Intimidades: la ciudad de adopción de… Elena Roger

Porteña de ley con domicilio en Londres

A la actriz le gusta caminarla, sobre todo a orillas del Támesis

 

  • La actriz argentina Elena Roger vive hace casi dos años en Londres. Hasta fines de mayo último encarnó a Evitaen el musical de Andrew Lloyd-Webber y ahora le da vida a Gabriella, la azafata italiana de la obra Boeing Boeing , en ocho funciones semanales. Como la energía de Roger da para mucho, puso su voz en Transtango , el show multimedia de la directora argentina Patricia Bossio, que pasó por el teatro Bloomsbury. Entre teatro y teatro, entre papel y papel, Roger se hace tiempo para conocer la ciudad… y recomendar sus mejores lugares. “Conocía Londres. Hace diez años, con mi hermana, la visité”, aclara.

 

 

  • Y me encanta: “Shakespeare, el teatro inglés, esa atmósfera que se vive…”, suspira. l De todas formas, la vida de una actriz en cartel es bastante rutinaria. “Me levanto y lo primero que hago es chequear el correo electrónico y leer las noticias. Salgo para ir al teatro directamente. Llego con tiempo justo como para practicar yoga, maquillarme y salir a escena. Después de la función, salvo excepciones, voy derecho a casa”, cuenta. Desde que cambió de papel y ya no tiene tanta exigencia física está más relajada y se permite salidas y paseos durante el día. “Los domingos, mi día libre, paseo por la costanera, donde encuentro lugares para comer, comprar DVD, libros o CD, y me instalo en algún banco cómodo para leer a orillas del Támesis. Para mí, es siempre bueno buscar un lugar para ver agua en movimiento, relajar la mente y disfrutar de la brisa”, recomienda.

 

 

  • Para hacer compras culturales, acude a la feria de libros que queda enfrente del British Film Institute (BFI): “Podés encontrar muy buenos libros a muy buen precio y, de paso, ver una película”.l En Londres, Roger se siente una cosmopolita. “Es una ciudad donde es muy raro salir a caminar y no oír hablar en por lo menos tres lenguas. No todos son turistas, quizá ninguno lo es. Eso me parece fascinante. La cantidad de culturas que conviven en Londres me hace pensar que es la capital del mundo. Me encanta su arquitectura y encontrar enormes espacios verdes en el medio de la urbe. ¡Los parques son divinos!”, dice. De todas formas, nada es perfecto. Ni siquiera Londres: “Cuando salgo del teatro y decido tomar un taxi me cuesta muchísimo encontrar uno. A veces es imposible y termino caminando hasta casa. Eso me pone un poquito de mal humor, sobre todo cuando es invierno y tengo que cruzar el río”, reconoce. Pero casi no depende de medios de transporte. “En general no los uso. Camino, camino, camino”, cuenta. Todavía se siente una turista. “No encuentro cosas que me molesten. Sigo viendo la ciudad como algo ajeno”, agrega. l Le llama la atención todo lo que tiene que ver con la realeza, los castillos y la historia de la ciudad. Por eso, no se perdió las visitas guiadas por el castillo de Windsor, el Palacio de Buckingham, la Torre de Londres y la abadía de Westminster. Hace los tours de rigor por la National Gallery y la Portrait Gallery. “En la Tate Modern, aparte de encontrar fabulosas obras de arte, podés llegar hasta el restaurante del último piso y comer con una hermosa vista de la ciudad”, apunta. Trafalgar Square también le gusta: “Siempre hay una nueva exposición o manifestación, o quizás algún día pongan pasto. ¡Esas cosas me matan!” Después están sus lugares de la vida cotidiana: un café del South Bank, que aporta un lindo ambiente para desayunar o tomar café con amigos. “Hay variedades de croissantsmuy ricas.” En ese barrio siempre se da una vuelta por la playa de skaters , que le gusta por los graffiti. También la deleitan los dulces de una confitería francesa, Paul, en Covent Garden. En el mercado de esa zona hace sus compras de ropa. También encuentra buenas prendas por Long Acre. “Ninguna tienda en especial”, asegura.l En noviembre último, cuando visitó Buenos Aires después de un año y medio de ausencia, se reencontró con su familia. Y después hizo cosas de expatriados: “El primer día, caminando por Paseo Colón, vi un quiosco en el que vendían panchos, ¿y qué hice? Compré uno, más dos Tita y una Rodhesia. Eso también lo extraño, junto con las facturas, el mate, las empanadas de mi mamá y los asados”, asegura. Además, encontró cambios: “¡La Casa Cuna que está en Barracas quedó divina! ¡Montes de Oca ahora tiene bulevar y cortan el pasto seguido! ¡Debajo de la autopista pusieron bancos y pasto!” De regreso en el Viejo Continente, busca productos argentinos para combatir la nostalgia. “Cuando estás tan lejos, tener la posibilidad de saborear esas cosas argentinas, como alfajores, cerveza o algún vino, en un segundo te hace sentir de regreso en Buenos Aires!”, dice, abrazada al cartel en el que un bar promociona una tradicional cerveza del sur del conurbano bonaerense. Los viernes saca viruta al piso de la milonga Negracha, en Holborn. Una porteña de ley, del otro lado del mundo.

María Paula Zacharías

Sábado 12 de enero de 2008 | Publicado en edición impresa

 

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