Pinturas que sanan

En el Centro Cultural del Hospital Borda, el artista Pedro Cuevas armó un espacio en el que la creación es el mejor tratamiento

Hace dos años, Pedro Cuevas quiso aislarse en el Borda. Se sentía estresado por intentar pertenecer al circuito del arte porteño. Venía de diez años de formación, arte, muestras individuales y ventas en Europa. Y el mercado local no fue muy amable. “Me colapsé de ego”, asegura. Buscó la manera de irse a otro planeta a pintar por el solo placer de pintar.
Se acercó al Borda, pidió permiso y una mesa en la que trabajar sin molestar. Pero le dieron más: un edificio en decadencia y el desafío de levantar ahí un centro cultural. Al principio no quiso saber nada. “Ni siquiera los escuchaba, me parecían más locos que los pacientes”, dice. Quería internarse, pero no lo dejaron. Lo llevaron a ver el edificio. “Ruinas horrorosas., pero un lugar hermoso”, recuerda. Y cuenta que siguió yendo. No parece enajenado y con el tiempo se comprueba que es sincero. Trabaja en su casa, un departamento a estrenar en Villa Devoto, en el que vive con su mujer, la China, diseñadora gráfica, y sus dos hijas. Un piso más arriba está el balcón terraza con parrilla, pelopincho con tobogán y un quincho que es su atelier. Un padre de familia común con una historia de arte, locura y sanación.
Todos en el mismo barco
Entrar por primera vez en el Hospital de Salud Mental J. T. Borda da miedo. El edificio central, enorme y desolado, encierra pesadillas. Pero no es tan abrumador pasear por sus jardines. En el camino salen al cruce algunos internos. Uno de ellos es Valle. Mira a los ojos y quiere que lo escuchen. Pide cigarrillos, sólo un cigarrillo. En el fondo del predio un cartel indica que se está llegando al Centro Cultural Borda. Aparecen el color, los dibujos, la música, la buena energía de los que están creando. En aquel último recoveco un grupo de gente se encuentra para pintar. Locos y cuerdos. Todos en el mismo barco.
Cuando llegó Pedro tuvo que encarar el trabajo pesado de limpiar una construcción de tres pisos y más de 80 años que, entre otras cosas, fue lavandería, taller, depósito y desde hacía por lo menos ocho años estaba abandonada. Entonces llamó a la solidaridad: “Propongo hacer un museo con obras de artistas internos y externos. El tema es venir a pintar, por lo que necesito dadores de arte, con suma urgencia, de cualquier tipo y factor.” Desde entonces van artistas a compartir los jueves. Muchos de ellos integran el equipo de los dadores de arte. Hay jóvenes pintores, contados artistas de trayectoria, estudiantes de Bellas Artes y amateurs voluntariosos.
cuevas
A Christian Melo le costó entrar el primer día. “Después se me pasaron los prejuicios. Es un lugar cálido, con mucha libertad para crear. En casa después sigo pintando sobre el Borda”, dice mientras colorea una pared. “Yo estaba frenada con el arte y desde que vine empecé a trabajar de vuelta”, dice la artista Leticia Arpesella. Alejandro Oyarce, otro dador de arte y está terminando de pintar un cuadro grande. Cuando se acerca un paciente, le ofrece un pincel. Su obra abstracta pasa al puntillismo: su espontáneo colaborador no para de hacerle motas amarillas. Se ríe. Oyarce lo festeja. “Este es un lugar con mucha magia”, explica. Se acerca Raúl Frías, un paciente. Quiere que lo entreviste. “Cuando la locura se cure, los árboles dejarán de llorar”, pide que anote. Cuánta razón.
Fabián no pinta, pero pasa música en una computadora. Fabián es un paciente y baila. Sobre su cabeza hay un gran cartel que dice Comparte latiendo al mismo ritmo. Y Cuevas contagia entusiasmo. Tira iniciativas, alienta a los artistas a seguir, empuja a los internos a trabajar. En el subsuelo colgaron pinturas nuevas y viejas, armaron un teatro con escenario y dedicaron una antigua sala de anatomía para exponer la obra de Javier Karad, un artista que lleva tres décadas internado y nunca paró de crear. Tras un año de trabajo sostenido a Cuevas, le llegó el reconocimiento y un cargo: director artístico del centro cultural. Lo hace ad honórem. Se declara budista. “En el Borda arreglamos el mundo, nos curamos entre todos y sanamos esa parte triste del país. Les damos amor a alrededor de mil pacientes, nos damos amor entre todos y todo funciona mejor”, explica.
Tuvo sus crisis: “Pinto algo y a la semana siguiente está tirado en una zanja. Están todos esperando que yo les diga algo. Y yo les digo hagan. El lugar tiene vida propia. Te come. No hay estructura. Acá es lo peor y lo mejor. El arte es lo que es y es impredecible. Es así, es un manicomio. Puede pasar cualquier cosa”.
Antes de emprender esta aventura, Cuevas viajó por Africa Central. Era el 2004. Allí pintó entre aldeanos, se agarró malaria, durmió con ratas y casi pierde la vista. “Estaba muy aburguesado en Europa. Me fui al mundo antiguo, fuera del mundo feliz que describe Aldous Huxley”, señala. Volvió transformado. Viajó con Damián Berenstein, estudioso de la psiquiatría transcultural. “Pedro siempre está investigando, como si existiera la frontera entre el loco y el no loco. Vive en el intento vano de conocer ese límite, por el puro hecho de ver qué sucede al pasar de un lado al otro”, analiza Berenstein.
Pedro es cíclico. “Cambia todo el tiempo. Necesita esas experiencias cuando se traba o se deprime”, explica su mujer, impulsora de cada uno de sus saltos. Pedro también es transparente. Subió a Facebook un video en el que, completamente desnudo, pinta dos cuadros. Lo que es peor, con medias. “Estamos siempre tapados con la última moda, para no ver ni mostrar cómo somos”, explica. Se apasiona con el pincel, lo arrastra, golpetea, hace crujir la tela y se pone suave, amoroso.
Creativos y alocados
Es miércoles, recién comenzado el otoño. A metros de Plaza Serrano una multitud desborda la galería Dacil Art (Pasaje Soria 5125). Adentro se inaugura Un mundo feliz. Frutos del Borda, una muestra de Cuevas. Lo de siempre: sonrisas, fotos, copas de champagne. Pero como el mensaje son las vías alternativas a los psicofármacos, Pedro está en trance. En una colchoneta frente a la vidriera se somete a una sesión de masaje tailandés y termina meditando.
Ahí están los artistas Jorge Martorell y Milo Lockett que le compra una obra y lleva casi a la rastra a Juan Carr, el director de Red Solidaria. Lockett le habló muchísimo de Cuevas. “Es uno de los artistas que más me gusta de mi camada. De los que más rompen con los esquemas de la pintura y el arte. No es sólo un pintor, es performático todo el tiempo. Aparte tiene un costado social que a mí me gusta mucho”, dice Lockett.
Están también los artistas que van cada jueves a donar arte. Y está Elio Fernández, un paciente que Cuevas llevó como invitado a exponer sus cuadros del Pato Donald, San Jorge y el Che Guevara. Da ternura verlo en traje de tres piezas (de tres colores distintos). Es joven y está en el pabellón que alguien rebautizó Esperanza, donde van a parar los enfermos psiquiátricos y con adicciones: el 14/22 (espacio que, a mediados de año, se cerró por orden judicial). Costó que aceptaran su obra, por el olor a pis y las cucarachas que anidaban adentro. “Los sacudían y caían montañas, como una película de terror -recuerda Pedro, que los fumigó y los embolsó, y así pudieron exhibirse como una metáfora-. Son el Borda. Los cuadros están aislados como los locos. Provocan lo mismo: Llevátelo de acá. No lo quiero ver. Sacalo. Metelo en una bolsa. Me da asco”.
“La esquizofrenia, que es lo que tiene la mayoría de los pacientes, está en retirada porque los tratamientos han mejorado. Pero esta patología dual [enfermos psiquiátricos con adicciones] es la patología del futuro. Es lo que queda después del paco”, explica el doctor Daniel Camarero, director general del Centro Cultural Borda. En el hospital lo que faltan son recursos humanos. Los carteles de reclamos salariales ya son parte del folclore. Y este invierno, encima, lo pasaron sin gas. Sin embargo, en junio había clima de fiesta. El 25 de ese mes se abrieron las puertas del manicomio y se realizó la primera jornada de art brut (arte marginal o creado fuera del circuito cultural), una gran muestra que ocupó todo el edificio del centro cultural. Pinturas por todos lados y dadores de arte y pacientes mezclados en acciones artísticas. Llegaron donaciones. Se puso en pie un elefante tamaño natural de cemento que representa fuerza, sabiduría, memoria y persistencia. En chiste o en serio alguien propuso pintarlo de rosa. Por ahora sigue gris.
Pedro está satisfecho. “He metido a pintar a pacientes indomables -dice como su mayor éxito-. Las personas cambian cuando se enchufan a pintar- asegura-. Me encanta que el arte sirva para algo más que para alimentar el ego. Ahora, con el grupo de dadores de arte estamos yendo también a la cárcel de Florencio Varela y al Instituto de Oncología Angel H. Roffo a pintar y a donar la obra para alimentar el alma de la gente que está en situación marginal o terminal”.
Con la llegada de la primavera Cuevas volvió a exponer con invitados. Llevó otra vez a Elio Fernández y sumó al mítico Karad en su muestra del Centro Cultural del Sur (Av. Caseros 1750). “El egoísmo sólo trae sufrimiento”, decía su manifiesto. Más tarde, mostró sus pinturas en el Hotel Babel con la serie Hanamachi, una historia de amor, otra vez con Karad. A la performance fueron su mujer y sus hijas vestidas de geishas. El romance de Hanamachis es entre una geisha y un robot.
Entre otras actividades solidarias, pintó con 25 artistas y pacientes junto con chicos que padecen el raro síndrome de Angelman. Para hablar de la no violencia y de la equidad de género realizó uno de los 14 murales que se instalaron en 13 comunas de la ciudad. En la universidad de Palermo dio una charla sobre gestión artística, modos alternativos y rayadura mental, según su invitación.
Varios artistas extranjeros están interesados en hacer residencias en el Centro Cultural Borda en donde a principios de este mes se gestó el segundo Festival de art brut, titulado Fiesta del Fin del Mundo. La consigna era ir vestido de playa o de extraterrestre. Sombrillas, arena, música, disfraces, performances colectivas, un árbol catártico para desprenderse de pesares, un mural y otros delirios. Sólo nos eleva el amor, decía en una pared; no estás solo, se leía más allá. El lugar se llenó de gente y de arte. Se curaron entre todos.
Cuevas empezó el año como un artista semidesconocido y hoy es un rockstar de la pintura y el trabajo social. Entiende las entrevistas como un medio más de expresión. Tiene sus groupies artísticos, sus ventas, su publicidad y esa actitud idealista de los íconos. Después del festival, dejó el mando del Centro Cultural Borda en manos de una dadora, Silvina Fernández. Ya está pensando es su próxima huida. Irse a pintar en una choza en Burkina Faso, uno de los países más pobres de Africa. Pero eso más adelante, ahora se está yendo a vivir al Uruguay.
“El Centro Cultural Borda ya está en marcha con 50 artistas estables. Tengo que cambiar de aire. Ahora iré a otros lados a generar otros proyecto en alguna cárcel o manicomio uruguayo.” Esta es otra de sus constantes: cuando alcanza el éxito con alguna serie, técnica o medio, lo abandona. Pedro es, en última instancia, un nómade.

UNA VIDA INTENSA

Pedro Cuevas nació en Buenos Aires en 1972. Pasó por las carreras de Medicina, Diseño Gráfico, Arquitectura y Bellas Artes, y no terminó ninguna. Estudió dibujo con Tomás Giorello y continuó su formación en Europa en donde vivió diez años. Fue becado por el centro cultural Tacheles, edificio de Berlín tomado por un colectivo artístico desde 1990. Exhibió su obra en Barcelona, Munich, Berlín, Miami, Toronto, Montreal y Lima. Desde 2009 vive y trabaja en Buenos Aires. Su obra está en colecciones particulares de Holanda, Austria, Irlanda, España, Suiza, Suecia, Alemania y Argentina. Es socio fundador y codirector del espacio artístico psiquiátrico Nenna Canale en el barrio de Palermo, junto con el doctor Damián Berenstein. Es un artista multifacético, hace pintura, instalación, objetos-escultura con material de desecho, videoarte y performance.
Cruza todo eso con el trabajo social.
Sábado 24 de diciembre de 2011 | Publicado en edición impresa
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