La Argentina apaisada

Lucas Rocino viaja, se para, saca el caballete, los pinceles, y pinta

Lucas Rocino es paisajista. No nació en 1800 ni acompañó al naturalista Alexander von Humboldt en sus expediciones científicas por América para registrar un mundo desconocido. Tampoco es de la generación de los primeros modernos, que buscaban en los paisajes la creación de un arte nacional. A Rocino le tocó una época menos romántica que la que le tocó a Eduardo Sívori, que pintó la llanura; a Angel Della Valle, que retrató la pampa; a Reinaldo Giudici, Augusto Ballerini y Eduardo Schiaffino, que buscaron postales en las sierras, las Cataratas y la selva misionera, y que al grupo Nexus, que trabajaba en las sierras de Córdoba liderado por Fernando Fader.

Rocino nació 200 años después que los primeros pintores viajeros del territorio nacional, pero trabaja casi igual que ellos. Viaja solo, permanece horas mirando un paisaje, pensando y tomando mate, y cuando está listo, saca de la mochila los pinceles y pinta al aire libre.
En días en los que en el arte reinan las performances, lo conceptual, la tecnología y las instalaciones, Rocino, impávido, defiende su amor por la pintura. Sus obras son vistas panorámicas del norte del país, el Litoral, Córdoba, la pampa, La Boca y el Sur. Se pueden ver en la muestra Guía caprichosa de la Argentina, desde hoy en la galería VYP, Arroyo 959.

Lo inhóspito como argumento

Rocino expone hace ya 10 años. Se recibió de profesor de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. “Cuando iba a La Cárcova pintaba la Costanera Sur.” Así empezó todo.
Los viajes siguieron de forma más casual, gracias a sus amigos dispersos por el interior. “Los iba a visitar y llevaba mis materiales. Así conocí Chaco, Formosa, Salta. Estuve tres meses en La Rioja y expuse allí. Siempre encontraba amplitud, soledad. Lo inhóspito empezó a interesarme como argumento”, comenta. Hace tres años pasó un mes en la quebrada de Humahuaca, Iruya y los Valles Calchaquíes: “Cachi, Molinos, Angastaco. pueblos perdidos en el tiempo de una belleza increíble. La luz es lo que más me interesa, y ahí es realmente particular, no sé si por la altura, el aire seco, la hora…”, duda.
También viaja seguido a Bolivia, donde encuentra diversidad de paisajes. Y tiene una amiga en Trevelin, Chubut, donde suele instalarse largas temporadas.
Rocino trata de estar entre dos y tres meses al año en algún lugar fuera de Buenos Aires. Su taller está enclavado en el conurbano, en Vicente López, con vista de árboles y mucha luz. Suele viajar solo, porque no es fácil seguirle el ritmo tan lento. Ante una vista puede quedarse cinco horas mirando. Después saca su caballete, boceta en acuarela y toma fotos con una cámara reflex analógica. Lejos de lo digital, una vez copiadas las fotos en papel, las transforma en panorámicas con cortes de tijera.
Sus referentes: “Cándido López, que documentó la Guerra del Paraguay; Carlos Pellegrini. Me gusta la pintura realista del siglo XIX de Francia. Me sigue volviendo loco Corot. Y todos los pintores viajeros, como Turner, que no dejo de mirar”, enumera. De Italia trajo una muestra de Venecia, donde vivió, y una fascinación por la pintura renacentista. “El arte conceptual también puede estar en lo figurativo. La pintura siempre tiene detrás un concepto”, propone.
Su idea es recorrer el país durante un año y medio, sin itinerario previo, en una casa rodante o tallermóvil. .
María Paula Zacharías

Lunes 31 de agosto de 2009 | Publicado en edición impresa

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