Martín Ron: un artista salvaje que trepó desde las paredes de la calle hasta las galerías

Los artistas callejeros ya no son una especie furtiva que pinta de noche paredes robadas. Los más talentosos –o afortunados– son celebridades de las redes sociales que esparcen colores por invitación en las principales capitales del mundo. Martín Ron, muralista en auge, pinta de día, nunca a escondidas y, además, se fabrica sus propias paredes portables para exhibir –y vender– su obra adentro de una galería.

Primero Ron pintó su aldea, literal.  Caseros ostenta más de 200 murales con su firma, y no hay vecino que no lo conozca. “Me encuentro con mis imágenes a cada paso, lo mismo que mis amigos y familiares. Es como un gran living”, cuenta. Todo empezó cuando pintó su cuarto de adolescente. Más tarde, los de sus amigos. La siguiente invitación llegó de su colegio, y pocos años después ya tenía título de funcionario público: fue director artístico del Programa Embellecimiento Urbano en el Partido de Tres de Febrero por cinco años. Es decir, muralista oficial.

E cuento de los loros, Villa Urquiza.

E cuento de los loros, Villa Urquiza.

A otras piezas, las pintó y no las volvió a ver: están en medianeras de Alemania, Bélgica, Estonia, España… Ahora ultima detalles de su segunda muestra puertas adentro, que inaugura este jueves en la galería Quadro (la primera fue en Londres, donde dejó tres murales). Presenta pinturas de gran formato o murales de pequeño formato, porque por soporte tienen placas cubiertas de cemento. La muestra se llama Menagerie, como las exhibiciones de animales exóticos de los aristócratas del Siglo XVIII. “Las piezas del street art son también algo salvajes y no las podés llevar a tu casa”, dice. Sus fieras –protagonistas de sus obras–, sí. A excepción del mural que en estos días está apurando al fondo de la galería, porque es su medio natural.

Pinta parado, inquieto, con diferentes materiales, mezcla de artística con ferretería. “Voy trabajando por capas con veladuras. Primero le paso fijador al cemento, como en cualquier pared. Hago una base con esmalte y látex, y me pongo más fino con óleos y acrílicos”, explica.
En su estilo personal hay surrealismo a base de hiperrealismo. Sus obras son trompe-l’œil, efecto 3D. Ballenas, rinocerontes, tiburones, seres fantásticos o extraños artefactos comparten escenas con personajes impávidos, en las situaciones más normales: una selfie, un café, un encuentro, un paseo en bicicleta. “En la calle las imágenes deben ser fuertes para competir con la contaminación visual. Hago lo que me gusta. A la pintura hay que tomársela en serio porque es una compañera de vida. No es una moda”, dice. Desde muy chico estudia pintura de caballete y sus padres guardan unos bodegones académicos con bastante orgullo, para horror de Ron.

En la Ciudad está su mural más impactante: Pedro Luján y su perro, una tortuga marina monumental que emerge de una pared en Barracas (Pedro Luján esq. Sta. María del Buen Ayre). También es un emblema el retrato de Carlos Teves en su potrero natal, en el Barrio Ejército de los Andes, y el de Lionel Messi en la Isla Maciel. El fútbol y sus astros son buenos aliados para la fama mundial de sus retratistas. Pero los muralistas modernos más que a la gloria aspiran a ser virales: si lo logran, el trabajo que antes sólo conocían transeúntes ocasionales se ve en un instante en toda la aldea global. “A través de Internet pudimos unirnos entre colegas, y empezaron los viajes, los festivales y los tours de arte urbano”, cuenta.

Un ejemplo. “Se hicieron eco del mural de Barracas en blogs y redes sociales, y me fue abriendo caminos”, explica. Su tortuga llegó pronto a Malasia, y ahí fue con sus pinturas, invitado a darles vida en una pared de un santuario de las venerables nadadoras. Otro aliado de esta disciplina es una nueva forma de urbanismo que transforma barrios olvidados en destinos cool a golpes de pincel. Eso está pasando en el barrio Bushwick de Booklyn, y más acá en el Distrito de las Artes, donde Ron comienza en abril una mega obra que unirá las caras de seis edificios frente a Casa Amarilla.

“Los murales viven entre 5 y 20 años, dependiendo de la calidad de la pintura y de las horas de sol que reciben. Lo más importante es la cantidad de gente que los ve a diario”, analiza. “El street art es una intervención rápida, que queda, donde se ven los trazos y chorreaduras”, dice. Le demandan entre tres y diez jornadas. Más, lo aburre. En el brazo tiene tatuada una tortuga, pero no es como las que pinta: es una de las Tortugas Ninja, ídolos de juventud. Pero no comparte el carácter esquivo de esos personajes con nombres de maestros del Renacimiento: “Siempre pinto con permiso. No empecé con esto como una búsqueda de adrenalina o aventura, no vengo graffiti. Yo pinto y necesito buena luz, tranquilidad y tiempo”.

Desde hace siete años dicta cursos de muralismo. Hacia fines de abril dará dos seminarios sin cargo en la galería, que terminarán con un mural colectivo. “Lo más lindo de pintar en la calle es la interacción con el público. Lo más tétrico: cuando los chicos, que son los que más se interesan, se quieren quedar mirando y las mamás, apuradas, los tironean del brazo. De diez madres, se queda una. Los chicos siempre se quieren quedar”.

 

Martín Ron, Menagerie, se inaugura el jueves a las 19 en Av. del Libertador General San Martín 14354, San Isidro. Inscripción a los seminarios de muralismo: info@quadroarte.com

nota martin ronPublicado en La Nación, Cultura, 31/3/16. Link: http://www.lanacion.com.ar/1884548-un-artista-salvaje-que-trepo-desde-las-paredes-de-la-calle-hasta-las-galerias

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s