la muestra de Fundación Cartier, ¿cómo más puede expandirse tu pintura?

–Es como el corazón, se expande y se contrae. Es un músculo bastante flexible. A veces me dan ganas de que mis acciones se expandan o pasen por temas curatoriales, como en ese caso, que tuvo muchas facetas, y fue demasiado divertido como para no repetir la experiencia de ponerme en otros roles. Fue muy liberador. Expande tanto el campo de la pintura que no sé si podemos seguir llamándole así. El abanico puede seguir abriéndose, tanto como den tu talento y tus medios. Pero a mí me gusta mucho también el recogimiento: las paletas y los cuadros chicos que hice en los últimos años. Una contracción a medios muy básicos, paleta, pincel, tela, óleo, lápiz, y que la expansión sea la que genera la obra. Los murales que hice son una salida del cuadro. En el futuro quizá sí me interesaría hacer algunos trabajos pictóricos de murales a escalas mucho mayores, como una iglesia o un espacio cívico. Tengo la energía y las ideas. Hace poco estuve pintando un techo acostado, incomodísimo. La cintura y el cuello, hechos pelota. ¡Tenía más artefactos ortopédicos que herramientas pictóricas! Un cuello, una muñequera, una pelota para la cintura, vendas para el codo… pero fue muy divertido. En escala mayor, terminaría destruido, pero feliz. La tela, igual, siempre me excita, arcaica y determinante. Un formato tradicional siempre te desafía a encontrar amplitud. Intentar sentirte libre ahí es lo que los pintores hemos hecho en los últimos dos mil años.

–En Buenos Aires exponés, en promedio, cada 15 años.

–Sí, la última vez fue en Malba en 2003, y otra vez pasó un montón de tiempo. Tengo muchos proyectos para Buenos Aires en 2017, que no están todavía muy concretos. Son de distinta escala y no se superponen. Estoy entusiasmado con eso. Es rarísimo lo que pasa… La vez pasada tuve esa insistencia en los años que habían pasado desde la exposición anterior, 17 desde 1986, y pensé que saldaba mi deuda personal con Buenos Aires. Yo vivo acá, siempre viví acá, toda mi obra sale de acá, y es lógico que exponga acá. Siento el compromiso de saldar esa ecuación. Pensé que entonces se iba a hacer más fluido, pero no. Pasó de vuelta una cantidad de tiempo. Pero haber llevado el programa de  becas para mí era un modo de estar muy presente. No creo que nadie haya sentido que yo estaba tan ausente. Estoy. Recluido, pero estoy. Pero tengo compromisos muy exigentes: cada dos años muestro obra reciente en las galerías de Londres y Nueva York, y eso marca un ritmo. Yo nunca me moví de acá, y nunca orienté mi carrera a estar presente, sino a que mi obra lo estuviera. Uno puede liberarse de ese estigma de irse a vivir al lugar en el que expone. Lo difícil es liberar la obra. Pero se puede: yo estuve alejado mucho tiempo de Brasil y en 2014 hice muchas muestras. Y cuando mostrás en San Pablo, no estás extrañando Londres.

–¿Sufrís los vernisagges?

–Los montajes me gustan. Pero soy como un fantasma de mis propias muestras. Es raro tener una respuesta crítica ese día. Las inauguraciones cambiaron muchísimo, dejaron de ser un momento en que te quedás charlando con alguien y te das la mano, a alguien que básicamente te saca una foto o se saca una foto con vos. Eso, en sí, no es particularmente divertido. Por consenso, mis inauguraciones son cada vez más cortas, y llego cada vez más tarde. Soy respetuoso en relación con la gente que va, genuinamente. Pero si podría evitar las inauguraciones, lo haría. Siempre aparece una pregunta existencial: ¿qué hago acá? Al día siguiente, me voy. De Londres, me iré a Escocia y volveré a una entrevista pública en Londres. Alguna cena, puede ser, pero nadie es tan tonto de esperar visitas de compromiso. Si la obra no se defiende, vos podés ser la persona más simpática del mundo y no va a pasar nada. Creo que hay un gran equívoco al pensar cuánto uno puede influir en la decisión de los demás sobre comprar, exponer o elegir una obra. Se idealiza o fantasea con el poder del artista sobre su obra, y en realidad es muy relativo. No puedo sonreír y ganar con eso algo. Sonreír o estar, o no, es exactamente lo mismo. El trabajo es el del taller. La verdad es que cuando la paso mal, la paso mal en el taller: cuando algo no sale o estás peleando con una obra. Ese sí es un problema. La inauguración es un dejarse deslizar en ese tiempo.

–En tu vida de artista, ¿quedarte fue la decisión más importante?

–Sin dudas. Vivir en Buenos Aires fue muy determinante. Puede que la energía que lleva el desarraigo sea exageradamente grande para apartarme de mi trabajo. Aunque eso también puede conllevar una energía creativa enorme. Muchos artistas han sido nómades. No hay recetas. No me siento muy apegado, pero había algo que me fastidiaba tremendamente cuando era “joven a la edad de irse”: ese mandato de “te tenés que ir”. ¡Era un slogan! Hoy ya no: la carrera se puede hacer desde cualquier lugar.

–¿Y cuando fue que te liberaste del otro slogan: “el joven Kuitca”?

–¡Hace poco! ¡Cuando cumplí 50! “El joven Kuitca” es como si fuera mi nombre y apellido. Supongo que fue porque en la generación en la que fui incluido, sí, yo era más joven en relación a ellos, pero ya todos somos grandes. También creo que el trabajo con artistas mucho más jóvenes que yo da parámetros para no seguir siéndolo.

–Tus primeros jóvenes ya tienen 25 años más.

–Sí, parece increíble el tiempo que pasó desde la primera beca: Gachi Hasper, Daniel García, Magdalena Jitrik, Tulio Sagastizábal, Fabián Burgos… Nunca fueron alumnos. La beca siempre fue un proyecto pedagógico, pero se fue haciendo evidente que era un encuentro entre colegas. Los encuentros grupales e individuales eran diálogos muy ricos.

 

–¿Qué fue lo mejor que les diste a los becarios?

–Lo tendrían que decir ellos. Tanto tiempo, energía, entrega… Puede sonar sentimental, pero realmente, mucho amor. Un ojo entrenado puede llegar al taller de un artista y decir tres o cuatro cosas que le sirvan. Tengo casi más training en ver obra de los demás que la mía. Pero, honestamente, no tiene nada que ver con la Beca: lo que di fue el compromiso de no llegar con esa visión de afuera, sino tomarnos el tiempo y el fastidio de no ir desde afuera a señalar nada. Traté de acoplarme a la visión del artista. Es muy difícil ver lo que el artista ve: solamente ahí podés ayudar. Por eso se extiende en el tiempo. Tras muchos encuentros, cruzamos la frontera y estamos en el mismo baile, y surgen la paciencia, el amor, la prueba y el error, las ideas que no van a ningún lado…  Por eso, los artistas que han participado han tenido mucho coraje, porque con o sin la beca sus carreras hubieran seguido de todos modos. Ponen en juego su capital. Son talentosos mucho antes de que trabajen conmigo. Lo que hicimos fue desestructurar eso, y ellos a mí también.

–¿Va a haber nuevas ediciones?

–La respuesta es una duda. Cuando empecé, en 1991, los espacios de discusión sobre arte contemporáneo eran casi cero. Hoy hay muchísimos espacios, y ya no veo tan claro cuál es el rol de la Beca. El panorama es distinto. Tengo que encontrarle algo más específico, y actuar en consecuencia. Repetir el programa mecánicamente porque es exitoso… me falta algo más. Tengo que repensar cuestiones de tiempo, formato, lugar. Redefinirla. Estoy pensando.

–Tu obra suele tener influencias del cine, la literatura, el teatro y la danza. ¿Qué te inspira hoy?

–Hay épocas en que mi obra es muy permeable. Pienso que ahora no: mi obra es su propio referente. Fuera de esto, estoy leyendo mucho César Aira, sus ensayos sobre arte contemporáneo me parecen increíbles. Antes, leí mucho Emmanuel Carrere, me impactó mucho De vidas ajenas. También escucho audiobooks. Hay libros que no me acuerdo si los leí o los escuché. Desde Just kids, de Patti Smith, hasta los diarios de Bod Dylan. Es más fácil escuchar no ficción. O best sellers, como 22/11/63 de Stephen King. Me permite concentrarme mucho en lo que manualmente estoy haciendo, como pintar. O manejar o correr en la cinta. También miro series: The americans, Breaking bad, House of cards, las danesas. Y veo cine y, cada tanto, teatro.

–Cuando vas al Colón, ¿cómo lo ves a tu telón?

–Me fijo en detalles. Durante un mes veía que un hilo estaba salido. O si algo se soltaba en el uso. Por supuesto que no eran cosas que supiera corregir yo, pero que no podía dejar de mirar. Ahora noté que le pusieron una luz roja al manto de Arlequín, y no está en sintonía con la guarda de abajo. Cuando no está habiendo un espectáculo, deberían dejarse los colores naturales de los textiles. Altera la paleta. Veo todo menos el telón.

–¿Pasas mucho tiempo en tu casa?

–Paso mucho tiempo acá, sí. Tengo mis amigos de toda la vida, tengo pareja, no estoy solo, pero necesito estar solo. Es la mejor situación para el trabajo. El laburo de artista implica grandes dosis de soledad, pero no en el sentido negativo. Ahora trabajo casi sin asistentes. Me concentro, pero también soy muy disperso. Quizá en lo social estoy menos disponible que en el pasado. Pero no hago una vida monacal. Esta casa tiene muchos rincones, pasan muchas cosas en distintos lados. A veces no salí y no me acuerdo, no tengo noción. Estuve en la compu, en el taller de abajo, en el taller de arriba, corrí, miré algo… No tengo sensación de encierro, ni en la casa ni en mí mismo. Alguna vez fantaseé con volatilizarme, que la obra siga su vida y yo la mía. Pero tampoco quiero sonar quejoso: si alguien quiere que veas su obra, es porque te respeta y tiene su derecho. Así como cuando yo tenía 19 años y Macció vio mi obra. Su comentario fue importantísimo para mí.

–¿Qué te dijo?

–Que le gustaba, o algo así. Después no fuimos muy cercanos. Una de las primeras obras importantes que vendí la compró Macció. También visité a Alfredo Hlito, aún más joven: un artista tan sofisticado le abría la puerta a un salame como sería yo a los 17. Por eso pienso que tiene estar abierto el canal.

–¿Seguís pintando camas?

–Poquito. Ahora mismo con el vapor del té dibujo una en el mármol de la mesada. Dibujo mucho con el dedo. Las camas forman parte de un lenguaje inconsciente. Hay temas que nunca se van: los mapas, las camas, los teatros, los planos, las sillas. No tengo que ir muy lejos a buscarlos. Es difícil que imagine algo antes de hacerlo: por lo general, se generan cuando estoy pintando.

–¿Cómo te gustaría ser recordado?

–Uno recuerda desde la memoria afectiva a quienes conoció: un caleidoscopio de imágenes y recuerdos contradictorios, alegres y tristes. A los artistas no sé cómo se los recuerda. Yo tengo mi seleccionado, pero no te miento si te digo que no sé si están vivos o muertos. Me es totalmente irrelevante. Hoy se cruza un fantasma y de ese artista me llega algo: una imagen, una sensibilidad, una impresión. Está presente de esa manera circunstancial, no como una definición para labrar en la piedra. El recuerdo es algo vivo y puede tener los formatos más banales y diversos. El legado puede ser que sea una huella de la que el último en enterarse es uno mismo.

 

Grandes obras y bocetos

Portales, puertas y espacios de transición se repiten en la obra reciente de Kuitca, cuya muestra bienal en Londres se desarrolla desde el mes pasado en la galería Hauser & Wirth, de la capital inglesa.

Mientras tanto, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), a través de la Library Council, acaba de editar un libro de artista de Guillermo Kuitca. Se trata de una edición facsimilar de un sketchbook que pintó con óleo. El ejemplar reproduce los accidentes propios de un cuaderno de bocetos: manchas de aceite, traspasos, huellas dactilares. Impreso en Verona, Italia, cada copia de la edición de 200 ejemplares está firmada y numerada. “Sigue los parámetros de una edición gráfica, en forma de libro”, explica el artista.

 

Bio

Edad: 55 años

Profesión: artista plástico

Es uno de los artistas latinoamericanos más reconocidos, también como impulsor de nuevos talentos. Expone anualmente entre Nueva York y Londres, y su obra forma parte de las colecciones del MET, el MoMa y la Tate Gallery. Vive en Buenos Aires.

 

13502683_10209005237344651_678256509857619332_oPublicado en La NAción, Conversaciones, 20/6/16. Link: http://www.lanacion.com.ar/1910495-guillermo-kuitca-%E2%80%9Ccreo-que-nunca-fui-chico-fue-un-mote-que-tuve-mucho-tiempo-ser-joven-no-significaba-nada-para-mi-no-fui-prodigio-fui-precoz%E2%80%9D

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Un comentario en “Guillermo Kuitca: “Creo que nunca fui chico. Fue un mote que tuve mucho tiempo: ser joven no significaba nada para mí”

  1. Maria Paula me gusto mucho, muchísimo esta entrevista.. Agradable saber que se necesita estar solo, para adentrarse en el bastidor o simplemente pasar los dedos sobre la superficie. Entre el entrevistado , tu y yo se enlaza un puente muy concreto. Gracias a ambos.

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