Tras las huellas de Gaudí

 Barcelona son Las Ramblas, sus paellas y mariscos, las aguas cristalinas del Mediterráneo, las visitas a la Fundación Joan Miró o el Museo Picasso… Entre su antiguo barrio gótico, sus renovadas construcciones costeras y sus ídolos futbolísticos, hay un capítulo fundamental en la historia y la fisionomía de la capital de Cataluña: el modernismo. Y las obras de Antoni Gaudí le dan forma, carácter y color a la ciudad europea con mayor cantidad de obras art nouveau

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Texto y fotos: María Paula Zacharías
Casa Batlló. Caminando por el Passeig de Gràcia, aparece un edificio ondulante, distinto a todo. Un juego de luces, colores y volúmenes que son de otro mundo. Lo corona un techo en forma de lomo animal, cubierto con escamas tornasoladas. Una ensoñación. Es el mar en calma de la fachada de la Casa Batlló (foto izquierda y detalle inferior), joya del modernismo y Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2005. Abierta al público desde hace apenas 10 años, fue construida entre 1904 y 1906 por encargo del industrial textil Josep Batlló. Testimonio de la etapa de plena madurez artística del maestro Antoni Gaudí, es una de sus obras mejor conservadas.
Las escaleras de forma orgánica con pasamanos en forma de espinazo de algún ser fantástico llevan al primer piso, donde espera la sala del gran ventanal que se ve desde la calle. Cuesta encontrar ahí alguna línea recta. Burbujas, ojos, caracoles… Se puede ver lo que se quiera ver en los vidrios de colores de los vanos de las puertas, en las formas de las ventanas, en las columnas con formas de huesos rematadas en flores… Gaudí estuvo en el detalle. Y, para no perderse ninguno, conviene recorrer la casa con ayuda de la audioguía. Porque no son visibles al ojo no entrenado las novedosas modalidades de ventilación, el diseño particular de los herrajes, los ventiluz en forma de caparazón de tortuga, las barandas de los balcones con forma de máscara, las ventanas que se suben y bajan por contrapesos y las ventajas de los grandes tragaluces de hierro forjado, entre otras genialidades.
La visita recorre la planta noble, antigua residencia de la familia Batlló, donde la boiserie compite en belleza con marcos y molduras. En el desván están la vieja cocina, los antiguos trasteros y lavaderos. En la terraza esperan las míticas chimeneas, como la que representa el espinazo del dragón vencido por Sant Jordi. El Patio de Luces despliega una textura en azulejos de tonos azules que avanzan en degradé para distribuir mejor la luz que llega del techo: el efecto es notable. Las ventanas se van haciendo cada vez más grandes a medida que se alejan del techo por donde se cuela el sol. Y siguen las sorpresas por sus pasadizos, bajo una sucesión de arcos y escaleras helicoidales. La obra es también un muestrario de virtuosismo en diferentes oficios. Gaudí convocó a los mejores artesanos para lograr prodigios en hierro forjado curvo, relieves en madera para puertas tridimensionales, vidrios de colores emplomados, cerámicos con texturas y detalles de piedra arenisca de Montjuic.
En la tienda se pueden comprar libros sobre la casa, colgantes gaudianos y suvenires de cerámica. Pero quizá lo más atractivo sean las réplicas de los muebles que diseñó Gaudí: hay toda una colección de sillas que se exhiben en la zona del bar y se venden por encargo.
La Casa Batlló se encuentra en la Illa de la Discòrdia, la manzana en la que rivaliza con de los más famosos edificios modernistas: Casa Ramón Mulleras y Casa Lleó Morera. En la misma manzana está el Museu del Perfum. Conviene darse una vuelta antes de seguir paseando por el Quadrat d’Or, las cien manzanas que tienen por centro al Passeig de Gràcia y que acogen a los mejores edificios modernistas de Barcelona, una zona del Eixample favorecida por la alta burguesía más entusiasta de esta corriente.
Sagrada FamiliaSe disfruta de día o de noche. De cerca o de muy lejos. De frente, de espalda e incluso de perfil. Por fuera, lleva horas descubrir los relatos y figuras que se suceden en sus dos caras, la fachada de la Natividad y la de la Pasión, tan distintas y sublimes. Contar sus torres y divisar sus remates de agujas de mosaicos venecianos entre las eternas grúas que la circundan ya forman parte del ritual. Una vez adentro, cruzando sus grandes portones con infinitas inscripciones, el templo (fotos superiores) es puro recogimiento, pese al fragor de la obra siempre activa, que se calcula que se extenderá hasta 2026.
Los ruidos se mezclan con ese pasmo de luces, las alucinantes formas del techo que parecen ojos, sus infinitas columnas como árboles. Los vitrales cuelan color y crean aura. Es un templo mágico, celestial y delirante. Sus formas y misterios lo hacen el menos convencional de Europa: comenzó a ser construido en 1883 como una iglesia neogótica pero, un año después, la dirección de la obra cayó en manos de Gaudí. Y el rumbo cambió totalmente. Se puede decir que, con y por ella, el maestro del modernismo hizo vida de monje, dedicándole los últimos 14 años de su existencia. El último tiempo dormía ahí mismo, en una cucheta de lástima al lado del ábside, pegado al taller de maquetas a escala, elaboración de planos y dibujos, estudio de esculturas y tomas fotográficas, que todavía da testimonio de su austeridad final.
Es justamente por esta obra que se quiere beatificar a Gaudí, quien se arrodillaba a rezar entre los obreros cuando se enfrentaban con una dificultad que no sabían cómo resolver. Humilde y casto, dicen los impulsores de su causa que vivió consagrado al amor esponsal con su gran obra. Incluso invirtió en ella toda su fortuna. Y, cuando ni eso fue suficiente, llegó a ir de puerta en puerta recaudando fondos para terminarla. Tristemente, apenas llegó a ver concluido el primer campanario de la fachada del Nacimiento, dedicado a San Bernabé, de 100 metros de altura. Poco después, el 10 de junio de 1926, lo atropelló un tranvía y murió. Desde entonces, su cuerpo está enterrado en la cripta.
La obra siguió en manos de sus colaboradores hasta la Guerra Civil, cuando sufrió destrozos, se quemaron planos y maquetas y se detuvo el trabajo. La construcción se reanudó lentamente y sigue hasta hoy, con el escultor Josep Maria Subirachs abocado desde 1986 a la obra escultórica de la fachada de la Pasión. Desde febrero pasado, a las cuatro grúas que rodean a sus torres se ha sumado una pluma mayor, que eleva el techo de la obra a 141 metros sobre el nivel de la calle. Se estima que dentro de tres años trabajará a 180 metros, cumpliendo el sueño de Gaudí: una torre central que represente a Jesús rodeado por sus discípulos.
Hasta ahora se han construido 8 de las 18 torres que tendrá el conjunto cuando se haya terminado: 12 dedicadas a los apóstoles, cuatro a los evangelistas, una a Jesús y otra a María. En otros tiempos se podía subir los 400 escalones de piedra de una de las agujas para contemplar las galerías superiores, pero hoy sólo se accede en ascensor. Conviene pasar por el museo contiguo para entender las vicisitudes del templo eterno.
Park GüellEn la casita de techo azul rematada con una torre con cruz bien podría vivir un gnomo. O un druida, quizás. Claro que por este jardín podría deambular Alicia, la del País de las Maravillas. Porque Park Güell (fotos superiores) es un parque onírico, surrealista, donde es posible perderse en un enjambre de columnas para mirar, en la cubierta que sostienen, una constelación de soles y medusas. Desde arriba de esa extrañísima construcción se divisa Barcelona hasta su último horizonte. En la escalera que los comunica está el famoso reptil de azulejos que es ícono de la ciudad. Casas de duendes, túneles de construcciones rocosas, cuevas, estalactitas, columnas que imitan retorcidos troncos de árboles y más artilugios mantienen el hechizo. En Park Güell se despliega todo el talento creativo, la imaginación y el amor a la naturaleza del genial Gaudí en su etapa más vital.
La integración entre lo construido y el mundo vegetal es total. Fue el arquitecto quien diseñó el paisajismo en las 17 hectáreas de ese monte que estaba desierto –su nombre significa montaña pelada–, y para eso eligió especies autóctonas mediterráneas. Cabe aclarar que su apelativo lleva el vocablo inglés park porque se inspiró en las ciudades-jardín británicas.
Este parque público, administrado desde 1926 por el Ayuntamiento de Barcelona, es –en realidad– el resultado de un fracaso inmobiliario. Eusebi Güell i Bacigalupi se lo encargó Gaudí como lo que sería una urbanización ajardinada y cerrada, para unas 60 casas. Algo así como un country en la parte alta de Barcelona, que nunca tuvo habitantes. Los diseños de Gaudí fueron pensados para ser viaductos, plazas, calles, muros de cierre y pabellones de conserjería de aquella urbanización.
Y, como todo barrio privado que se precie, fue coronado con un espectacular ingreso, compuesto por una escalinata imponente rematada por un dragón o salamandra, todo un símbolo de poder que conduce a la Sala de las Cien Columnas –aunque son 86, en rigor–, que iba a albergar un mercado cubierto y hoy sólo acoge palomas, músicos y mimos a la gorra. Sobre su techo está la plaza, que en su perímetro tiene bancos serpenteantes a modo de baranda y de descanso, decorados con figuras abstractas, signos del Zodíaco, estrellas, flores, peces y cangrejos. Es el lugar de privilegio donde sentarse a disfrutar la vista de Barcelona en todo su esplendor, sin dejarse intimidar por las gárgolas que vigilan el borde exterior.
Toda esa belleza de pedacitos de mosaicos de colores –técnica del trencadís– y formas orgánicas cumple una función: la plaza sirve de recipiente para el agua de lluvia que, a través de las columnas, baja a un aljibe subterráneo que provee de riego al parque. Los desniveles se sortean por túneles que parecen cavernas, revestidos en piedra autóctona. En la cima del monte hay tres cruces que recuerdan el Calvario, enclave donde Gaudí hubiera querido levantar una capilla. Y hay más detalles y simbologías por donde se mire, como los grafitis con invocaciones marianas que Gaudí grabó en los bancos. Es todo tan mágico que no sorprende que las escamas de un muro se hayan logrado con tazas de café invertidas. En la vivienda modelo funciona, actualmente, la Casa Museo Gaudí. La compró el arquitecto cuando avizoró que el proyecto inmobiliario iba camino a ser un fracaso, y allí vivió entre 1906 y 1925, cuando se mudó al obrador de su templo más monumental. Están recreados su despacho y su dormitorio, y se exhiben muebles y objetos diseñados por el arquitecto.
La PedreraEn pleno Paseo de Gracià, un edificio de departamentos lleva la inconfundible marca de su autor: seres fantásticos pueblan la terraza, los marcos de las ventanas parecen seres vivos, los muros ondulan inexplicablemente… Es Gaudí, una vez más. Y su Casa Milà, conocida como La Pedrera (foto superior) por el aspecto rocoso de su cara exterior. El edificio es precursor de lo que Le Corbusier llamaría, mucho más tarde, planta libre: tiene una estructura de pilares de piedra, ladrillo macizo y vigas metálicas que libera a la fachada de las funciones de carga y le permite abrir grandes ventanales. Otra innovación: el primer garaje subterráneo.
Con mentalidad de avanzada, el arquitecto planeó una planta baja de locales comerciales, un entrepiso para oficinas, la planta principal para vivienda de los propietarios y cuatro pisos de departamentos para renta. Pero lo más increíble de esta residencia quizás sea la terraza, donde las chimeneas, cajas de escaleras y ventiladores tienen formas esculturales… O monstruosas. En la cuarta planta se pueden visitar dos viviendas. En la primera, un audiovisual recrea la Semana Trágica (1909) y la Exposición Internacional de Barcelona (1929). La segunda es una delicia: está detenida en el tiempo, como si aún estuviera habitada por una familia burguesa barcelonesa del primer tercio del siglo XX. Los detalles arquitectónicos –pomos, tiradores, molduras, puertas y pisos– lucen originales y está amoblado según la distribución inicial, con obras de arte, elementos decorativos, textiles y equipamiento doméstico de época. En los amplios pasillos se destacan las sillas diseñadas por Gaudí, tan características. El área sanitaria, con su tocador de mármol y su bañera con patas, tiene más metros cuadrados que un monoambiente del siglo XXI. El dormitorio principal, en tanto, es de una delicadeza absoluta, con su juego de cama, cuna, mesa de luz y ropero con formas de mariposa y rosas pintadas.
Quizá los más divertidos sean el cuarto de servicio, con su uniforme de cofia y delantal a tono; la sala de labores, con su antigua tabla de planchar y la Singer a pedal; el trastero donde se guardan valijas, botas, monturas, armas y un triciclo de hierro y madera; y la habitación de niños, con disfraces, juguetes de antaño e incluso una casa de muñecas que incluye todo lo visto antes, pero en miniatura. Sobre ellos, la lavandería, ubicada en el desván, es una construcción deslumbrante formada por 270 arcos en ladrillo a la vista.
Con luz tenue y música ambiental, actualmente funciona allí El Espai Gaudí, un centro de interpretación de la vida y la obra del arquitecto a través de maquetas, planos, objetos, diseños, fotografías y vídeos.
En la ciudad con más cantidad de obras art nouveau de toda Europa, buena parte de ese patrimonio lleva la firma de Antoni Gaudí, el maestro de la arquitectura que amó a la naturaleza y a Dios con la misma pasión desmedida.
  Clase Ejecutiva, El Cronista, 18-02-13

 

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