El tiempo entre nosotros (BP.15)

Me llega un mail de El tiempo entre nosotros. Asunto: Antes. Leo: “Hay momentos muy pequeños que son más importantes que una vida entera. Por lo menos para mí, es así”.

“Hoy no me voy a una nota”, les digo a mis hijas Luz (5) y Julia (2). Esta mañana de sol, vamos juntas a ver El tiempo entre nosotros, de Fernando Rubio, parte de la Bienal de Performance, en el Parque de la Memoria (http://bp15.org/fernando-rubio/). “Hoy vienen conmigo. Vamos a ir a un lugar muy lindo, frente al río, donde un señor vive en una casita. Vamos a verlo”.
–¿Es un pintor?–, pregunta Luz.
–No, es un artista.
-¿Y qué hace?
-Vive ahí, y podemos visitarlo. Compartir un rato todos juntos. Es para que podamos mirarlo y pensar sobre la vida, el tiempo, nosotros mismos.
–Interesante…

Llegamos y lo prometido: correr al sol por un parque grande, mirar al río, caminar haciendo equilibrio por el cantero, levantar piedras, tirarlas… Y la casa. Chica, rústica, de juguete. Un hombre está viviendo ahí. El actor Gabo Correa se quedará cuatro días y sus noches. Justo esta mañana lo visitan sus dos perros. Les digo que vamos a pasar y que el hombre va a leer un cuento y que nos vamos a poder quedar si se portan bien, ni hablan ni tocan nada.

Se abre la puerta. Luz entra decidida, sin mirar atrás, sin esperar mi permiso. Pasa y se sienta como los demás. Julia, tan bandida siempre, se intimida, se debate entre ser bebé o nena, su nuevo eterno dilema. Entra en mis brazos y tras cruzar el umbral se libra de mí para sentarse junto a su hermana. Seremos diez y nos miramos en silencio. El hombre agarra una tiza y empieza a escribir en la pared. A mi juego me llamaron, piensa Julia, y encuentra un pedacito con el que hace algunos rayones al marco de la ventana (empiezo a transpirar). El hombre habla. Dice que ya estuvimos acá. Julia entiende (a mí me cuesta más) y se saca las zapatillas. Cuenta de una luz que entra por la mañana. Las dos se dan vuelta y miran por la ventana el sol, el río. Nosotros, los grandes, lo imaginamos.

El relato sigue y Julia se inquieta (a veces es tan difícil quedarse quieto y callado). Sudo. Empiezo a juntar zapatillas para irme. El hombre nos avisa que no molestamos. Se nos acerca. Se congelan (¿creerán que las va a retar?). Julia mete su mano en mi remera, como cuando era bebé. Como sigue haciendo. Creo haberlas amenazado y me da culpa. Pero hay bondad en su mirada. Una ternura. Nos relajamos. Antes de entrar, juntaron flores silvestres y alguna dejó una minúscula en el marco de la ventana. En esta casa tosca, esa florcita es un gesto hermoso. Se la han dejado a un hombre que vive solo en esa rudeza de madera. Él la agarra, la mira con dulzura. Las mira. Ellas le sostienen la mirada. Gracias, dice. Luz responde de nada, tan natural y tranquila. Los demás tenemos el alma en vilo. La casita es un resonador de emociones. Estamos mirándonos, compartiendo una intimidad profunda. Expectantes de qué pasará. Qué haremos que nos pase. Sentados en círculo nos estamos mirando a los ojos entre todos. A nadie se le ocurre la atrocidad de mirar un teléfono ni la insolencia de sacar una foto.

El hombre lee un texto. Se tira al piso y lee. Escucho su relato acerca de cuando éramos chicos, pero se me confunden las palabras con la vocecita de Julia, que ya se aburrió del cuento y está metida en su mundo interno, canturreando y jugando con vaya a saber que cosa. Es la mejor banda sonora para esa historia de infancia y nostalgia. En eso, el hombre abre la puerta, sale corriendo hacia el río y explota en un grito. No sabemos qué hacer. Si pararnos a mirar o esperar. Mis hijas, que todavía saben jugar a cualquier cosa, se desbocan felices. Salen corriendo hacia el sol, hacia el río, atrás suyo.

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