Alice Greenwald, directora del museo del 11-9: “El mundo no es un lugar bonito. Y no podemos ser neutrales”

En el lugar mismo de los hechos, en el hueco profundo que dejaron los rascacielos derribados, se puede visitar, desde mayo de 2014, el National September 11 Memorial & Museum, que cuenta la historia del 11-S, el ataque terrorista contra las Torres Gemelas, en la Nueva York de 2001, que cambió el rumbo del siglo XXI. Ya pasaron por allí 3 millones de personas, que se suman a los 21 millones de visitantes del monumento conmemorativo inaugurado en 2011. “Este museo no va a prevenir el terrorismo, pero su respuesta constructiva frente al mal lo define”, resumió Alice Greenwald, su directora, quien disertó en El Museo Reimaginado, el encuentro de especialistas de América celebrado a principios de septiembre en Buenos Aires.

Uno de los hallazgos del planteo del 911 Memorial –como se lo denomina en los Estados Unidos– es que cuenta los hechos a través de artefactos de escala monumental (restos de los edificios, fragmentos de escaleras mecánicas, autobombas casi irreconocibles) pero también de historias narradas en primera persona a través de tecnología multimedia. Así, evoca a las cerca de 3 mil víctimas fatales, pero también a los rescatistas y al resto de la sociedad estadounidense que acusó el impacto más allá de la distancia geográfica con la Gran Manzana. El memorial propiamente dicho son dos piletas con cascadas de agua y efectos de luz. Por su parte, el museo es un edificio de cristal y acero –diseñado por el estudio de arquitectura noruego Snøhetta– que costó u$s 700 millones y se recorre en forma descendente.

Son siete subsuelos, contenidos entre dos símbolos: en el ingreso, dos tridentes de acero que formaban parte de la fachada de las Torres; y al fondo, en el último subsuelo, las ruinas de la fundación del World Trade Center. El museo continúa ampliando su colección de historias y objetos relacionados con el 11-9, que atesora 23.000 imágenes, 12.500 objetos, 580 horas de video, 2100 documentos y 1990 registros de historias orales. Organizar todo ese material llevó ocho años y fue el gran desafío para Greenwald, que antes trabajó en otros espacios de memoria como el Museo del Holocausto de Washington y el de Historia Judía de Filadelfia. Su libro, The Stories they Tell: Artifacts from the National September 11 Memorial Museum, co-editado con Clifford Chanin y publicado por SkiraRizzoli, fue citado en The New York Times como uno de los mejores libros sobre la ciudad de Nueva York publicado en 2013.

–Qué fue más difícil, ¿reconstruir la historia o el edificio?

–Nuestro museo es parte de la reconstrucción de Lower Manhattan, pero los nuevos edificios son independientes y son llevados a cabo por desarrolladores privados. Nuestros proyectos son sólo el Memorial y el Museo: y la cosa completa fue un reto. Cada decisión que tomamos, tuvimos que pensarla desde la perspectiva de cómo sería visto por familiares de las víctimas, por sobrevivientes…Constantemente hubo una serie de lentes a través de los que tuvimos que mirar cada decisión, con los arquitectos, con los diseñadores de las exhibiciones, pensar qué incluir y qué no. Cada aspecto fue seguido muy de cerca y con cuidado. Es un tema muy sensible. Por ejemplo, hubo gente que quedó atrapada en los pisos superiores de las Torres después del impacto y que tuvieron que hacer una elección imposible: ¿vas a quedarte en el edificio y arder hasta morir, o vas a saltar 90 pisos? Uno no puede siquiera imaginar cómo fue eso. Pero sabemos que entre 50 y 100 personas saltaron del edificio. ¡Una ya sería demasiado! Esto es parte de la historia del 11-9 y la tenemos que contar. Pero ¿cómo hacerlo de manera apropiada, sensible y que no sea irrespetuosa con las víctimas ni con los visitantes? Probamos muchas maneras y en todas veíamos que no funcionaba. Había gente en el equipo que decía “esto es documentación y hay que usarlo”. Pero no podíamos usar imágenes en movimiento y que la gente quedara saltando en loop, una y otra vez, parecía completamente mal. Tampoco podían estar las imágenes copiadas en papel y enmarcadas en la pared: no podía pensarse que fueran obras de arte. Finalmente nuestro diseñador planteó que simplemente proyectáramos una imagen fija en un panel, y que el visitante tuviera que mirar hacia arriba para verla. Después la pregunta era: ¿una imagen es suficiente? Terminamos usando cinco imágenes, porque no queríamos dar la idea equivocada de que sólo fue una persona. Y cuidamos que las personas no pudieran ser reconocibles. Nos pusimos muchas reglas y nos llevó muchos ensayos llegar a una manera correcta de hacer las cosas. Así fue cada decisión. En la parte conmemorativa, donde recordamos a las víctimas, elegimos hacer foco en sus vidas y no en su muerte. Invitamos a los familiares a grabar en audios sus recuerdos. ¡Y contaron historias maravillosas! Pero incluso aunque fueran contadas por personas que los conocieron, fue difícil. Querés estar seguro de que ésa es la historia correcta. Fue un proceso cuidadoso, deliberativo y colaborativo.

–Se trata de un pasado muy reciente.

–El recuerdo está fresco, incluso para quienes tienen memoria del hecho. Todos recuerdan qué estaban haciendo cuando ocurrió el atentado. Pero ya hay adolescentes en la escuela que no tienen recuerdos. Y por eso el museo es muy necesario: tienen que enfrentarse a esto, porque ellos están heredando el mundo que ha sido definido por este evento.

–¿Cuál es la misión del museo?

–Recordad y honrar a las víctimas. Reconocer el heroísmo y el coraje de quienes prestaron auxilio. Reconocer también a los cientos de trabajadores que estuvieron trabajando en los escombros y que ahora están enfermos por haber inhalado polvo tóxico. Hay personas que aún están padeciendo las consecuencias. Esto no ha terminado, de maneras personales, sociales y políticas. El museo es un lugar para encontrarse, ver lo que ha pasado y empezar a pensar qué pasará después.

–¿Y qué cree que pasará después?

–Realmente, no podría decirte. Pero pienso que está en cada uno construir el mundo en el que quiere vivir. Se trata de reconocer nuestra propia capacidad y nuestro potencial, de hacer cosas grandes o pequeñas, pero moviéndonos en la dirección correcta. No quiero sonar naive ni, como decimos nosotros, “pollyannish” (excesivamente optimista, que piensa que todo es bonito). El mundo no es un lugar bonito. Vivimos en un mundo interdependiente, y ahora mismo vemos las consecuencias: si mirás atrás está el 11-9, Al-Qaeda, Irak, la metástasis de Al-Qaeda en Isis, Isis está creando la situación de caos y de ahí surge ahora la crisis de los refugiados, creando terribles circunstancias en Hungría, Turquía, Libia… No podemos ser neutrales. Vivimos en un mundo en el que nos enteramos al instante de todo por televisión o por el iPhone. No podemos decir, ¡no puedo hacer nada! O si lo decimos, es para nuestro propio riesgo, porque ése podría ser yo.

–¿Esto se relaciona con el rol de policía que Estados Unidos se asigna con sus intervenciones en las políticas de otros países?

–Sí, hablamos de eso. Pero nosotros en el museo no hacemos juicios. Contamos la historia. Así que hablamos de la incursión en Afganistán después del 11-9. Hablamos del terror y de Irak. Esto viene del 11-9, y sus consecuencias continúan. Todo pertenece al mundo en que vivimos y todo el mundo es responsable. Vemos a los refugiados y ¿de quién es la responsabilidad? ¿Respondes como ser humano o como nación, cuidando tus fronteras? ¿Desde qué parte de nuestra naturaleza respondemos? ¿De manera egoísta o generosa? Al final, tenemos que tomar estas decisiones. Por eso, para mí, el museo es muy específico respecto a lo que pasó en el 11-9. No somos un museo de terrorismo, sino de un terrorífico incidente. Pero es una ventana en la historia del mundo. Y ese es el propósito: contar dónde vivimos y quiénes somos. Y hacer pensar. No vamos a decirte qué significa el 11-9: eso depende de ti.

Flight 11 Fuselage. Ph: Jin Lee.

Flight 11 Fuselage. Ph: Jin Lee.

–¿Cómo sana el museo esta herida abierta: incorpora una mirada crítica de la historia o es una demostración de poderío bélico?

–Si pensamos en los mensajes clave que la gente se lleva tras su experiencia en el museo, lo primero es que los hechos son indefendibles. El mundo cambió radicalmente, y se ha  achicado: eso nos exige decidir cómo vamos a compartir este mundo. El otro mensaje es que le contamos lo que sucedió, pero no lo que esto significa. El museo no está buscando la promoción de los valores de la libertad, no es su misión. Estamos para testimoniar lo que pasó, porque sin un testimonio no podemos empezar a entender, y sin entender no podemos ser constructivos. El mensaje que queremos que los visitantes se lleven es que en el 11-9 y en los días posteriores se vio lo peor de la naturaleza humana, una catástrofe que no tenía nada que ver con el acto de dios que los perpetradores querían que fuera. Lo peor de lo que somos capaces como seres humanos sucedió ese día. Pero también fue una demostración de lo que es absolutamente mejor en nuestra naturaleza. Hay una historia maravillosa de un joven que trabajaba en programación de computadoras durante años junto a un amigo que estaba cuadripléjico. Él no lo dejó, no bajó las escaleras sino que esperó con él en el piso siete. Vino un bombero, y se decidieron a bajarlo, y así lo hicieron aunque se quedaban sin respiración. Hicieron llamados a familiares. El bombero llamó a su novia, y ella estaba viendo en televisión cómo ya había caído una de las torres y cómo la gente huía, y pese a sus pedidos, el bombero no huyó: “Este es mi trabajo. Esto es lo que yo soy”, le dijo. Estas historias y las de toda la gente que de todas partes del mundo se preguntó qué podemos hacer, cómo podemos ayudar… Como una psiquiatra que veía que a los trabajadores que buscaban restos humanos entre los escombros se les derretían los zapatos por el calor de las explosiones, fue a darles masajes en los pies… ¡y se quedó nueve meses! Hay cientos de historias de gente que se acercó a ayudar. Está el 11-9, pero también el 12-9 y lo que pasó en días posteriores que también es importante.  Por ejemplo, una directora de escuela que perdió a una hermana en el 11-9. Vio todo por las ventanas de la escuela, pero fue una profesional consumada velando por sus alumnos. ¿Cómo eligió ella conmemorar la vida de su hermana? Con una foto de ella misma en una escuela en Afganistán que construyó con el nombre de su hermana, rodeada por estudiantes. Recibió muchísimo dinero, y decidió hacer esto. No puedo pensar en un ejemplo mejor que éste. Fue una respuesta constructiva ante el mal, y creo que el museo se trata de eso.

–¿De dónde surgen los fondos para la creación y mantenimiento del espacio?

–El museo recibió un dinero del Estado para la reconstrucción de Lower Manhattan, y para construir el Memorial, pero no tenemos ingresos para solventar el funcionamiento. Para operar, tenemos que generar nuestros propios ingresos, y lo hacemos a través de la venta de entradas, aunque no pagan cargos los familiares de víctimas o sobrevivientes. Tenemos una tienda y un programa de membrecía, y mucha gente hace donaciones. También hacemos campañas masivas de fund raising. Pedimos apoyo de todas las maneras posibles. Nos ha ido muy bien, aunque sentimos que sería necesario un apoyo público. También ofrecemos auspiciar exhibiciones temporarias, que todavía no comenzamos a presentar, pero pronto se harán, con propuestas artísticas surgidas después del 11-9, que son una manera de procesar lo ocurrido.

–Le escuché contar de la cantidad de papel tissue que se consume en el museo, por las reacciones profundamente emocionantes que genera. ¿Hay también dispositivos de seguridad desplegados?

–Sí, hemos diseñado cajas de papel tissue estratégicamente distribuidas, para que haya siempre disponible al alcance del público. No creo que se pueda recorrer este museo sin llorar al menos una vez. Pero también hay fuertes medidas de seguridad. El mundo cambió en este sentido desde el 11-9. El World Trade Center fue un objetivo de terrorismo, no sólo en 2001, sino también en 1993. Es una zona de altísima seguridad. Debe ser así.

Ladder 3_Credit Jin Lee–¿La sociedad aún está atemorizada?

–No podés vivir con miedo. Tenés que decidir seguir adelante con tu vida, hacer lo que tenés que hacer, no podés vivir en estado de miedo. Pero, para mí personalmente, voy a la Estación Grand Central a tomar el subterráneo y pienso: podría haber pasado aquí. El pensamiento está ahora en mi cabeza, pero no me detiene. Ahora estamos muy acostumbrados a abrir nuestros bolsos cuando entramos en edificios públicos y a pasar por detectores de metales. Es natural en la vida de ahora.

–¿Qué simbolismos encierra que el edificio sea subterráneo, lo mismo que un búnker o una tumba?

–Es muy simbólico, pero la razón fue puramente práctica: cada vez que el gobierno da dinero federal para una reconstrucción, pasa a formar parte del Programa Nacional de Preservación Histórica. Entonces los pedazos que quedaron en pie y la fundación, caen bajo esta ley de preservación, y debíamos tenerlas a la vista y darles un significado para el visitante. Por eso, los siete pisos del museo se recorren hacia abajo, hasta llegar a los 20 metros bajo tierra donde está la fundación de las torres. Fue una razón puramente práctica, pero los arquitectos fueron brillantes y lo incorporaron a la experiencia emocional: no bajás rápido en un ascensor, sino que vas caminando por una rampa levemente inclinada hacia abajo, y mientras recorrés el museo vas llegando más y más abajo. Y eso es importante, porque en el World Trade Center todo era una cuestión de escala: enorme, gigantesco, y no te das cuenta de eso a menos que vayas recorriendo el espacio vacío que dejó. Es una experiencia progresiva, y también tiene algo de ceremonia de procesión donde todo se va haciendo cada vez más oscuro. Cuando salís, encontrás la luz del Memorial, lo cual es una narrativa muy conveniente. De todas formas, mucha gente recuerda a sus muertos aquí, porque de un 40 por ciento de las víctimas no se pudo encontrar restos.

Más datos: www.911memorial.org

Publicada en Clase, El Cronista, 25/9/15. Link: http://www.apertura.com/style/Alice-Greenwald-directora-del-museo-del-11-S-El-mundo-no-es-un-lugar-bonito.-Y-no-podemos-ser-neutrales-20150925-0004.html

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