Alejandro González Iñárritu: “La cultura es un proceso de incertidumbres”

MÉXICO. -La misma industria que desprecia por cocinar películas como hamburguesas es la que esta noche podría premiar, otra vez, a Alejandro González Iñárritu. Con tres Oscar en su haber, el director mexicano fue el gran ganador en la ceremonia del último año, por Birdman, y podría volver a estar nominado cuando se conozcan las candidaturas al premio de la Academia, el próximo jueves. Esta noche, desde las 22, su película Revenant: el renacido -que se estrenará aquí el 28 de este mes- podría dar su primer paso hacia la gloria imponiéndose en los Globo de Oro.

Toda la película está fotografiada únicamente con luz natural y recurrió a la proeza de largos planos secuencia, como en Birdman, porque al director que sobrevivió también al frío, la altura, la nieve y el agua helada le gustan los desafíos técnicos. El rodaje, parece, fue tortuoso. “No existe el mal clima; existe la ropa equivocada”, se ríe.

Pero al pensar en la industria global, se desalienta: la ve aburrida y predecible.

© Rolex/Bart Michiels

© Rolex/Bart Michiels

El desencanto sobrevuela sus pensamientos, pero su amor por el arte es indeclinable. Piensa lo contrario que el director británico Peter Greenaway, quien ha dicho en octubre pasado que el cine ha muerto. Para el mexicano, se viven sus inicios. “Creo que ni ha empezado aún. Es un arte muy joven, tiene apenas ciento y tantos años. Mi entusiasmo es el que ha estado un poco falleciendo; no ha muerto, pero sí ha estado a la baja y, sobre todo, por el tipo de producción que se hace ahora. Aún el cine de autor tiene mucho que explorar y creo que hoy se hace un gran cine en muchas partes del mundo, pero que tiene muy poca salida”, explica.

El mexicano avanza en su elogio de la duda: “Las masas están en una dieta de hamburguesas mientras hay grandes chefs haciendo platos hermosos y estas masas no tienen la oportunidad de paladear estas experiencias exquisitas, humanas. Es como si el 89 por ciento de los restaurantes del mundo fueran McDonald’s: es la realidad que estamos viviendo. Pero eso no quiere decir que el cine haya muerto. Si la humanidad subsiste al calentamiento global y hay cine en 50 años, creo que ofrecerá la posibilidad de muchas otras formas de experiencia”, polemiza.

-¿Cuál sería el origen de esta situación?

-Hemos estado alimentando al público con cosas predecibles y hemos sido atrapados. Cualquier cosa que sea sorprendente es cuestionable porque nos asusta y nos saca de la zona de confort. Finalmente, si una expresión cultural se mide por las ganancias que reditúa y no por sus méritos creativos, entonces tenemos un problema. Es como valorar a la gente por cuánta plata tiene. Esos valores son una mierda.

-Como latinoamericano, ¿cómo se cruzan las fronteras?

-He tenido mucha suerte de que mis películas se vean alrededor del mundo. Hice films en diferentes países y continentes, en distintas lenguas, y para mí la experiencia humana es la misma en todas partes. Pero a diferencia de la pintura o la música, nunca escuchas una canción y dices “es una canción islandesa”. El anclaje geográfico de un film es su desgracia. No puede viajar sin ningún adjetivo gentilicio. Esa es una de las razones por las que las películas en inglés viajan mejor, porque hay mucha gente que habla ese idioma. Y otra vez, llegamos a la zona de confort donde la gente prefiere ver películas en su idioma y no se desafía a leer subtítulos. Peleé con cada distribuidor porque querían hacer doblaje y no poner subtítulos… En El renacido el idioma es una parte fundamental -se habla inglés, francés y lengua aborigen-. Esta racionalidad de no molestar al espectador con leer para no perder tickets en vez de enriquecer a la audiencia es el punto en el que estamos. ¡Y es fantástico sentirse a veces un poco perdido y asustado!

-¿Qué otras limitaciones hay que vencer?

-Hace poco discutía con un amigo, director francés, que la historia del cine puede reducirse a 20 caras. Hay algunas caras icónicas que hacen que la gente vaya al cine. Como una obsesión griega con ciertas características que nadie sabe cuáles son. Es algo primitivo: cuando esa gente aparece, naturalmente son estrellas de cine. Está en el ADN. ¿Por qué ése y no aquél? Cuando coinciden una lengua y una cara con los que me siento cómodo e identificado… ése es un film que la gente va a ver. He tenido la oportunidad de trabajar con no actores, que es una de mis maneras favorita de trabajar, que es más desafiante pero más divertido. He tenido la suerte de hacer los films que quería, de la manera que he querido. Por ejemplo, en Birdman quise trabajar con Michael Keaton y parecía una idea loca. Pero no me importó. A veces el idioma tampoco resuelve el problema. Es difícil muchas veces para el cine, incluso dentro de Latinoamérica. Las películas argentinas rara vez se ven en México, tampoco las peruanas, chilenas, venezolanas, paraguayas. No vemos cine de nadie. Es absolutamente frustrante.

-Vive en Los Angeles, ¿cómo se siente cuando está en su país?

-Al llegar aquí tengo siempre la sensación de que algo me hace sentir mal. En esta caótica civilización enterrada hace miles de años en historia siento que me ahogo. Hay tanta historia, tanta vitalidad… Es el más grande experimento antropológico de los seres humanos. Es una absoluta locura. ¿Cómo funciona esto? No lo sé, pero es fascinante. Incluso en las condiciones que atravesamos puedes ver gente increíblemente sonriente y amable. Vivimos en esta polaridad, entre el dramatismo extremo y la dulzura. Y todo es grande, masivo, maximizado.

-¿Cómo se lleva con el sistema financiero del cine?

-En eso también fui afortunado. He encontrado apoyo en la industria global de financiamiento de cine. Mi historia no es la misma que otros. Empecé con una película pequeña, Amores perros, y he sido muy apoyado. Sólo esta última es algo más grande. Cuando tu economía es un poco más humilde, naturalmente ganas libertad. Y así es como me he manejado: hacer cosas con menos, para tener más libertad. Siempre conseguí apoyo y no me puedo quejar de Hollywood en ese sentido. El hecho de que El renacido exista es un milagro. Íbamos paso a paso, porque había tantas posibilidades, tantos desafíos que resolvimos… Un film como éste -con estos estándares, estos objetivos, este presupuesto- es al menos una luz de esperanza.

Mentores y discípulos

El encuentro de LA NACION con Iñárritu tuvo lugar durante los Rolex Arts Weekend, el mes pasado en la capital mexicana, una inicitiva que significó para el director un rejuvenecimiento en su relación con el séptimo arte. Por el programa de mentorías de la empresa suiza sumó a su vida durante un año a un joven cineasta y profesor de cine israelí, Tom Shoval, que lo acompañó a recibir los tres Oscar que mereció Birdman, y presenció el rodaje completo de El renacido. Como padrino o mentor, su método de enseñanza fue “mostrar la ropa sucia”, explicó. “Es ahí donde aprendes, viendo ese proceso. Fue hermoso vivir la experiencia de hacer una película con la curiosidad y la mirada de un cineasta joven, cuyos comentarios y observaciones siempre me hacían reflexionar sobre mi propio proceso, lo cual nunca hago. A propósito de la enseñanza, Iñárritu recordó una anécdota con Martin Scorsese. “A veces parece que uno no aprendió nada, pero cuando menos lo esperas, encuentras que aprendiste algo que nunca pensaste. El conocimiento es como una semilla que se planta y de pronto, alguna vez, crece. Cuando le mostré a Scorsese El renacido me dijo que le recordaba a Soy Cuba. Cuando lo conocí, hace 14 años, él me había hablado de ese maestro del cine ruso [Mikhail Kalatozov]. Al día siguiente me mandó la película de regalo y la amé. Nunca tuve a Soy Cuba en mente cuando rodé El renacido, pero cuando él me lo señaló me di cuenta de que tenía razón. «¡Plantaste esa semilla y no me lo dijiste!»”, le reproché.

Publicado en La Nación, Espectáculos, 10/1/16. Link: http://www.lanacion.com.ar/1860875-alejandro-gonzalez-inarritu-la-cultura-es-un-proceso-de-incertidumbres

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