Leo Vinci

“Mi nombre completo, lamentablemente, es Leonardo Dante Vinci”, dice el artista que es conocido como Leo Vinci, uno de los más renombrados escultores argentinos. Con una trayectoria llena de éxitos, premios y distinciones, superó lo que pensó en sus inicios que sería un problema: su nombre, que está a tres letras y cinco siglos del gran Leonardo Da Vinci. Hoy, su reloj con la imagen del Hombre de Vitruvio y la picardía con que cuenta esta historia son testimonio de que aquel conflicto de identidad quedó atrás.

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Fotos: María Paula Zacharías
En el Museo Sívori, recorrer la retrospectiva Pensamiento e imagen de su mano es un placer. Se detiene en cada escultura, explica con paciencia de profesor, recuerda historias, se ríe y contagia. Discípulo de maestros legendarios como Ernesto de la Cárcova, Troiano Troiani, Alberto Lagos, Alfredo Bigatti y José Fioravanti, Vinci –y su generación– rompió con los moldes del academicismo para dar forma a una visión contemporánea de la escultura. “Esta exposición la pensé hace un año y medio porque quise festejar mis 80. Lo hice con mucha alegría, ya que tengo salud y ganas, y voy a seguir trabajando. Estoy sintiendo una buena respuesta en la gente, que es lo que más me importa”.
Es un hombre afable, sin poses. Humilde. No pierde nunca la sonrisa. “Mi interés es didáctico. Hay mucha gente joven que no tiene noción de lo que fui haciendo. Uno no se da cuenta, pero va cumpliendo años. Y entre lo que uno hizo hace tiempo y lo que hace ahora hay una continuidad que tiene que ver con una lógica y con los tiempos vividos. Porque la realidad que me condiciona también me alimenta. Y me hace generar imágenes”.
La muestra reúne, en tres espacios, 35 esculturas de gran tamaño realizadas en bronce, cemento, resinas, plásticos, madera, chapa y arcilla, entre otros materiales, de distintas etapas de su producción. “Lo que hago en escultura es metafórico. Imágenes, vivencias profundas, uno y su realidad, uno y lo profundo. Crear seres que compartan espacios comunes y hablar de la sociedad con sentimiento de lo que es la vida, la muerte. Con esto intento generar formas que presentan y no representan. Me importa que detrás de cada imagen exista algo que la genere”, escribió el propio Vinci para enmarcar su selección.
De todo eso habla la primera obra que recibe en la sala principal: Licuación, 2008. “Es un mármol de Carrara hecho a partir de la lectura de Modernidad líquida, de Zygmunt Bauman, que da una pauta de la crisis del mundo en que vivimos. Plantea que todo aquello que parecía inamovible empezó a disolverse y que eso da pie a un cambio global”.
Usted no es un artista conceptual…
De ninguna manera. No es que no crea en los conceptos, pero sí creo que toda obra tiene algo para decir. A mí me motiva la realidad, desde el punto de vista íntimo y como ser social. Tengo la suerte de que el público me dice cosas que yo valoro, por ejemplo, que los conmocionan o los hace pensar, hasta hay gente me dice que ha llorado… ¡Me cargan amigos míos con que soy el Alberto Migré de la escultura!. Yo prefiero que me digan esas cosas y no ¡qué hermosa!, ¡qué lindo sería tener esto en mi jardín! Yo estoy diciendo cosas en cada obra, lo que siento y pienso. Y yo somos todos. No pretendo hacer algo personal, sino que me asumo como uno más que reacciona en un lenguaje que es la escultura. Por eso digo que lo mío es humanista y existencial.
Sostiene que la escultura es como la poesía…
Sí, porque genera metáforas, y la metáfora muestra más a fondo lo que uno quiere mostrar que una descripción demasiado directa. Así que estoy convencido de que mis esculturas son metáforas. Y toda metáfora tiene detrás un pensamiento que la genera: se la utiliza para que ese pensamiento llegue con mayor intensidad a los demás. Exagero o modifico la realidad, como hacen los poetas. Pienso que todos los que hacemos alguna creación necesitamos dominar un lenguaje, un oficio. Pero ese conocimiento no nos da jerarquía mayor que los demás. ¡No puede ser que una obra valga por el esfuerzo que cuesta hacerla! Sigo creyendo en la creación humana y que cada creador elige el lenguaje con el que mejor se siente. Yo tengo la característica de sentir placer en el hacer: construir, atacar un material, usar mi cuerpo trabajando y generando imágenes. Pero eso es algo que uno no maneja, cada uno tiene su condicionamiento natural.
¿Y cómo superó el conflicto de identidad con Leonardo Da Vinci?Mucha gente se cree que me puse ese nombre a propósito. A mí me pesó mucho en mi adolescencia: yo tenía la necesidad de crear, de pintar y no sabía si era porque llevaba ese apellido. Pero tuve suerte: un día encontré cuadernos de los primeros grados y me di cuenta de que yo, sin saber nada, cuando llegaba una fecha especial, dibujaba a doble página con todo color y detalle. ¡Unas escenas! Eso me demostró que lo que  sentía era algo personal. Otra vez, la maestra llamó a mi papá al colegio y le dijo: “Téngalo en cuenta: su hijo dibuja bien” ¡Para qué se lo habrá dicho! Mi papá me puso a prueba: me dio un perfil del Dante, tano él, y un papel de envolver y me dijo que lo dibujara; cuando lo vio, me dio una hoja de carpeta y una foto del rey de Italia. A la noche lo vio y le pareció bien. Llegaron los Reyes Magos y me trajeron papeles, pinturas.

Tiempo y espacio

En un rincón de la sala, un sector de luces teatrales alberga tres impactantes piezas antropomorfas de más de dos metros de altura que señalan al centro y se multiplican en sus sombras. A pesar de todo, 1985 es una sola figura dividida en dos, disociada. “Nuestro pasado nos obliga a veces a volver la cabeza hacia él, pero la realidad nos impulsa, a pesar de todo, a seguir adelante”, apunta Vinci. En el otro extremo está Decisión, 1987 (foto apertura), que obtuvo el Gran Premio de Honor LXXVI Salón Nacional de Artes Visuales. “Es una talla en cinco troncos unidos. No es mía, es del Estado. ¡Tuve que pagar un seguro de 3.500 pesos para que me la prestaran! Una pierna mira para cada lado, el torso está dividido en dos y las partes están una para cada lado, media cabeza se mira hacia adentro y otra, con timidez pero con decisión, señala el futuro. Un poco lo que nos pasa”.
Una de las más conmovedoras es Ofrenda, 1981, que podría recordar al autorretrato de Miguel Ángel como San Bartolomé en la Capilla Sixtina… Pero no. Es una expresión de la época de la dictadura militar. “Es la mitad de alguien que sigue vivo, pero que a su otra mitad, que le han matado, la sigue ofreciendo con hidalguía. Sigue creyendo, sigue mirando al cielo, sigue tendiendo el brazo como ofrecimiento de sí mismo, y lo único que ha quedado de la otra mitad de sí mismo es la huella en el mármol”.
Al fondo de la sala hay un grupo de cabezas, que comienza por Tres miradas, 2001. “Hay algo que al ser humano lo está alienando, encorsetando. Tiene tres caras y se relaciona con los Suplicantes del arte precolombino, una imagen anterior a Cristo de los pueblos originarios del noroeste argentino. En el fondo, a pesar de los siglos que han pasado, la problemática del hombre sigue siendo la misma: las mismas preguntas, la misma ansiedad de encontrar respuestas y la alienación en muchos aspectos”. Tamaño monumento son metáforas de una realidad común. “Cuál es mi horizonte, 1995, con tres hileras de ojos, es el interrogante de tener tantas propuestas. Raíz cuadrada, 1994 es el hombre computarizado. Agresión II, 2002, con flechas que entran y que salen, es el agredido y el agresor. Atravesado, 1999 está cruzada por frecuencias de onda. Sigo creyendo que el proceso creador está teñido del momento histórico que se vive. Parte de dos coordenadas: el lugar geográfico y el tiempo histórico. Y eso les confiere, naturalmente, una identidad actual. No digo nueva, porque esa palabra está muy devaluada por la publicidad: todo se vende como nuevo aunque sea siempre lo mismo. Hoy, la palabra nuevo suplantó a la palabra bueno. Sin buscarlo, la obra es un testimonio”.
Materia
Leo Vinci se confiesa caótico para trabajar. A la mañana sabe que desayuna y baja al taller, pero nunca sabe a qué se va a dedicar. Entra, pone música y se deja llevar. “Puedo concentrarme en una obra o en tres al mismo tiempo. A veces me la paso arreglando una máquina que se me rompió o acomodando. Pero nunca tengo un horario”, cuenta.
Su primer taller fue en el living de su casa de Paternal, después de aquella prueba que le confirmó a su papá que Leo iba a ser artista. “Teníamos una sala, con un juego de sillones que les había regalado para el casamiento un tío rico. Esa sala no se usaba nunca. Entonces, decidieron dejármela a mí. ¡A los 8 años tenía un taller! Cuando empecé Bellas Artes y con mis amigos formamos el Grupo del Sur, venían todos a dibujar a casa: contratábamos una modelo los fines de semana y dibujábamos”, evoca, emocionado, a Carlos Cañás, Aníbal Carreño, Ezequiel Linares, Mario Loza y René Morón.
Vinci es apasionado. Habla de la madera, el bronce o el mármol como si fueran amigos o contrincantes. Su oficio es cuerpo a cuerpo con la materia. Con alguna mide fuerzas como oponente. A veces, se vuelve su amante.
¿Cómo se lleva con los materiales?
La curiosidad me lleva. Cuando modelo, trabajo con un material noble, la arcilla, que te deja hacer lo que querés. Es difícil, porque la arcilla no te agrega nada. Ella, pobrecita, se adapta a tus errores y aciertos. En cambio, el mármol, la madera o la chapa de hierro te obligan a respetarlos, a conocer sus leyes.
Su oficio tiene algo de contienda…Es una hermosa contienda. El cuerpo me pide atacar los materiales. Necesito algo que me ofrezca resistencia, que me obligue a tenerlo en cuenta y aprovecharme de él, a establecer un buen diálogo. Me place enormemente el trabajo con esfuerzo físico, usar herramientas agresivas. Me gustan tanto la madera como el mármol. La chapa también, porque hay que golpearla: parece lisa, pero al cortarla y golpearla tiene una sensualidad maravillosa.
¿Y qué le pasa con el mármol?
El mármol es hipnótico, no podés dejar de trabajarlo. No me pasa sólo a mí. Noto que a mis alumnos les pasa lo mismo: parás porque estás cansado, pero no sé qué tiene, con esa cosa de ir sacando materia y descubriendo una imagen, que es un esfuerzo mayor pero te atrapa.
¿Sus pinturas son esculturas?Pinto las imágenes que tengo adentro, que salen en cuadros o en esculturas. Traje 30 para exponer, pero las eliminé a todas menos a cuatro porque perturbaban a las esculturas. Yo pinté siempre, en todos los ciclos de Bellas Artes. Y con mis compañeros del Grupo del Sur, desde que estudiábamos salíamos a pintar al paisaje. Yo pintaba igual que todos, pero mi sensibilidad apuntó a la forma corpórea. Sin embargo, hay momentos en que me resulta muy placentero y casi una necesidad agarrar el color. No el pincel, porque pinto con rodillos porque me dan materia: los apoyo y ya tengo materia. Para algún retoque uso pincel, pero como una herramienta menor.
Se dice que tiene el mejor taller de escultura de la Argentina… ¡La gente dice cada cosa! Tengo 25 a 30 alumnos, y lo que sí puedo decir es que tengo vocación docente. La actividad me permitió racionalizar mi pensamiento para comunicarlo.

Metafísica

“Todas tienen un sentido existencial”, respira profundo y mira sus obras. “No es nada alegre lo mío”, apunta. Pero su mirada sí lo es. Hay algo en sus ojos que brilla. Fuera del esquema, 1976, realizada en chapa de hierro batida, se ubica en el centro de la sala y habla del hombre industrial. “Tres cabezas representan lo mecánico, lo eléctrico y lo electrónico. Están encerrados en un cuadrado, que sostienen con sus brazos, como columnas. Afuera están las generaciones nuevas, libres”. Hay otra obra galardonada, Espiando el siglo XX, que se alzó con el primer premio del XVL Salón Municipal. “Es una imagen que se tapa la cara y espía, entre sus dedos, con horror, sorpresa y culpa”.
Vinci es librepensador: “Cuánta riqueza hay en la realidad para generar imágenes… No hace falta aliarse a tendencias, ismos, manifiestos, planteos estetizantes, ni seguir a pensamientos excesivamente elaborados o a pronosticadores de futuros. Simplemente, con las vivencias que tenemos todos, pueden surgir obras de expresión en cualquier disciplina que den pauta de este tiempo. Las obras surgen como surge de la tierra un árbol: de la vida”, reflexiona.
En un costado más iluminado se agrupan obras de menor tamaño, pinturas y una vitrina con catálogos y recortes periodísticos. Entre las más tempranas, está Desde adentro, arcilla de 1966: “Estaba en una etapa de pura expresividad, muy sensibilizado por el informalismo y la sensibilidad de la materia. Trabajé con arcilla muy fresca, con mis manos, haciendo algo relacionado con mi sentimiento de apertura interior. Lo que serían brazos apuntan al cielo, tiene algo de imploración. Hay algo mío que me lleva siempre a ese estado, no porque tenga una posición tomada a nivel religioso. Yo creo que todos tenemos algo religioso sin pertenecer a una iglesia determinada”.
Se relaciona, en algún punto, con Hacia la tierra y el cielo: “Mitad de la cabeza mira al cielo y la otra mitad mira esto que tiene en sus dedos, que es una plantita. Mirando al cielo descubre que la estructura que hay en el universo es la misma que hay en una pequeña planta”.
Todo comparte una lógica.
Está todo unido, de lo micro a lo macro, como señalan la física y la biología. Me gusta mucho leer de esas disciplinas, aunque no tengo formación para entender todo a fondo. De puro masoquista que soy sigo leyendo… Y algo me va quedando. Tengo varias obras con ese pensamiento de que todo está conectado.
Incluso el arte y la ciencia…Tuve la suerte de tener una relación personal y epistolar con Ilya Prigogine, Nobel de Química del año 1977. En una última esquelita que me manda me dice: “Coincido con usted en que el arte y la ciencia tienen mucho en común”. Yo estoy convencido de esto, no encuentro que sean ámbitos opuestos sino que, al contrario, aquel que está en el mundo de la búsqueda, de la investigación, tiene la misma actitud que el creador en el arte, que tiene mucho de fantasioso, pero mucho de disciplina, a la vez juego y transgresión. Quien incursiona en la profundidad de la ciencia es el que cuestiona y transgrede, no porque niegue lo anterior, sino porque le suma una variante. En el arte pasa lo mismo: la transgresión es un camino que se abre, que no reniega de los grandes creadores sino que le aporta la huella de su tiempo y espacio.

Exterior

En el jardín de invierno del Museo Sívori hay más trabajos de Vinci, expuestos con luz natural. “En sí mismo es cómo me siento cuando me interrogo”, confiesa. También está la pieza que le valió un viaje a Grecia, Victoria sin alas, 1989: “La embajada de Grecia había lanzado el Premio El Espíritu de Grecia en 1990 y convocó a 14 escultores a hacer obra relacionada con ese país… Y la verdad es que esta escultura no tiene nada que ver con Grecia, pero yo quise ser irónico. Se llamaba, cuando la presenté, Victoria de Indameritracia. Indoamérica está atada, pero tiene un cuerpo fuerte. Como siempre insisto, la cabeza mira adentro y al cielo, y sus manos pretenden volar, como las alas de la Samotracia. Gané el premio y viajé. Fue hermoso, visité las islas. Hace dos años volvimos con una pareja amiga y recorrimos el continente… en carpa”. Un genio.
En la tapa del catálogo hay una escultura. No una foto. Hay incrustado un relieve que imita al bronce. Con su mujer, dirigen el Taller de Arte Escultórico (www.artae.com.ar), dedicado a la reproducción de obras escultóricas, de todas las culturas, para empresas y particulares. “Tenía esa facilidad. Así como los pintores ponen un cuadro en la tapa, yo quise poner esta escultura”, explica. La obra es Deterioro y vuelo, 2011, una de las más recientes. “Lo rígido está deteriorándose. A medida en que esa estructura busca el cielo, empieza a tener alas, que no están todavía conformadas: tienen el peso de lo terrenal, pero seguramente van a terminar volando”, explica.
Afuera, en el jardín, hay tres grandes esculturas de cemento directo, pintadas en colores vibrantes. Señala una tras otra y no puedo dejar de mirar su reloj renacentista. “Siempre me sentí muy admirador de Leonardo. Cuando llegó el momento de mi primera exposición, a los 27 años, tuve que decidir cómo firmar. No quería saber nada con firmar con mi nombre completo. Como mi mamá ya había fallecido, me atreví a decirle a mi papá que no podría poner mi nombre entero. Mantuve el apellido y me puse Leo. De no haber respetado tanto a mi padre, cosa de la que no me arrepiento, me habría puesto el apellido materno o cualquier otro”.
A los 80 años, bien puede decir, muy sereno, que ser –y hacerse– Leo Vinci le ha dado muchas satisfacciones.
Texto y fotos:  María Paula Zacharías
Clase Ejecutiva, El Cronista
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