Libros y otros tesoros de… Alina Diaconu

La escritora se ufana de las encuadernaciones de lujo de su madre

  • “Siempre viví entre libros”, dice la escritora Alina Diaconú, hija de la encuadernadora artística Varinka y del crítico de arte Aurel Vladimir Diaconú. “Mi casa era una salón literario y artístico”, recuerda. Hasta ahora publicó 14 libros del modo más convencional, pero los que ella guarda son ediciones únicas, que su madre convirtió en piezas de arte, encuadernados especialmente con tapas decoradas a mano. Así también guarda los ensayos de su padre y libros rumanos y franceses, como las fábulas de La Fontaine. Varinka, su mamá, era una especie de Juan Carlos Pallarols en Rumania: “Si el rey Carol II tenía que hacer un regalo importante, le encargaba un libro. Y los comunistas, cuando necesitaban regalarle algo a Stalin, también. Hacía exposiciones y tenía coleccionistas. Usaba una técnica medieval, además del mosaico, el gofrado y el dorado. Creo que tendrían que estar en un museo. En la Argentina es muy poca la gente que sabe hacer encuadernaciones artísticas. No hay un mercado de bibliófilos como en Europa”. Varinka tuvo su clientela local, que incluía al empresario Agostino Rocca.
  • “La encuadernación le alarga la vida al libro. Lo convierte en objeto artístico”, reflexiona. Así se conserva uno de los pocos ejemplares deBuenas noches profesor , un libro de ella que fue prohibido: “Tuvo la Faja de Honor de la SADE, y una semana después fue declarado de exhibición limitada por la Junta Militar, nunca supe por qué. Todos los libreros lo devolvieron enseguida”. Era la historia de un profesor de literatura que se enamoraba de una alumna. En cambio, otro título conflictivo tuvo más suerte. “Empecé a escribir La Señora en París en 1969 y lo publiqué en 1975, época de Isabel Perón. Todos me decían que le cambiara el título, porque así le decían a ella. Pero no lo hice y no pasó nada”, cuenta.
  • Diaconú es ordenada, prolija, disciplinada. Medita todos los días desde hace 20 años. Su lugar de trabajo tiene las paredes cubiertas de recuerdos. Están enmarcados un autógrafo de Astor Piazzolla y una foto con Jorge Luis Borges en un reportaje que le hizo en París, que acaba de publicarse en Francia en formato libro, Jorge Luis Borges Entretien avec Alina Diaconú . También hay pinturas; entre otras, un retrato de ella y su madre en Bucarest hecho por el reconocido Alexandru Ciucurencu. Está en la lista de lo poco que pudieron rescatar cuando dejaron Rumania tras la llegada del comunismo. Entre fotos familiares, recuerdos de Egipto, un Buda de cerámica y una obra pop de Edgardo Giménez, se lee un poema de Alberto Girri con enmarañadas correcciones a mano. “Fuimos muy amigos, e influyó en mí para que volviera a la poesía. Corregía incluso después de publicar. ¡Le cambiaba hasta el título!,”, agrega.
  • “Mi relación con la poesía viene de muy lejos. Fue lo primero que empecé a escribir, en Rumania, a los 10 años. Curiosamente, no escribía en rumano sino en francés, que era mi segunda lengua. Me gustaba más cómo sonaba. Cuando llegué a la Argentina, a los 13, por dos o tres años no hablé castellano, pero escribía versos en francés”, cuenta Diaconú. Después se dedicó a la narrativa: novelas, ensayos, teatro y periodismo. “Cuando conocí al que sería mi marido, Ricardo Cordero, escribimos entre los dos un libro de poemas. Yo escribía un verso y él, otro, a la manera de la escritura automática de los surrealistas. Se llamó Poemas simultáneos , lo editamos nosotros y lo regalamos a los amigos”, dice. Desde los versos franceses y aquel libro de su juventud no había vuelto a escribir poesía. Sólo en 2005 publicó un poemario, otra vez para los amigos, Intimidades del ser , que fue bien recibido. “Entonces tomé más coraje y acá está el segundo libro de poesía, Poemas del silencio “, enumera.
  • Entre poema y poema, Diaconú trabaja en una novela todos los días, después de almorzar, durante tres horas: “La novela es como una oficina en la que tengo que fichar”. Para la poesía no hay horarios, llega sola. Son inspiraciones del momento y recuerdos lejanos, como cuando vio bailar a Josephine Baker, hace 40 años. También hizo versos sobre sus viajes a Egipto y a la India, y otros para sus padres. “Son poemas que indagan en el misterio de la existencia”, resume. Los escribe rápido, donde esté, muchas veces en servilletas.

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María Paula Zacharías

lanacion.com |

Sábado 22 de septiembre de 2007 | Publicado en edición impresa
Intimidades |

De volúmenes fuera de serie

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