Marcos Acosta. Todas las ciudades.

El sol entra por la ventana del taller y un caballete dibuja una sombra en un horizonte serrano que Marcos Acosta está pintando. Una figura geométrica oscura y rotunda lo opaca, adivina –o señala– cómo será la versión final de ese lienzo. Eso es lo que sucede a veces en su pintura. Algo perturbador viene a sacudirnos justo cuando entrábamos en embeleso con su tranquilizante naturalismo pictórico. El hechizo se rompe con ese gris que señala que no todo es lo que parece, que no todo estará ahí para siempre.

En la pintura de Acosta se respira la pesadilla de las construcciones devoradoras de naturaleza y de hombres, la penosa realidad del paisaje domesticado, la soledad de las urbes, lo indefectible de la muerte, el temor atávico a las catástrofes y el horror del olvido. Pero también están los recuerdos y la idea de que nada es lo opuesto. Al final, todo es parte de lo mismo. Todas las ciudades son la misma. No son tan distintas de lo que las rodea.

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Visito por primera vez su taller en la primavera de 2014. Hay obras en proceso en distintos caballetes y mucha más arrumbada contra las paredes. Se respira ese olor que emborracha de aguarrás. Hay mucho trajín en este ambiente, muchas horas transcurrió el pintor en el ejercicio físico de pintar. Aquí está solo y se somete a la disciplina de un esfuerzo descomunal: un cuadro de dimensiones monumentales, horas y horas atrapadas en el bastidor. El cuerpo busca su límite en la acción de crear.

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Parte de fotos de viajes pasados para evocar escenas agrestes. Un plano negro, violento e intrusivo se impone en el centro de la imagen. Esa parte de la obra se vuelve ausencia. La naturaleza es negada. “Los paisajes como espacios artificialmente reales muchas veces invadidos o agredidos por formas que provienen de las ciudades (o de su recuerdo)”, dice el artista. Lo geométrico y lo orgánico entran en tensión en el lienzo. Irrumpen raras formas escultóricas, tornados de color. Escisiones.

                                             (En 2015 ha dejado unas postales libres de monstruosidades,

y parece honrar la tradición paisajista cordobesa.

          Se permite los disentimientos: “La búsqueda del artista es la

                                                 búsqueda de la libertad. Es imposible ser el mismo a lo largo de los años”).

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Formas calcáreas e inertes. Ruinas del futuro. Las imágenes satelitales disponibles en internet dan las coordenadas de las ciudades que pinta. Su visión no es de pájaro, sino de más arriba, casi de avión. Son sobrevuelos. La técnica varía: superficies muy lisas o rotas, empastadas o aguadas (el artista explora). Los edificios se ven como maquetas, y no se distinguen personas en las calles. El plano rebatido refuerza la idea de artificio. Existen para cada ser humano lugares de enorme importancia afectiva, cargados de historias y vivencias. Pero vistos desde afuera, son insignificantes. Siempre estamos a la intemperie, como en esos pedazos de ciudades que Acosta suspende en atmósferas enrarecidas.

(Lo que ciega en negro los paisajes es quizá la sombra que proyectan las siluetas de esos edificios).

Las propias ciudades se ven invadidas, por el contrario, por planos de color radiante, rayado o tornasol. A veces, negro. Montañas que aplastan o agua que estalla, raras nubes verdes o cielos metafísicos, plantas espinosas o figuras deformadas. La naturaleza prevalece, indefectiblemente. Cosas que no sabemos ver porque estamos ocupados en otras, minúsculas. Mientras, la ciudad crece sin que nadie la piense. Como un mal yuyo.

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En la tercera serie aparece la figura humana, pero la imagen está pixelada. Acosta pinta a mano, artesanal, prolija y pacientemente, fotos distorsionadas tecnológicamente. La pintura rescata imágenes de la marea infinita de fotografías digitales. Las elige, las descompone digitalmente, y después magnifica pixel por pixel en el bastidor (Acosta es un pintor conceptual). El recuerdo ya no puede ser reconstruido, desvanecido en el alma y los afectos. “Lo único que tenemos valioso es el tiempo”, dice. Las fotos de origen son tomadas al azar, pero algunas no: en Felicidad, Julia y Hermanos están su mujer y sus hijos.

Una de las últimas pinturas de la serie maximiza un instante perdido, que Acosta olvidó, pero que vive en su memoria a través de una foto. Fue tomada por su hermano, cuando tendría tres años, junto una hermana que ya no está. Se ve parte de un muñeco de peluche que le regaló su padre un día que pasó un vendedor ambulante, y en un impulso lo compró y se lo regaló. Ese momento, sí, es uno de sus primeros recueros de ese padre siempre enfermo que también murió demasiado temprano. “Ahí entendí algo más de esta serie: los pixelados me provocaban cierta nostalgia por algo que se perdió. Pero al reconstruir las imágenes y pintarlas, se vuelve a construir algo nuevo. Algo se ganó”, explica.

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Acosta es cordobés por nacimiento y elección. No renuncia a sus raíces. Viajó mucho, pero siempre volvió. La ciudad para él es un organismo vivo, sumergido dentro de otro más grande, que es el entorno natural. Eso no es una idea abstracta en Córdoba capital: son apenas unos minutos en auto para pasar del asfalto y los edificios a las sierras y los arroyos.

A los 8 años ya había decidido que sería artista. Dibujaba todo el tiempo. A los 10 pidió a sus padres que lo llevaran a un taller de plástica. Nunca más cambió de idea. Ya desde entonces empezó a visitar muestras de arte. Tiene atelier desde los 13 años, cuando sus padres le construyeron una habitación para pintar. Más tarde ingresó en la Facultad de Artes de la Universidad de Córdoba y comenzó a tomar clases con su maestro, Carlos Peiteado. Con él trabajó, a los 18 años, la cuestión del ser del artista en largas horas de charla.

Toma con tranquilidad los premios: “Todo puede cambiar. Lo único que importa es que la obra sea sólida, por lo menos para uno. Saber que la búsqueda es genuina”.  Más lo inquieta sostener la memoria de sus mayores. Al pintor Manuel Reyna le levanta un museo virtual. Trabaja un año para una muestra y libro sobre la obra de Luis Sosa Luna. El artista es un creador de pensamiento. De maneras de ver el mundo.

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La pintura es un lenguaje que se explica a sí mismo. En Acosta es un fluir. Evita engañarse, siempre. A veces se enreda en sus pensamientos, se contradice, entra en conflicto, juega a ser otro, viaja, se desafía y vuelve a empezar. O apaga la mente y se pone a sentir. Se va dejando guiar por la obra. Mientras trabaja va descubriendo su propio discurso. Los textos son fotos de sus pensamientos. Relatos de una emoción. Transitan por otras aguas con las mismas inquietudes. O a veces configuran series futuras. Ponen en palabras las formas y colores que más tarde creará. Escribe: “Las imágenes de lo que vendrá están sólo en nuestros sueños. Y las pinturas son un buen modo de soñar despiertos”.

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Sale una tarde del taller y se detiene ante la luz que baña a los árboles después de la lluvia. Encuentra belleza también en la mezcla que revuelve con el pincel en su paleta y en las dos paredes que quedan en pie de una tapera perdida tierra adentro. En aquella sombra del caballete sobre su pintura. Acosta es siempre pintor y su ojo ve por el tamiz de sus necesidades pictóricas. Ve su obra en todos lados. Trabaja todos los días. Su cabeza no descansa. “Elijo la pintura una y otra vez porque no la veo agotada nunca. Es un lenguaje que no ha transitado ni la mitad de su historia”, dice.

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Tres metros por nueve. Está terminando Panorama, el último cuadro de la exposición del Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Caraffa, la vista de un barrio céntrico cruzada por franjas de tres colores. Intenso. La ciudad y los paisajes son de la misma sustancia: naturaleza (¿cuál sería la diferencia entre un edificio y un hormiguero?).  El tiempo que pasa pintando es una premisa que el pintor se exige, ya sin urgencias y con otra minuciosidad (antes vivía apurado por la idea de que sus seres queridos llegaran a ver sus logros). La paternidad le dio otra perspectiva, una serenidad nueva. La traducción de fotografías a pinturas atrapa un nuevo tiempo. “Se trata en un ser diferente, con una energía encerrada. Un tiempo vital quedó condensado en el espíritu de esa pintura. Por eso, antiguos pintores chinos pensaban que lograban su cometido cuando la pintura tenía espíritu. Podían pasar 60 años tratando de pintar un pez”.  Ése es su tema más profundo: el tiempo en que estamos vivos.

Texto escrito para el libro Todas las ciudades, de Marcos Acosta, y para la exposición de sus pinturas en el Museo Emilio Caraffa, marzo/abril de 2016.

 

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