Leopoldo Presas

Acaba de cumplir 90 años y por estos días puede verse en Bueos Aires una exposición en su homenaje. Exponente del surrealismo argentino, el maestro que en 1959 obtuvo el Gran Premio de Honor del Salón Nacional repasa la colorida historia de su vida y su obra

El taller está cerrado con llave. Adentro, se apilan libros en varias mesas, junto con cuatro pares de anteojos. Los pomos de pintura están cerrados y los pinceles duermen boca abajo en un tarro. Parece en desuso el taller de Leopoldo Presas. Todo está quieto pero su obra sigue viva, en movimiento. Los dibujos ya no se conforman con el papel, el lienzo o el papel de diario. La línea y el color invaden los muros, los vidrios que se convierten en mujeres, su gran tema, o en un paisaje. En los mosaicos marmóreos del baño, el artista de 90 años -“Toto” para los amigos- encontró rostros y figuras que marcó sutilmente con carbonilla, como buscándoles formas a las nubes.
Presas está ahora algo cansado.
-Me emociona y me interesa más la música. Prefiero las siestas, la compañía de mi perra, Lola -dice.
Lola ocupa “lugares de privilegio”, como su cama o su sillón. Presas adora el vino y la compañía de sus amigos. Y ya no tiene ganas de hablar de pintura, quizá porque le dedicó toda su vida.
Dibuja poco, cuando tiene ganas. Quizá pasa semanas sin tocar un pincel, pero mientras espera la comida en un restaurante es capaz de hacer en minutos cuatro retratos en servilletas, que todos guardan y mandan a enmarcar, incluida su nieta Laura, de 12 años, una fanática.
Suele visitar a Elsa Legaspi. Hace mucho tiempo, había dejado de lado la pintura para instalar en la calle Pedernera, de Flores, un taller de estampado. Elsa era operaria y grabadora, egresada de la Escuela Fernando Fader. Se casaron el 18 de octubre de 1945. Fueron marido y mujer durante treinta años, tuvieron tres hijos (María Gabriela, Fernando Leopoldo y Carlos Manuel) y Elsa se convirtió en la modelo más importante de su obra, plagada de desnudos femeninos.
Ahora son amigos y, cada tanto, Presas pasa por su casa a compartir un vino. Ahí los miran infinidad de retratos que cuelgan en las paredes altas del sexto piso de un edificio que compartieron en San Telmo, sobre Ingeniero Huergo, con una de las mejores vistas del río.
Elsa tiene una completa colección de Presas y de otros artistas. En cambio, en su propia casa, en Núñez, Presas tiene colgadas sólo algunas obras propias, las más significativas. En su cuarto, arriba del televisor, está el grafito que inspiró una vieja fotografía de cuando él tenía dos años, en la que va de la mano de su madre, “Mamela”, por la rambla de Mar del Plata. Muy cerca, un retrato al óleo de su madre. Sobre la cama, el de su gran amigo Santiago Cogorno. Y al lado, un paisaje del Bañado de Flores, que tiene mucho que ver con Presas y con Cogorno.
En su época de empresario textil, en que sólo dibujaba estampados y tenía siete operarios, incluida Elsa, la pintura había quedado relegada. Cogorno, cuando se cruzaban, le preguntaba si estaba pintando.
-Me acuerdo de que cuando le decía que no, me daba la mano y se iba. El mismo día en que por fin volví a pintar, me lo encontré. Me dijo que inmediatamente quería ir a ver la obra. Y me recomendó que nunca me desprendiera de ella, porque algún día la iba a querer hacer de nuevo e igual, y no me iba a salir.
Con Cogorno casi habían crecido juntos, al menos en el arte. A los 17, ambos se habían preparado para ingresar en la Academia de Bellas Artes, que dirigía Pío Collivadino, en el taller de Adolfo Sorzio. Para Presas todo era más difícil. Primero, había vencido el estigma de su familia, que pensaba para él en un oficio más rentable. Vivía en ese entonces en el barrio La Mosca, una zona pobre cercana a Constitución. Mamela era alegre y costurera, cantaba siempre y le transmitió a su hijo esa costumbre.
Durante el colegio primario, Toto se había dedicado a copiar tarjetas postales, que sus tíos regalaban a sus novias. Al terminar el secundario, quería ser artista. “Todos los artistas se mueren de hambre”, había dicho uno de aquellos tíos, que al fin cedió, con la condición de que se formara académicamente.
La otra gran dificultad era su condición de zurdo. Para aprobar el ingreso en la Academia, debía aprender a dibujar con la mano derecha. Le llevó dos años, entre 1932 y 1933, educarla en el taller de Sorzio.
En la Academia, comenzó su alianza con la carbonilla. “Carbonero”, lo llamó más tarde Rómulo Macció. Ahí conoció a Alberto Altaleff, Ideal Sánchez, Bruno Vernier y Ernesto Rodríguez. Pero no encontraba lo que buscaba. Junto con ellos y otros amigos, abandonaron la Academia (para desgracia del tío y del resto de la familia), con el fin de aprender junto al maestro Lino Enea Spilimbergo, que daba clases en el Instituto de Artes Gráficas y enseñaba más con gestos que con palabras. “Con él alcancé la emoción del arte”, reconoce.
Presas trabajaba en una empresa textil, donde aprendió ese oficio que más tarde siguió siendo su sustento. A las 19, salía del taller y entraba en las clases de Spilimbergo, aunque muchas veces se distraía con otras pasiones que lo tentaban. Quería ser boxeador hasta que una paliza bien dada lo persuadió de seguir con lo suyo. También le gustaba el ajedrez y lo pensó bastante cuando ganó un torneo del Club de Ajedrez Jaque Mate. La música ya lo entusiasmaba y era habitué del teatro Odeón.
Pero la pintura siguió siendo su pasión. Con otros alumnos de Spilimbergo, Altaleff, Luis Barragán, Vicente Forte, Juan Fuentes, Antonio Miceli, Orlando Pierri, Sánchez, Vernier, Rodolfo Alegre, Juan Aschero y Rodríguez fundaron el Grupo Orión. Hicieron dos muestras en 1939 y 1940. Eran “cazadores de belleza”, según decía el manifiesto. Tenían alrededor de 25 años y eran la primera agrupación surrealista del país.

EL REFLEJO DE SU OBRA

La vida siguió, plagada de premios y distinciones. Presas vivió ocho años en París. Y, ahora, releyendo su propia historia, la que empezó en Buenos Aires el 21 de febrero de 1915, él mismo se sorprende. Le parece que todo lo vivido le corresponde a otra persona.
Se sabe, se ha dicho, que él es uno de los grandes pintores argentinos. Uno de los grandes maestros, aunque a Presas no le gusta ese rol, tal como renegaba de él Spilimbergo. Pero se reconoce con gusto en sus obras. En las series más críticas de Los cerdos, abogaba por la figuración, en oposición a lo que sucedía entonces en el Instituto Di Tella. En esa línea están sus series siguientes, Los personajes y Los reyes de la podredumbre. Pero entre sus cuadros más ácidos, siempre necesitó pintar mujeres.
-Es un tema al que siempre volví. Lo mismo que a las flores y a los puertos.
“Presas y Eros” fue una de sus muestras más aplaudidas. En papel de diario ensayaba diferentes escenas de amor. También tuvo un período de imágenes religiosas, inspiradas por sus constantes lecturas de G. K. Chesterton.
-Justo ahora tengo un libro suyo en la mesita de luz -indica el maestro, que pintó imágenes de Cristo y bíblicas, en la serie Crucifixión-. Pero sólo fui a misa en París, los domingos a las 11, en Notre Dame.
Ama la forma y los colores vivos de sus obras, los materiales que nunca fuerza. También la amistad y todo sentimiento serio. Declara su amor por la belleza, la pasión, las mujeres. Y sentencia el maestro a los 90: “Soy como el chico de Paracuellos: «¿Por qué será que me gustan más ellas que ellos?»”.

Por María Paula Zacharías

ARTISTA DESTACADO

  • Durante veinte años, compartió un taller en Cerrito y Santa Fe con Raúl Russo, y tuvieron a Manuel Mujica Láinez, que entonces era crítico de arte, de garante.
  • Recorrió Francia, España, Inglaterra y Bélgica. En 1966, presentó en Nueva York, en la Gallery of Modern Art, una muestra de 108 obras. También expuso en la Organización de Estados Americanos (OEA). Antes fue designado miembro de la Acade-mia Nacional de Bellas Artes. Como presidente de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, logró la adquisición de su actual sede, en la calle Viamonte.

PARA VER

  • La galería Zurbarán inauguró el 21 de febrero la muestra “Leopoldo Presas: ¡Felices noventa!”. “Es a la vez un homenaje y una celebración. Y un sentido agradecimiento a un hombre íntegro”, señalan los galeristas Ignacio Gutiérrez Zaldívar y Carlos María Pinasco. Como parte de los festejos, el coleccionista Pablo Birger presentó una edición para bibliófilos de un cuento de Ricardo Piglia, “Hotel Almagro”. Son 50 ejemplares, que contienen un aguafuerte original de Presas, impresos bajo el cuidado de César Palui.
  • Lugar: Colección Alvear de Zurbarán. Av. Alvear 1658. Cierre: 28 de marzo de 2005.Horario: lunes a viernes, de 10.30 a 21; sábados, de 10.30 a 13. Entrada: libre y gratuita.
Domingo 27 de febrero de 2005 | Publicado en edición impresa
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