Richard Sturgeon: Romanticismos de un acróbata.

La pincelada está viva, se mueve, serpentea, sube y baja por la tela, da un giro, vuelve, se enrosca, ondula, se espirala, zigzaguea. No se detiene. Sturgeon se revuelve los pelos, mordisquea el pulgar, se ríe, achina los ojos. Es ese conjunto de gestos que se repiten: la picardía, la aventura, el movimiento. Hay algo de aquel chico travieso que fue –que es– en su forma de encarar la pintura y la vida. El desorden. Esa libertad.

Sturgeon se aburre rápido de las cosas. El cambio es su forma de vivir. Y de pintar. Siempre distinto. Reinventándose desde cero cada vez que la monotonía llega para quitarle el gusto a la vida. Por eso no hay una obra igual a sí misma en toda su trayectoria. “Mi obra es ecléctica. Sin estilo. No me interesa el estilo. Me parece deprimente”, desafía. Y así va de un exabrupto en otro. Sus cuadros pueden volverse tumultuosos, eróticos, agresivos, caóticos, dramáticos, sensuales, irónicos, rituales o humorísticos. De una paleta saturada vira a los pasteles brillantes que mezcla en latas de sardinas y asesta con pinceles chatos. Como un acróbata del color, va dando saltos mortales en el aire. Ha pasado por la figuración, por cierto surrealismo, por la abstracción y vuelve a pasar por esos estilos cada vez que se siente convocado por ellos. No sigue una línea recta hacia adelante. Merodea a su antojo, como su pincel.

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La figuración es un tema recurrente: “Cada tanto me invade y necesito graficar algo”. Entonces aparecen figuras y situaciones en espacios no estructurados, yuxtapuestos. Cuerpos macizos, esquemáticos, al lado de perfectos retratos animé, alguna caligrafía, un dragón, duende o dios, el principio de una jirafa y situaciones mezcladas. La pintura de Sturgeon es, como él, gánica: lo que se le da la gana. Después de años torneando figuras humanas, hoy se siente más cómodo en la abstracción. Le cuesta la línea. Le da pereza. No la necesita para su poesía cotidiana con el bastidor. Lo atrae la mancha, la impronta rápida, impulsiva, no razonada. La difícil tarea de pintar como los chicos, desde las entrañas. Sin especulaciones. Deja fluir su pintura. Se entrega a la energía cósmica.  Años de terapia gestáltica para liberarse.

La pintura es un refugio. Amorosa, lo contiene. La sufre y la ama. Se desboca en grandes tamaños (2×2 metros) o en pequeños papeles. Los trabaja hasta que le hacen saltar los tapones. En su labor encuentra alegrías y amarguras. “Lo que más me cuesta es posiblemente lo mejor de lo que hago”, dice. Pintar es divertirse. Es su manera de no aburrirse. Y eso es lo que se siente frente a su obra: un latir, un expandirse, una vibración alegre. El deseo de perderse en ese entramado, en esa fiesta. Un goce. Multiplica la felicidad del acto de pintar. “Aquí la mirada entra y sale, recorre, se fuga y vuelve: el trabajo de un seductor”, describió Jorge Gumier Maier en los ‘80.

Sigue seduciendo. Con el óleo tiene una relación casi sexual. El olor de la trementina lo incita. El acrílico no: es duro para su mano, se seca rápido, es estricto. El óleo, en cambio, le permite entrar y salir. Atender, presuroso y solícito, a su obra cada vez que lo llama. “Veo qué necesita, le doy algo, pero por ahí me lo rechaza, le doy tiempo. Hay días en que no la puedo ayudar y tengo que retirarme… Hay que esperarla”, dice. Intuición, expansión, delirio en colores. La pintura, para Sturgeon, no se piensa: se siente.

La de Sturgeon es una carrera solitaria, con amigos artistas pero no con adhesiones a ningún grupo o movimiento. El  trabajo se logra en la oscuridad y en lo subterráneo, dice Gilles Deleuze y Sturgeon lo hace carne.  Un trabajo de conexión consigo mismo. Un día Luis Felipe Noé lo presentó como el forastero del arte. Con el maestro Gorriearena nunca se entendió en un año de taller. Ni política ni artísticamente. “Me largué solo. Esto es una cosa mía”, dice. Inspirado por la transvanguardia local y los artistas alemanes (Georg Baselitz, Anselm Kiefer, A.R. Penck), se abocó al cuadro. También lo motivan Dubuffet, Gaston Chaissac, Cézanne, Matisse, John Singer Sargent, David Salle. Los cita y homenajea.

Su conexión con el mundo siempre fue sensorial e impulsiva. Se crió en Mendoza. Le gustaba corretear chicas, pero también acostarse para sentir el tacto de la tierra de las viñas. De espaldas en las acequias heladas, dejaba que el berro salvaje que crece en el fondo lo acariciara. En Tucumán pasó otra parte de su infancia. Una madre artista formada en la Academia de Brera lo estimulaba. Otra huella dejó su padre viajero y dandy de sangre irlandesa, intermitente, idealizado… atorrante.

Sturgeon tiene un pasado en las finanzas y el deporte. Y un día, a los 18 años, frente a una tormenta de Turner se descubrió artista para siempre. Alguien lo puso frente a un caballete y ya no pudo dejarlo más. Al principio, exponía en el Parakultural y vivía en un sucucho de la calle Alsina donde era vecino de Luca Prodan. Se las rebuscaba. Tenía tres trabajos: uno de oficina por las mañanas, tardes de taller, y noches de encargado en un bar. Federico Peralta Ramos lo impulsó a cambiar de vida. Mandar todo al diablo y sumergirse en la pintura. Un coleccionista providencial lo propició. Y tuvo razón: le siguió después una trayectoria sostenida con muestras en galerías reconocidas, museos y premios.

Sigue dando giros. En sus últimos trabajos, el ritmo parece ser el tema. Enarbola la bandera de la bad painting, la mala pintura. Inspirado por el alemán Albert Oehlen, pretende acechar al espectador con lo más auténtico de sí mismo. Con la obra de Oehlen tiene puntos en común. Ese expresionismo acalorado, esos colores, esa pincelada suelta. O quizá, entra en contradicción consigo mismo y se pone a hacer unos apretados dibujos chinos. Lo que retumbe bien en su alma inquieta, tanto como el jazz, los libros de Ítalo Calvino, cocinar verduras o volar en su moto.

Está en pleno recambio de energía. El Gran Premio de Honor del Salón Nacional y el principio de su cuarto matrimonio lo invitan a dar otro salto. No se apega. Fluye dentro de su obra y su vida. Desde que mudó su taller a una chacra en las afueras, su relación con la obra es más intensa… otra luz, la soledad y muchas mañanas silenciosas. Persigue el cambio. Las únicas constantes en su vida son el amor por sus cuatro hijos y la pintura. “Voy en busca de la descomposición más que de la composición”. Se achina, revuelve el pelo hacia arriba. Suelta una carcajada y huye de todo lo serio. Rescata la alegría.

María Paula Zacharías

richardTexto incluido en el libro Richard Sturgeon, presentado por Fundación Vittal en mayo de 2015.

Richard Sturgeon. – primera edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fundación Vittal, 2014.

160 p, 30×23 cm.

ISBN 978-987-29889-2-0

 

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