Margarita Bali: imagen proyectada

Artista plástica, coréografa, pionera de la videodanza y cultora de las videoinstalaciones, Margarita Bali inauguró un espacio propio para la exhibición de su obra, tan inclasificable como ella.

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 Con 21 años vivía en California a fines de los 60 y estaba por recibirse de bióloga, cuando su vida, que ya parecía encaminada, dio el primer volantazo. Entró por casualidad en una clase de danza contemporánea. “Me fascinó”, recuerda. Al poco tiempo integraba una compañía de baile, mientras avanzaba su posgrado en Fisiología, en Seattle. Y pegó otro giro. Nació su primera hija e hizo una pausa para estudiar artes visuales. Desde entonces, la plástica, la ciencia y el movimiento no tienen fronteras para Margarita Bali. Más tarde encontraría con qué unir todas sus pasiones: el video.

Un porte erguido, un andar acompasado, piernas largas, la espalda recta. Vista en cualquier lado, en la calle o el mercado, Bali puede pasar por una -distinguida- ama de casa más, de esas que andan con los anteojos colgados con cadenita. Ningún detalle estrafalario permite adivinar las historias que se tejen en la cabeza de esta pionera de la videodanza. Es a la vez coreógrafa, camarógrafa, editora y artista plástica de las danzas que imagina, fila y proyecta, además de docente y gestora cultural. El baile es su herramienta para crear piezas de videoarte, en las que lleva la danza a lugares extrañísimos: puede orquestar bailarines sobre los restos de un naufragio a orillas del mar o en un desierto de arena. Y es precursora de las videoinstalaciones que llevan la danza a los museos, como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Centro Cultural Recoleta y el Palais de Glace.

Su curriculum tiene páginas completas de premios, becas y distinciones. En videodanza, solamente, ganó más de diez concursos. Pero también fue premiada en danza a secas: fue la primera coreógrafa argentina que obtuvo la Beca Guggenheim, en 1998. Y sacó el segundo premio en un concurso de arte y tecnología, la Bienal Gyula Kosice 2012. En 2000, con una beca, compró su primer proyector personal e hizo una puesta arriesgada, como todas las suyas, en la que la danza transcurría bajo una lluvia de arena. “Siempre estoy pensando qué más se puede hacer”, dice. Como coreógrafa se presentó en más de 30 festivales en el mundo, y como codirectora con Susana Tambutti de la compañía Nucleodanza, estuvo a la vanguardia de la danza contemporánea por 25 años, con interminables giras por Europa, los Estados Unidos, América latina y Asia.

Como formadora de bailarines y artistas, dicta seminarios que mezclan todas las disciplinas. Su mundo es la danza, pero también la tecnología que le permite filmarla y reproducirla, y estirar los límites entre artes visuales y escénicas. Sus piezas son difíciles de clasificar, por duración y por técnicas. Por eso, en su espacio de Colegiales, Galería Espacio Fábrica, conviven una escuela de danzas que funciona desde hace más de treinta años y al fondo, pasando un jardín cuidado, su estudio y sala de exhibición. Se corre el telón y se ingresa en una sala en penumbras, donde cinco piezas son reproducidas simultáneamente: los bailarines giran entre planetas y estrellas, o el agua danza en una estructura sobre el piso, o se proyecta un cuerpo sobre un tubo acrílico. El universo Bali es de ensueño, luz, movimiento y música.

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Videoinstalaciones, videomapping, videodanza, danza multimedia, danza interactiva, performance, obras musicales performáticas y danza sustentada por elementos tecnológicos son algunos términos que definen el hacer de esta artista, persistente en la cruza de lenguajes. Desde 1993 dejó de pensar bailes para escenarios y proyectó coreografías sobre escaleras, rampas, paredes, para el Planetario y con objetos. “Me gusta plantear desafíos espaciales al bailarín”, cuenta. Se adelantó casi una década al mapping, cuando hizo una proyección a gran escala sobre el Palacio Pizzurno, PizzurnoPixelado, obra que abrió el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires 2005. Entonces trabajó en vivo sobre la arquitectura mucho antes de que existiera la tecnología actual. Había intentado hacer volar bailarines en las afueras de la Biblioteca Nacional, pero se asustaron. Faltaban años para Fuerza Bruta.

Sus obras conservan algo de la vida natural, como la pieza de 1977 sobre la evolución que interpretó el Ballet del San Martín, Biósfera. Más acá en el tiempo, la interacción continúa: investigó como científica y filmó medusas marinas para su puesta Medusas, y les puso a esos seres amorfos cuatro piernas humanas y cinco brazos para hacerlos bailar. “Tengo un interés científico sobre lo que investigo aun a nivel artístico”, dice. Después deja volar su fantasía. Bali sigue proyectando danzas en la ciudad y la naturaleza, y experimenta con la inclusión del video en la danza escénica en vivo. Maneja sensores que le permiten, por ejemplo, videoinstalaciones ligadas a un cuerpo en movimiento. También trabaja en colaboración con otros artistas. Con la escultora Claudia Aranovich tiene una muestra, Marea Alta, en la que proyecta sus piezas de videodanza sobre esculturas. Sobre siete formas cónicas en resina de Aranovich, Bali puso una pareja bailando abajo del agua, al compás de la música original de Gabriel Gendin. En El Cultural San Martín, en noviembre último, fueron exhibidas sobre dunas de arena.

Actualmente la inspiran el espacio estelar y la costa marítima. Está incursionando en la escultura y estudiando los manuales de sus últimas adquisiciones tecnológicas. Desdeña del teléfono celular, pero se sumerge en tecnologías interactivas que le permiten crear respuestas sonoras, de video o lumínicas al movimiento del bailarín. En sus obras más recientes pone en diálogo a personajes reales y virtuales, como la pieza Hombre Rebobinado. “He hecho alguna pieza en la que no hay un cuerpo humano, pero algo baila: una medusa, un pescado. Pero en general vuelvo al cuerpo.” La sala de exhibición también puede volverse estudio de filmación o fotografía, con sus fondos de colores, sus cámaras cenitales y sus cuerpos en movimiento. “El artista siempre necesita que su obra se vea”, dice. En el piso de arriba de la sala está su archivo. Kilómetros de cintas de video que ahora tienen dónde ponerse a rodar.

Por María Paula Zacharías  | Fotos: Martín Lucesole

Publicado en LA NACION Revista, 28/9/14.

Link: http://www.lanacion.com.ar/1730346-imagen-proyectada

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