Aldo Sessa, el hombre detrás de la cámara

Aldo Sessa lleva más de 50 años detrás de una cámara registrando la historia, el país y su gente. En su estudio del pasaje Bollini, está repasando su enorme archivo para un libro antológico sobre su obra que editará un sello de Estados Unidos, donde también realizará una muestra. De regreso de una Nueva York nevada, sigue fotografiando a Buenos Aires. Ahora, parte de su obra integrará la colección Grandes Fotos – Grandes Fotógrafos, que lanzará La Nación desde este martes. En esta entrevista sin preguntas, habla sobre grandes temas de su obra.

Los retratos. -Estoy haciendo una edición de retratos y vamos por el 1100… De esas, por lo menos 100 fueron fotos inolvidables. Recuerdo una vivencia particular con cada persona. Algunas muy fugaces, otras que me han marcado en largos diálogos y también retraté gente con sensaciones ríspidas. Sentís una atracción y buscas el contacto porque sabés que es la forma de meterte en la otra persona. Llegás con la certeza de que buscás tal foto, como un cazador. Es un mecanismo visual y mental, que pasa por el corazón y el dedo.

sessa

El tiempo. -El mío es un archivo gigantesco. Siempre enfrenté el día con la fascinación de que podía ser ese día. Siempre miré muy para adelante. Durante los primeros 25 años no tenés conciencia de que el tiempo pasa. Lo peor es centrarse en el pasado, es un error menor centrarse en el futuro, pero es muy fugaz el presente. Hay que vivir el momento pero en proyección. Luego, cuando envejecés y tenés una porción de tiempo tan grande para analizar qué has hecho, te encontrás con que tenés el tesoro personal de la búsqueda de una vida. Y te sentís muy enamorado de todo lo que hiciste, encontrás cosas que ni te acordabas de haberlas hecho… y la vida se vuelve fascinante. Es como si te pararas y vieras pasar la historia a tus pies. Volvés a la gran sesión, que es ver tu pasado al recorrer tu archivo. Ves cómo horadaste la piedra. Y la maravilla de la fotografía es que congelás para siempre un momento.

El país. -Yo busqué el alma del país y creo que entendí cuál es. Tengo un punto de vista de cuáles son los íconos visuales, que contienen las personas, los paisajes, la ciudad, personajes como el gaucho, el Teatro Colón, los artistas, los escritores, la arquitectura, los graffiti, La Boca, el tango. Me enamoré de los árboles, las flores. Aprendí mucho con Silvina Ocampo, Manucho, el arquitecto Peña, Güiraldes, Borges. Todo ese recorrido generó en mí un sentimiento enorme por este país, que es maravilloso. El punto débil es que la mayoría de los argentinos no lo conoce. Hay una visión muy unitaria de la argentinidad.

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Ser fotógrafo. -Es quien sabe ver lo que no ve la mayoría. Entrena su mirada y actúa en conjunción con su sensibilidad. La mirada está por encima de la técnica. Es una especie de mago. Crea situaciones, maneja la luz y controla las imágenes con su percepción. Lo que ahora me pasa es que cuando hago una foto voy con la convicción de que la voy a poder hacer y que va a ser una gran foto. A veces no lo logro, y repito la ocasión. Ahora estoy volviendo a mis viejas cámaras, unas Roliflex del 53 y del 70. Siempre uso una Leica también y alguna digital que a veces cumple su función. Pero estoy centrado en seguir haciendo película, porque en el circuito internacional del arte el papel sigue teniendo un lugar privilegiado.

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Colección. -No tengo afán de coleccionista, sino de rescatista. Cuando empecé a coleccionar cámaras y fotos rioplatenses antiguas, lo hice pensando que estaba haciendo algo por el país, porque esas cámaras se las iban a llevar los extranjeros. Me pareció una obligación moral comprarlas en la medida en que me fueran accesibles. Cumplimos la misión. No se venden. Algún día estarán disponibles para que las disfrute mucha gente.

Tres fotos argentinas (acompañarán la primera entrega de la colección). -El ritual del mate es una ronda de quince gauchos en Goya, Corrientes. Yo la estaba registrando desde arriba de un caballo, y vi la generosidad del cebador que circulaba de mano en mano. Bajé y ese rito fue la foto. La del tango fue parte de un libro que hice con Enrique Cadícamo a sus 96 años. Él la describió en una frase: una pareja en plena combustión, estrechada en el cálido abrazo que es cerrojo del amor. La del Obelisco es una más de muchas que hice de charcos, que son espejos, porque yo miro mucho las veredas, lo mismo que hacia arriba. Las plantas bajas están casi todas destruidas.

 

Domingo 15 de marzo de 2015 | Publicado en edición impresa
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