Liliana Golubinsky. Sintonía y conjuro.

Camina a su taller mirando caras, tomando nota mental de gestos y modos. Y cuando llega, se deja guiar por los impulsos. Aborda libre la tela. Con la mente en blanco se sumerge en la aventura que cada lienzo le supone. Los personajes están ya ahí. Son sombras que sólo ella ve. Su tarea es remarcarlos y ponerlos a la vista de los demás. Primero en solitario, con un marcador casi invisible. Después repasa con negro a los que pasan su primer casting, y a algunos les llega después el color. Así, los lanza en tropel por la tela. Los hace entrar en juego. Pero ya estaban ocultos en las manchas del bastidor. La esperaban para emerger y participar de las historias que son sus cuadros.

Y en ese emerger, se cuelan datos de la realidad. Alerta, sensible, Liliana Golubinsky se deja impregnar por lo que pasa en ese medio en el que estamos todos inmersos. Hace yoga. Medita. Se abre al universo. Y descubre que las casas que pintó en llamas son parecidas a las que echan humo en un colorido pueblo trasandino. Los peces dentados que muerden los pies seguramente son los mismos que más tarde asustan a los veraneantes del río Paraná. No es premonición, dice, sino sintonía. Estar abierta y captar la energía. Vibrar con lo circundante. Una actitud perceptiva. “Vengo al taller con la sensibilidad en carne viva y es el mejor momento. Todo me llega. Vengo trayendo la gente a medida en que voy caminado. Se me pegan los personajes. Los traigo a todos al taller y los compongo”, dice, visceral. En su obra entra el cosmos, configurado en una danza de hombrecitos y mujeres, y todas sus lecturas de novela histórica, la música que suena, el chocolate que come, sus seres queridos –su padre es del staff permanente– y enemigos públicos camuflados.

Liliana Golubinsky_Muñecos de torta 175 x 200 cm 2013 acrílico sobre tela_baja

Nadie se aburre en ese taller del barrio de Belgrano. Liliana se divierte pintando. Le quita solemnidades al arte con humor. “Cuando veo que me estoy poniendo seria, doy vuelta el bastidor”, dice. Sus personajes se ponen en acción, se ríen o lloran, bailan, se pelean. Algo pasa. No hay nada estático en esos mundos que tienen varios espacios y tiempos simultáneos, como los sueños o las fantasías. En un mismo plano, próceres y sátiros, doñas con ruleros, cuervos, aviones y señores de traje. Es fascinante mirar sus cuadros bien de cerca, encontrar las escenas diminutas que interpretan sus actores y leer las escrituras que a veces deja como pistas. Descubrir microrrelatos. Y a la inversa: alejarse y apagar las luces para ver en penumbras el conjunto general.

 

Sus obras son de grandes dimensiones, y van creciendo de a dos o tres a la vez. Un trabajo con muchos empastes se vuelve cansador, y entonces descansa en un dibujo liviano. Después, vuelve amigada. Tiene la costumbre de emparejarlos: dos por tema. Y no sigue ningún orden. Sube y baja por la tela, se va dejando tomar por sus urgencias. Sin bocetos, diagramas ni razones. Marcador, carbonilla, pastel… pintura y marcador otra vez. Pinta, dibuja, pinta, dibuja. Y termina toda pintada, dedos apastelados, chorreaduras por el piso y una multitud de seres recién paridos. La única disciplina que se impone es trabajar todos los días, hasta la noche. “Es una necesidad”.

En El miedo aparecen la desnudez, la exposición, la soledad, el desamparo. El submundo de carbón va tomando forma y color a medida en que se eleva. Día de campo es pura recreación, con sus jinetes, skaters, pescadores, músicos y aves-mascota. Están los próceres y los mártires cómicos de Pertenecer. “Ni solemnes ni banales. Jugando con lo histórico”, explica. También, variaciones sobre Adán y Eva. Existir pone en escena la vida en la ciudad, con sus cruces de calles peligrosos, su vértigo, autos y edificios. Cambia de formato con los polípticos Vegetal y Por favor, me escuchas, obras modulares que une como rompecabezas. Y la diversión continúa en las cajas, collages con papeles de diferentes texturas, arrugados y superpuestos, en los que la acción sucede en tres dimensiones.

En todos los formatos, mil y un personajillos que actúan esas confidencias o señales que le llegan a la artista y que ella traduce en imágenes. Cada vez más atenta, palpita y se deja llevar por sensaciones. Por eso afronta el lienzo sin mapas ni preámbulos: descifra en el hacer esos mensajes que le retumban en el alma. “Pasan los años y siento que se me abre más la cabeza, puedo aprender más, puedo dar más. No me calmo. Cada vez quiero pintar más grande”, dice.

En su serenidad de ojos claros, en la suavidad de sus maneras y su paso liviano, se esconde un volcán de emociones, proyectos, ideas, pinturas. Sus personajes se van por los muebles, trepan a la mesa y copan la vajilla, y también se multiplican en géneros estampados. Liliana siempre está pensando en algo, y el día no alcanza para todo lo que hay que hacer. “No soy la tranquilidad que transmito”, confiesa. No. Lo que sí es –seguro–, es la esperanza. Su optimismo indeclinable aparece en los títulos (Los paraísos por encontrar, Salir a la luz), en los magos con varita mágica, las casas que dan cobijo, los círculos que hermanan, las parejas enamoradas con corazón y arcoíris, y en los faros que señalan la tierra firme y permiten encontrar un rumbo. A cada conflicto le pinta un remedio. Un conjuro. Siempre, siempre, hay una salida.

María Paula Zacharías. Periodista.

 

 

Texto escrito para el catálogo de la muestra Sintonía y conjuro, Rubbers, julio 2014.

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