Carlos Paéz Vilaró. Poeta del Color.

Texto y fotos: María Paula Zacharías

Son las 10 de la mañana de un sábado de sol y Carlos Paéz Vilaró está con su traje ya puesto, el pañuelo de seda anudado en el cuello y el sinfín de pulseras de cuero que resguardan su gesto rebelde de pintor. Satisfecho, acaba de dar un giro a su obra con una serie de fondos blancos –más sosegada que su mundo de colores saturados. Dice que ese es el color de los recuerdos. Mostró esos cuadros hasta hace poco en el Museo de Arte de Tigre, bajo el título El color de mis 90 años. Paéz Vilaró es artista: pintor, ceramista, cineasta y un gran poeta. Los colores le hablan: “Veo el prestigio en un gris azulado, la aristocracia en un violeta, la pobreza en un ocre pálido, la estridencia en un colorado fuego, la nostalgia en un azul colonial. Veo en el blanco la ansiedad de ser color y en el negro, la oscuridad. En el amarillo el alarido, en el rosado el amanecer del amor, en el verde la vida”. Así se dio a la tarea de recordar frente a cada bastidor algún pasaje de su vida de fábula, que incluye peligros en África, capítulos selváticos en Nueva Guinea, revoluciones japonesas, noches de amor en la Polinesia y pilas de fotos con personajes clave de la historia, como Marlon Brando, Pelé, Picasso, Henry Ford, Lech Walesa, Plácido Domingo y Brigitte Bardot.

Paéz Vilaró es uruguayo y es tiigrense. De Casapueblo a La Bengala, sus dos moradas, sólo hay un río y él dice ser del medio del charco. Ni de aquí ni de allá, o de los dos lugares a la vez. Su casa en Tigre tiene la misma factura artesanal que su ya legendaria nave blanca de Punta Ballena. Muebles amasados con la misma argamasa que las paredes, esculturas amuradas y vidrios de colores. Pero ahora se le adosa una estructura nueva, el recién inaugurado atelier que levantó en el terreno vecino, donde pinta y exhibe su obra, amontona libros, pinceles y tarros de pintura, diseñado por el arquitecto Gustavo Porta. “Es un gran amigo con el que hemos hecho muchos proyectos irrealizables. Ahora estamos dibujando uno más realizable: un pueblito blanco al estilo Grecia, en Montevideo. Es un desafío muy lindo. Era un sueño mío, de cuando hice Casapueblo. Pensé que iba a ser así, que todas las casas iban a tener ese estilo, pero no: apareció una pagoda, una cúpula… estamos llenos de retazos de arquitectura”, dice. Son las 10, y deja la carta que estaba escribiendo en su computadora para abrir una botellita de champagne y convidar unas masas, sentarse en un sillón y ponerse a charlar.

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–Su nuevo taller se llama Sergio Massa.

–A este muchacho al que doblo en edad lo veo con la garra de los jóvenes que quieren llegar. Lo veo sano. Me trasmite felicidad su cara. Me visitó en Casapueblo, en Uruguay, para invitarme a exponer en el Museo de Tigre. Me parece tan positivo todo lo que dice. Creo que la bandera de su éxito fue ser respetuoso de lo que hicieron los gobiernos anteriores, que también fueron muy buenos. Tigre parece una república aparte, porque le han tocado unos gobernantes de primera. Y no se queda en promesas. Ahora puso una academia de chino, por ejemplo.

–¿Apuesta a las nuevas generaciones?

–Tengo fe en la nueva gente. Sería lindísimo formar un nuevo gobierno de juventud. Hay talento por todos lados. Me gusta el futuro. Todo lo demás está muy desgastado.

–¿Cómo ve este momento de la Argentina?

–Me escapo de ese detalle… Creo que les falta unirse a los argentinos en un gran abrazo. El Uruguay es un milagro, porque tiene partidos políticos. Hay confrontación de las ideas y abrazo al final de la elección. El uruguayo sabe abrazarse en el triunfo y en la derrota. Acá en cambio hay un solo partido. Y una pelea muy continuada. Pero es muy difícil hablar de un país al que quiero tanto.

–¿Conoce personalmente su presidente Mujica?

–Sí. Pepe es un auténtico. Dirá cosas que muchas veces molestan a los oídos cultos por la forma campechana en que se expresa, pero es un auténtico. Basta verlo en su cachilita toda rota, acariciar su perro de tres patas… Vive en un rancho y descarta el lujo de la casa de gobierno. Y habla como habla, con sentimiento, como un payador salido del Martín Fierro. Basta saber que ha sido un hombre que ha sufrido tanto, 14 años en prisión, y llega al poder sin revanchismo. A un ser así le tomo cariño. Como a Tabaré Vázquez, que seguramente será nuestro próximo presidente. Está cantado. Siendo presidente iba todos los días al hospital a cuidar a sus enfermos oncológicos. Transita en medio de la muerte. Esas cosas me atraen mucho, me dejo llevar por la emoción.

–¿Y en Argentina?

–Es una nebulosa. Los que están en la oposición se pelean entre ellos y no se unen. Pero me cuesta, me cuesta mucho hablar de este país. Yo soy del medio del río. Este país tiene todo. Por eso, no me gustaron para nada las medidas en contra del campo. No es posible, en un país que nace del campo. Nació a caballo. El campo es la base del todo. Fijate que ahora Uruguay exporta más carne que la Argentina. ¡Uruguay, que es un cachito de tierra! Tú no lo notas quizá porque sos argentina, pero yo siento que se está creando una división, dos clases. Tengo amigos que hablan con miedo de decir lo que piensan. Les hago preguntas sólidas… y no llegan a comprometerse. Y el otro tema es la inseguridad, que yo admiro de Massa.

–Veo fotos suyas con Fidel Castro, el Che Guevara… ¿cuál es su ideología?

–Yo pertenezco a la izquierda humana. Para mí, somos todos familia. Pero estoy siempre más cerca de la calle, del pueblo, del sufrimiento de la gente. Ayer entregué un caballito de calesita pintado para ser vendido a beneficio de la fundación Potencialidades (N. de R.: su misión es crear espacios de contención y juego, ludotecas, que permitan el desarrollo de las potencialidades de niños y jóvenes de escasos recursos económicos, a fin de prevenir problemáticas sociales y promover su futura inserción laboral). Yo me adhiero a todo porque lo siento… es mi familia. Mi mujer se vuelve loca y me administra la pasión, porque yo no sé decir que no. Todos los días hay un sí acá. Yo creo que la gente está muy generosa… quiere dar. Y en eso tiene que ver Francisco.

–¿Está contento con el nuevo Papa?

–Sí. Yo que soy un hombre que nunca va a misa, un católico que sólo sabe dos oraciones, y este hombre nos acercó a la iglesia. Al menos a mí, personalmente. Estoy deseando llegar a la iglesia de Maldonado. Porque lo veo con una humanidad… una honestidad. Sin herir a nadie, desliza críticas incluso al gobierno argentino, pero lo hace con una solidez extraordinaria.

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–La política se metió este año en la Bienal de Venecia, con los video institucionales que puso el gobierno argentino al lado de la obra de Nicola Costantino, dando su versión de la vida de Evita. ¿Qué opina de eso?

–Qué locura, no se puede hacer eso, el artista es libre…. Es terrible, es como si te pusieran un reloj arriba de un cuadro. Yo estoy muy alejado de lo que es la pintura en competiciones como esa. La última vez que participé fue en la 8va. Bienal de San Pablo, representando a Uruguay, hace 40 años… y después desaparecí del mapa. Me transformé en un pintor del medio del río.

–Pero ya hace dos años que el Museo de Arte de Tigre le dedica exposiciones

–Si no fuera por Massa yo no habría vuelto a mostrar mis cuadros en Buenos Aires. Él llegó un día y golpeó la puerta: ´Perdóneme, yo estoy interesado en ver sus cuadros’, dijo. ¿Usted es vecino?, le pregunte. ‘Sí, soy el intendente’, dijo. Me emocionó, lo hice pasar y revisamos el desván. Me rezongó. ‘Usted no tiene derecho a cerrarle a los vecinos la posibilidad de ver sus cuadros, vecinos que lo quieren tanto. Lo comprometo a hacer una exposición en el museo’, me dijo. La muestra fue muy aceptada, me entusiasmó muchísimo. Enorme cantidad de público. Creo que hay muchos uruguayos por acá. Dos años después me invitó a exponer de nuevo. Y con ese desafío fue que pinté toda una serie con fondo blanco.

–¿Y ahora qué está pintando?

–Ahora no sé qué hacer… si seguir con esa serie blanca o volver a pintar con todo color. Curioso, ¿no?

–¿Próxima muestra?

–Están organizándome una muestra homenaje en Uruguay. El Cabildo me va a hacer una recepción en el Palacio Legislativo. Y ahí me abrazaré con la gente de todos los colores políticos. Los países se salvan con la confrontación de ideas, con los partidos políticos. Está muy bien el Uruguay. Y acá nos quieren mucho. Yo siempre digo, el uruguayo, llega, toca el timbre y las puertas se le abren. No nos cuesta nada venir.

–Y los argentinos van a veranear a Uruguay como si fuera la única playa del mundo.

–Punta del Este está inventada por los argentinos. Pusieron su buen gusto, levantaron sus casas. Los argentinos habían viajado más y trajeron otra cultura turística. Primero hicieron Capurro, en Montevideo. Después hicieron Ramírez. Después hicieron la playa de Pocitos. De ahí saltaron a Carrasco, que durante años fue argentina. Después fueron a Atlántida (ahora estoy con un proyecto para cambiarle la rambla con un estilo Casapueblo). Siguieron hasta Piriápolis, donde levantaron hoteles. Y se cansaron y se fueron, y descubrieron Punta del Este. Abandonaron el Faro y se fueron a La Barra. Y ahora ya están por José Ignacio. El argentino es nómade.

–¿Ha cambiado mucho?

–Muchísimo. Hay que cuidar las áreas, la estética, la altura de los edificios. La ambición inmobiliaria es muy grande. Todos quieren estar en el ruido, pero se olvidan que en una manzana hay seis edificios y cada uno con 100 autos…. ¿Cómo pueden esos autos andar por Gorlero?

–¿Y Punta Ballena?

–Cuando yo inventé Casapueblo era extraordinario: estaba solo. Una soledad maravillosa. Sólo tenía diálogo con algunos pescadores que se aventuraban a vivir en las rocas. Hoy en día no conozco ni a los vecinos. Impresionante lo que ha crecido. Antes me dolía cuando alguien construía: ¿cómo lo hacen sin pedirme permiso? Me sentía dueño como de 40 hectáreas. Ya no… pero yo fui el culpable. Espero al menos que no autoricen a construir en altura, porque me muero. Una ofensa al sol.

–¿Cómo ve el arte joven actual?

–Lo veo fantástico, valiente. A mí me gusta romper las vidrieras, aplaudo a los que se tiran al mar sin saber nadar. El intento es mucho más importante que el hallazgo. Los jóvenes sí se tiran. Manifiestan su audacia pintándose la cara con un tatuaje o poniéndose una caravanita en la oreja o la lengua.

–¿Pudo visitar arteBA?

–No pude llegar. Pero me interesa el arte joven. Lo apoyo. Creo que la juventud es la que está actualizada. Me encanta estar siempre cerca de los jóvenes.

–Por ejemplo, con sus hijos

–Tengo tres argentinos, con mi esposa Annette Deussen y tres uruguayos, con mi primera mujer, Marilon Rodríguez: Carlos Miguel, que estuvo en la tragedia de los Andes; Agó, pinta y hace mandalas; Beba, administradora. Sebastián quería ser boxeador y terminó siendo artista, trabaja muy bien el bronce. Y puso un bar en Palermo, El Rey de Copas. Más que un bar es una colección de emociones, con todos los objetos que atesoró en años. Otro de mis hijos estudió sonido, Florencio. Alejandro es chef, y yo soy su conejito de la india y pruebo todo. En Punta Ballena puso la taberna Las Grutas. Todos mis hijos están en lo mismo. Pero soy muy mal abuelo. Estoy todo el día ocupado.

–Cumplió 90 años…

–Al cumplir 90 se baja la cortina de las reflexiones: pedir perdón por las equivocaciones, sonreír por algunos detalles bien logrados… es como un recuento. Algo inevitable. El viejo Picasso pensaba en la muerte tres veces por día. A los 50 años empieza a aparecer el fantasma… Qué lástima, con las ganas de hacer cosas que tengo. No paro de hacer.

–¿Usted es muy amiguero?

–Fui una aspiradora de amigos. Yo considero que somos todos una gran familia. Tú me tiras en Nigeria y yo me abrazo con un afrodescendiente como si fuera un hijo mío. Yo reconozco tantas influencias… Picasso, Forner, Quinquela… y estoy encantado porque son pedazos de amigos míos que están en mis cuadros.

–¿Los coleccionistas han cambiado?

–Antes era otra la gente que compraba: Alberto Dodero, Luis De Ridder, Yvonne Perrier… Año 1941. Eran otros apellidos y otra manera de vivir. Época maravillosa. Funcionaba el verdadero tango. Di Sarli encorvado como un ciclista en el cabaret Marabú. Después llegó Piazzolla y revolucionó todo… hicimos cosas juntos. El coleccionista Santiago Sánchez de Elía me compró el primer cuadro para pudiera comprar el champagne para mi primera inauguración. Lupo Stein me invitó a exponer por primera vez en Buenos Aires, en Florida 914, en la galería Galería Wildenstein. Me emocionó mucho porque yo había pintado mis cuadros en un conventillo de Montevideo, que se llamaba el Mediomundo, donde encontré la inspiración en los afrodescendientes, con sus tambores y candombes. Pinté una gran serie y la guardaba debajo de la cama. Hasta que un día llegó un argentino que venía de África. La portera del conventillo me dijo que había venido un señor a ver mis cuadros. ¿Cómo sabe que yo pinto? Lo hice pasar. Subió la escalera de chapa y llegó hasta mi pieza. Arturo Larrondo se llamaba y tenía la pinta de John Wayne. Me impresionó la blancura de su traje en medio de la miseria en que vivía. Me hizo poner los cuadros en una baranda del conventillo. Cuando terminé, los miró y me dijo: ‘Tu pintura tiene dignidad como para ser expuesta en Buenos Aires’. ¿Cómo es eso, si yo sólo estaba haciendo dibujos para que los negros del barrio vieran cómo vestirse para salir en las comparsas, para que mantengan la tradición del ayer y no se dejen influenciar por la samba brasileña….? Me dijo que empaque, que él me iba a regalar el pasaje. Así llegué a Wildenstein, y la emoción más grande fue que puse mis primeros cuadros colgados en los mismos clavos donde acababa de sacar los suyos Raúl Soldi. Para mí fue impresionante cubrir el espacio que dejaba Soldi en esa pared. Uno de los primeros cuadros lo compró Irineo Leguisamo, el jockey uruguayo. También compró Perón. Y así se abrió la puerta del arte de Buenos Aires para mí. Porque antes se había abierto otra, en 1941, cuando llegué a Buenos Aires a trabajar en una fábrica de fósforos en Avellaneda, mi primer trabajo.

–¿Y cómo son ahora los coleccionistas?

–Buscan inversión. Pocos compran por la emoción que sienten ante un cuadro. A mí me ha pasado de emocionarme con gente ante un cuadro mío. Pero a veces veo con tristeza a los que vienen y me dicen ‘te compro el lote’. Antes eran muy refinados. Yo tenía la influencia de Pedro Figari, cercana al folclore de calle. Fue un maestro invisible. Los coleccionistas acá me ayudaron mucho a crecer. Hoy hay coleccionistas nuevos, jóvenes, también. Bueno, yo acabo de reencontrarme con una obra mía de 1955. Mi mujer la compró en un remate. Yo nunca hice eso, me daba vergüenza. Una chica ofertó por mí. Y así lo rescaté. Ahí se nota el cambio abrupto, fuerte, incluso de pensamiento en mi trabajo. Me gusta reencontrarme con mi obra, recordar los estados de ánimo de cuando pinté. Mi obra está muy dispersa, porque yo he sido un dador de obra. La he intercambiado siempre según mis necesidades.

–Usted vive en relación con la naturaleza ¿Eso también está cambiando en la vida en la ciudad?

–Yo veo que estamos disfrutando de una nueva educación. Yo antes tiraba los papeles a la calle. Una vez me insultó de arriba abajo una mujer por tirar un papel por la ventanilla del tren camino a Washington… Otra vez en una estación de servicio medí el aceite y limpié la varilla con una hoja de un árbol. Un chico, de unos 14 años, me dijo que yo no tenía derecho a hacerle eso al árbol. Eso fue maravilloso. No dudo que van a terminar muy pronto la corrida de toros, la riña de gallos… hay un respeto por la naturaleza. Nos hemos olvidado que esto es un jardín de todos. Y que somos una familia entera, en Tokio, en Kuala Lumpur. Es fantástico sentirte en familia. El agua y el papel van a ser las grandes crisis. Lástima que empezamos a cuidarlo por miedo, cuando sentimos que se van a acabar.

–Una vida de aventuras…

–Voy siempre en la búsqueda de la sorpresa. Es apasionante ir abriendo puertas y encontrar cosas insospechadas o muy tristes, felices… He buscado, no sé qué, pero he buscado. Y sigo buscando. La vida es un largo viaje que aún no termina… Para empezar después ese otro largo viaje, que es algo que me preocupa. Con la muerte, no podés estar más con tus amigos y finalizan los proyectos. Mi proyecto es estirar mi propia vida. Para eso estoy cerca de los jóvenes, que me mantienen activo.

Una versión más breve de esta entrevista fue publicada en el número 148 de la revista Clase Ejecutiva, El Cronista, de noviembre de 2013.

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