El juego del espejo: cuando el creador aparece reflejado en su obra

Para mostrarse, ahuyentar fantasmas, resolver identidades o meditar, artistas contemporáneos exponen su cuerpo e intimidad en sus trabajos; Nicola Costantino, una referencia local de este género que desdibuja los límites. El autorretrato es un género clásico desde que en el Renacimiento los artistas salieron del anonimato, empezaron a firmar sus obras y a tejer sus propias leyendas. Pero más acá en el tiempo, de la mano del arte conceptual, la fotografía, el video y la performance, los artistas contemporáneos han puesto en primer plano más que su cara, su más profunda intimidad. Algunos, hicieron del autorretrato su único ejercicio. Está claro que el género del autorretrato conoce sus versiones más extremas en este último siglo. La francesa ORLAN acuñó el término arte carnal: registra en video y fotografía sus múltiples cirugías estéticas, y transforma su propio cuerpo como si fuera un work in progress. Otras veces, los artistas pusieron el cuerpo con la intención de cambiar el mundo. Ana Mendieta, exiliada cubana en Estados Unidos, fue cultora de una obra efímera, poética y crítica al mismo tiempo, defensora de la mujer y de las minorías culturales. En sus obras de los ‘70, hace denuncias con su cuerpo desnudo deformado a través de un cristal, lleno de sangre después de haber sido supuestamente violado o después de haber sacrificado a una gallina, se fotografía con barba o hace lo que denominó earth-body art: se cubre de hierbas o con barro para entrar en una relación física y espiritual con la Tierra.

Otra autobiográfica experimental y extrema es Sophie Calle, artista francesa que en 1981, más interesada por la intimidad suya y de los demás. Por el proyecto Detective, encargó a su madre que contratase a un detective para que la siguiera y realizara un pormenorizado detalle de su vida diaria. Ha hecho stripteasse para ver qué se siente, invitó a extraños a dormir con ella, pasó una noche en la Torre Eiffel escuchando cuentos para no dormirse y durante la 52a Bienal de Venecia expuso el análisis de 107 mujeres de profesiones distintas sobre el correo electrónico con el que se despidió de ella su último novio. También, la británica Tracy Emin exorciza sus demonios al registrarse en video, dibujo, pintura, fotografía y escultura. Ha hecho instalaciones con los nombres de todas las personas con las que durmió. Sacando los trapitos al sol, My Bed, de 1999, mostraba su propia cama revuelta con sábanas manchadas, y en el suelo, paquetes de cigarrillos vacíos, bombachas, zapatillas (fue recientemente comprada por un coleccionista alemán por 3.77 millones de dólares). Lo contrario que Cindy Sherman, que pese a que protagoniza todas sus fotos desde hace casi 40 años, no habla de ella sino del rol de la mujer en la sociedad. El japonés Yasumasa Morimura también recurre a la fotografía escenificada para meterse en obras maestras de la historia del arte e íconos de la cultura para indagar en conflictos de identidad. Roman Opalka, austríaco, se propuso atrapar el tiempo, pintando una progresión numérica. Cuando murió, en 2011, 46 años después, había llegado al 5607249. Al final de cada jornada, se fotografiaba. Es impactante ver en esas imágenes cómo Opalka va envejeciendo.

En la Argentina, son memorables los autorretratos de Carlos Alonso, realistas y dramáticos, tanto como las glamorosas postales de Dalila Puzzovio y las hilarantes versiones de sí mismo de Fermín Eguía. Su retrato renacentista se vio en la muestra YO, nosotros, el arte: el autorretrato en el arte argentino, curada por Laura Malosetti Costa en el Espacio de Arte Fundación Osde, en 2014, junto con piezas emblemáticas de los últimos cien años, como el Narciso de Mataderos, de Pablo Suárez, Maresca se entrega todo destino, de Liliana Maresca, los videos de Narcisa Hirsch, registros de los happenings de Marta Minujín y más obras de Prilidiano Pueyrredón, Fernando Fader, Líbero Badii, Luis Felipe Noé, Antonio Berni, Ernesto Deira, Marcia Schvartz y Oscar Bony.

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Integraba esa muestra también Nicola Narcisa evocando a Caravaggio, foto de Nicola Costantino que reversiona a un clásico. Experta en matricería, taxidermista, buena confeccionista de indumentaria y amante de las máquinas, Costantino pronto abandonó la creación de artefactos, animales nonatos y trajes de pieles humanas de imitación, para convertirse en su cuerpo de obra y registrarse en video y fotografía. Empezó en 2004, con Savon de Corps, en Malba, una muestra que incluía jabones de tocador elaborados con grasa resultante de una liposucción, para la que además protagonizaba un comercial publicitario. Para la serie Autorretratos se puso el suéter rojo de Berni, leyó una carta para Vermeer, ocupó el lugar de Velázquez en Las Meninas, fue la Venus del espejo y lloró lágrimas de cristal para Man Ray…. Para el video Trailer, en 2010, actuó junto a su doble durante su embarazo. Se tuvo que anestesiar para hacer un molde de su cara con los ojos abiertos. En Rapsodia inconclusa, que inaugura este jueves en Colección Fortabat y con la que representó al país en la en la 55 Bienal de Venecia, en 2013, fue más allá y se travistió en Eva Perón, para instalaciones performáticas, objetos mecánicos, proyecciones y fotografías. Reprodujo trajes, joyas, gestos, y estuvo rubia un año y medio para darle nueva vida, y como la máquina de La invención de Morel, de Bioy Casares, reproducir en loop el pasado en el presente. “Ninguna mujer puede ser una sola mujer. Todos somos muchos y muchas”, dice Costantino acerca de las cinco Evas de la videoinstalación, y de ella misma. Su siguiente proyecto avanza en esto de mostrarse: filmó una película biográfica con dirección de Natalie Cristiani en la que se borran los límites entre el documental y la ficción. –¿Cómo fue el paso de escultora a protagonista de fotos y videos? –Hay cosas que se van dando y uno no las hace intencionalmente. En 2006, compré mi casa y taller que estuvo dos años en refacción, por lo que me quedé sin espacio de trabajo. Conocí a Gabriel Valansi, y con él descubrí a la fotografía. Empecé a ver y aprender, y se me empezaron a ocurrir fotografías. Él me animaba a armarlas, a ponerme y él sacaba la foto. Me daba vergüenza, miedo. ¿Cómo voy a ponerme yo? Empecé con pudor, metiendo en las fotos mi estética, mis identidades y mis obras escultóricas. Y me gustaba y gustaba a los demás, mientras que las instalaciones y las esculturas solían generar más rechazo. Entendí que el hecho de que yo sea la protagonista, escenógrafa, vestuarista, maquilladora, caracterizadora, hace que yo modele todo, tanto el personaje como la escena. Ése es el sentido. Hago la obra con mí misma. En el proceso de investigación previa, que son meses de leer, pensar y mirar, voy creando el personaje. Nunca contrataría una modelo o actriz para dirigir, porque eso es ya dirigir cine o teatro. A mí el tema de parecerme a Eva no me importaba para nada. El parecido, el casting, me parece genial que no pase. Tampoco actúo bien. Lo sé. Pero el defecto es genial. Si no, sería Hollywood. Un artista puede hacer cualquier cosa, tomando lo que necesita de otras disciplinas. 2 Nicola Costantino - Rapsodia Inconclusas, los sueños –¿Cada vez es más difícil separar al artista de su obra? –Estoy totalmente involucrada. En mi obra anterior hasta mi mano desaparecía de la obra. No hay gestualidad en mis esculturas porque trabajo con la técnica del calco. No dibujo, no hay trazo. Pero la fotografía también es una técnica. Estoy presente como personaje. En algunas obras es la mirada a mí misma, en otras, está puesta sobre otro. Es algo que hago muy naturalmente. –Cuando no interpretas un personaje, ¿no corres el riesgo de convertirte vos en uno? –No sé… es una pregunta que me hago y no tengo respuesta. Sobre todo después de esta película, en la que cuento cosas muy personales. Yo creo que los artistas siempre se están mostrando. Soy una de tantas. Me considero dentro de un lenguaje del arte contemporáneo que comparto con muchos.

FLAVIA DA RIN

FLAVIA DA RIN

Flavia Da Rin también es su modelo en casi todas sus obras. Rubia o morocha, niña o vieja, en mil y un gestos diferentes, como bailarina de vanguardia, como escultura modernista, con personalidades múltiples… siempre con ojos desmesurados. Empezó a hacerlo en 1999, cuando tuvo su primera cámara digital y para no molestar a nadie, ponía el temporizador de la máquina y corría a posar. “En un comienzo, cuando recién había terminado de cursar Bellas Artes, eran más propiamente autorretratos: el personaje era yo. Pero como siempre trabajé las fotos con la computadora esos autorretratos estaban un poco distorsionados en sus colores y en las proporciones del cuerpo, de una manera bastante trash. Luego empecé una serie de fotos donde en un mismo lugar había varias imágenes de mí misma, como una especie de coloquio interno. Más adelante interpreté otros personajes, ayudándome con un programa de manipulación digital para disolver mis rasgos. No creo que mis obras a partir de ese momento puedan llamarse autorretratos. Parto de una imagen que me tomo a mí, pero luego trato de volverme otro, así como un actor cuando interpreta un papel”, explica. En cambio, Pablo Schugurensky sí está convencido de la utilidad del autorretrato. Este un pintor argentino radicado en Madrid en 1988, se retrata dos veces por año, desde siempre, inspirado en sus referentes en la materia: Rembrandt, Van Gogh, Bacon, Freud (el autorretrato de Van Gogh sobre fondo azul le quita el sueño desde chico). “Me interrogo: ¿Quién es ese tipo? Siempre el mismo, siempre distinto. Observo el paso del tiempo en mi rostro, cómo la vida me va dibujando. El éxito del cuadro está en que éste a su vez me mire a mí. No hay respuestas, sólo preguntas que convocan a seguir indagando. Y alguna que otra pincelada acertada cuyo significado es irreductible al lenguaje hablado pero parece indicar que algún velo se ha descorrido”, reflexiona.

Sandro Pereira estaba estudiando Bellas Artes en 1996 cuando hizo Novio: un calco de todo su cuerpo en yeso vestido de traje, como para una ceremonia de casamiento. Su interés en la performance, donde el cuerpo es materia prima, derivó en autorretratos. “Para mí hacer una obra de arte es como meditar: te liberas del cuerpo y los pensamientos para llegar a la esencia que se encuentra en tu interior. Con el autorretrato, busco reconectarme con la autorreferencia y vivir desde una conciencia pura, además de identificarme con la transformación de la naturaleza. El efecto es una fluidez de la abundancia creativa sin límites para reconocer mi verdadero ser”, cuenta desde Tucumán, donde vive. Abundan en su producción las figuritas escultóricas, dibujos, pinturas y fotografías en las que se muestra como boxeador, niño y coya. “Los repetí muchas como un mantra para continuar meditando. El autorretrato me abrió la mente hacia una conciencia universal”, dice. Una noche, a Jimena Brescia le robaron la máquina de fotos. “Perder mi herramienta de trabajo hizo que comenzara a ponerme frente a cámara. Pedía cámaras de amigos prestadas por períodos breves y yo era mi propia materia prima. Se convirtió en un gran juego. Me da gratificación ver ese desdoblamiento un tanto esquizofrénico pero a la vez saludable. La imagen me da la posibilidad de ser quien quiera ser, de reflexionar sobre el cuerpo, la presencia, los roles del artista. También hay mucho de acto psicomágico y ritual”, cuenta. Al principio hacía fotos más documentales, pasó por una etapa escenificaciones pop solitarias y ahora sumó más personajes: “Hay momentos en los que me agoto de verme yo todo el tiempo y me planteo qué le pasa al espectador, si se transforma en buscando a Wally”. -¿Qué dice tu analista de todo esto? -Llevo mis trabajos a la terapia, por supuesto, es el mejor lugar. Me enteré a mis 26 años que era adoptada. Tal vez esa necesidad imperiosa que tuve por aquellos años de empezar a retratarme estaba vinculada con buscar mis rasgos en una imagen, desde una situación que podía ser lúdica atravesé ese proceso de aceptación y encontré la libertad de poder ser quien quisiera ser. Cambiar el mundo, ahuyentar fantasmas, resolver identidades, mostrarse, meditar, cosas que les pasan a los artistas cuando se miran en el espejo de su obra. El efecto puede ser sanador.

Martes 03 de marzo de 2015 | Publicado en edición impresa
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Un comentario en “El juego del espejo: cuando el creador aparece reflejado en su obra

  1. Querida María Paula:

    Muy buena tu nota en la revista.

    Te comento que el 31 de diciembre se cerró http://www.agncultural.com.ar

    Porque la Cultura no vende Banners.

    Mandáme todo lo de la muesta de Nicola Costantino, en la Fortabat el jueves.

    No tengo nada.

    Hablá con ellos en todo caso y que me lo mande desde la Fortabat si no querés trabajar vos.

    Un cariño

    Carlos Ladavaz

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