Andrés Waissman


waissman

Me defino por los impactos. Andrés Waissman tiene cuatro años y vive su primer encuentro con la pintura. Le interesan las obras del esposo de su tía, Roberto González. Le gusta verlo tirar agua sobre papeles, pintar. Su mamá lo deja dibujar con el carbón del asado en los pisos de mármol y hacer tempranos murales con témpera en los azulejos del baño, que se derriten con la primera ducha. Estar con una tela adelante es un recuerdo infinito.

A los siete años empieza a ir al psicólogo. Cree que se debe a que por entonces no existía el ‘título’ de desorden de atención. Tiene, además, todas las enfermedades psicosomáticas posibles: asma, soriasis. Nunca más deja el diván. Cada serie corresponde a una medicación diferente.

El artista tiene once años y reclama educación. Comienza su primer taller de pintura con Osvaldo Romberg. Después será su ayudante. Me impacta  el grabado. Estudia dibujo con Cecilia Marcovich. A esa edad anda solo por la calle. Frecuenta las galerías de la calle Florida. Desde los ocho el colectivero de la línea 94 lo llama por su nombre.

Mis padres siempre me apoyaron. Me hacen mi primer taller en la terraza. Waissman tiene 14 años. Desde que nació, en 1955, hasta sus 24 vive en la misma casa de Belgrano R. Funda su atelier en dos habitaciones premoldeadas que instala en el lugar donde se colgaba la ropa. Es un eterno noctámbulo. Aun en épocas de colegio, porque eso nunca le lleva demasiado tiempo. No dura demasiado en ninguno, por indisciplina. De sus quince es el primer amor, Berta, una chica que conoce un verano en Uruguay. Lindísima, bailarina clásica. La ama en silencio hasta los 20. Ya tiene los rasgos del oficio.

A los 16 le lleva una carpeta a Córdova Iturburu. El crítico lo llama por teléfono unos días más tarde y le dice que hay que hacer una muestra. Es el ‘73, en Lirolay, y se llama “Los Mutilados”. El impacto de González está presente en aquel mundo goyesco. Hay otra influencia propia. Estuve siempre signado por lo trágico. No tiene explicación. También por lo social. Belgrano R es en ese tiempo zona de inmigrantes italianos y españoles. De esos que se sientan en los zaguanes en pijama. Tendría que haber estudiado sociología o psicología. Siempre me interesó conocer de dónde viene la gente, por qué es lo que es y por qué somos lo que somos. Él mismo es una mezcla de orígenes: tiene antepasados ingleses, sirios, judíos, italianos, rusos, rumanos y egipcios. 

Crece en un núcleo familiar rodeado de artistas y profesionales. Además de González, tiene tíos periodistas, pianistas, violinistas. Es una casa donde se lee. Mis primeros impactos no visuales fueron a través de la literatura. Juega al fútbol como todos los chicos, al rugby. Tuve una infancia feliz, normal. Una mezcla de mundos medio rara, entre profundos y frívolos. Viajes a Córdoba, visitas a museos, mucho cine. Hace amigos que le duran toda la vida.

17 años. Primer viaje a Europa, solo, en barco. Pasa siete u ocho meses dando vueltas. No pinta, sólo mira. Mi primera impresión fuerte fue la pintura negra de Goya, que después tuvo una decidida influencia sobre mi trabajo. Se sumerge en París. Lo impactan los cementerios, la presencia de las guerras. Toma contacto con el constructivismo en  las visitas al hijo de Joaquín Torres García, Augusto. Le explica secretos que utiliza en sus series abstractas, le infunde paz.

A la vuelta, termina el secundario en un nocturno de Villa Urquiza. Tiene sus primeras vivencias con el horror: tres policías lo acompañan, camuflados, en clase. Es el delegado del curso. Yo sentí la otra Argentina. En la plaza de enfrente del colegio, en 1948, al hermano de su madre que entonces tenía 24 años lo mata la derecha peronista. Enrique Tchiria vendía ahí diarios socialistas. Lo tiran en el zaguán de la casa de mi abuela.

A los 19 vuelve a exponer. Arma en el ‘76 la carpeta Nocturnos con Iturburu, con siete tintas suyas, presentada en la Galería del Este, donde conoce a Borges. Es decir, a los seis meses del golpe de estado de Videla, trabaja con un miembro ex miembro del partido comunista.

Mi carrera es como un ir y venir. Yo hacía mi obra y al mismo tiempo progresaba mi formación. Por cuatro años trabajaba con modelo vivo en el taller de Joaquín Antonio Luque. También estudia con María Luisa Manassero, metódica, disciplinaria. Pero es completamente libre en la producción que expone. Piensa estudiar Bellas Artes. Todos los que me enseñaban me decían ‘no te arruines’.

En el ‘78 vuelve a Europa. Gana una beca para perfeccionarse en el taller de Antonio Seguí. Nos hicimos amigos, pasamos momentos fantásticos. Seguí, tan ordenado, lo ayuda a metodizar su quehacer. De ese período es importante una crisis en la que descubre que puede estar sin trabajar, pero no sin pintar. También, que el crítico Luis Romero lo convoca para enseñar grabado en el Museo Moore, de Cadaqués.

Allá se sabía lo que pasaba en Argentina. De regreso, ve dos fusilamentos en la calle. Empieza su serie “Rompezacezas”. Es la Argentina de entonces, que no podemos olvidar que existió. Sentí que era un país adolescente. La Argentina es también un misterio para Waissman.

En el ‘84, a los dos años de su casamiento con Gachi, se va por ocho a Estados Unidos. Es un país que te atrapa, es varios países juntos. San Francisco le parece un lugar en donde puede vivir. Pinta, expone y vende. Le va bien. Le impresiona la libertad de ese país, pero no que el valor supremo en el arte sea la originalidad. Sin procesos. Yo creo que encontré mi imagen, a pesar de que soy el mismo siempre, a los 50 años. Sintética, que lo define, con el soporte del trabajo que empieza en el año ’73.

No encuentra allá su lenguaje, que estaba en Buenos Aires esperándolo. Piensa que en un país donde las calles no tienen un agujero es muy difícil pintar un paisaje del suburbio inundado. Me sirvió para abrirme. Si no hubiera vivido en Estados Unidos, si no hubiera visto lo que vi las doce veces que fui a Nueva York  a ver qué impacto recibía, no hubiera llegado a Las Multitudes de hoy.

Otra vez, vuelve. Uno nace en el lugar donde va a terminar viviendo. Soy un artista de Buenos Aires, adoro los barrios, nací en uno. Esa cosa del café, del psicoanálisis (diálogo con uno visto por otro, una persona que te pone en tu lugar). Waissman tiene la capacidad de hablar por horas con extraños. Horas. Siente como primos a los porteños que conoce en el exterior, a primera vista.

 

La obra es uno mismo. La mía se ha llenado de condimentos diferentes. Entre los trabajos que realiza se encuentra el de mozo en un restaurante del barrio chino de Belgrano. Es  novio de una china y lo hace para congraciarse con su suegra china. También lustra pisos y vende sábanas de poliamidas en hoteles alojamiento de Flores y Caballito. A los 16 años es cadete de Radio Mitre. Bastante después se da el gusto de tener durante cinco años un programa en Canal à. Cumple funciones en el consulado de San Francisco. Ahí lo visita a diario un médico de Mar del Plata, que vaga por las calles y se hace llamar comandante Nahuel. Suele preguntar por el ‘Señor Weis’ para ir a tomar el café de la tarde. Aún guarda sus cartas conspiratorias y delirantes. Más tarde, funda y dirige durante tres años el espacio de arte Dock del Plata, en Puerto Madero.

Le gusta escribir. Muchas veces narra sus series antes de pintarlas. Necesito definir el principio, el desarrollo y el desenlace, como un cuento. Todas las series mías son como la continuación de la misma novela, dicha de distintas maneras.  Se siente cercano a Cortázar y a José Donosso, hay imágenes de Abelardo Castillo que lo conmueven. El Túnel de Sábato lo marca de joven. La película Fanny y Alexander, de Bergman, tiene una influencia cenital sobre su trabajo. Yo siempre estuve signado por lo místico.

Me interesa lo que hacen los jóvenes, recibo mucho impacto de ellos (por eso de que aprende más a los sacudones, a pesar de los doce años de talleres exhaustivos). Yo soy un dependiente de los demás. Me interesa la gente, siento afecto. No tengo prejuicios. Mira el diario y le interesa el mundo entero. Sus alumnos son de todos lados. Tiene vocación por enseñar y dice que debe hacerse desde la humildad más absoluta. Ponerte en el lugar del otro para poder partir de ahí en un viaje diferente. Más de 100 alumnos pasan por su aula. Para ratificar cosas mías.

 

De Belgrano R a Pampa y Freire. Después a otro departamento en Amenábar y Federico Lacroze. Olivos, San Isidro, San Francisco, Berckley, Petaluma, Accassuso, Nuñez, Palermo Viejo. Las mudanzas son una constante. En cierta forma él también es un peregrino. En el taller que tiene en Palermo, las mesas son añosos baúles de viaje.

Lamenta que ese barrio no sea más la zona roja, por la seguridad. Tiene doce dibujos de travestis escondidos por su mujer, para no asustar a sus alumnos. Pinta a diario, menos los fines de semana. No soy adicto a las casualidades. El cuadro reposa, sigue un proceso. Hace varias obras a la vez, porque le gusta la sensualidad del empaste del óleo. Necesita rincones: un ambiente armado, decorado, cálido. Me siento como en una cúpula que me protege. Encerrado veo mejor el afuera.  Trabaja en un mueble de imprenta de roble que tiene 90 años. Le fascina el misterio de las antigüedades. Quiero los objetos. Sabe cuando un libro se mueve. La biblioteca es como armar un cuadro, es como una composición.

Tener un buen resultado en su trabajo es para él importante. Gachi es ahora actriz y da clases de actuación, especializada en chicos con desorden de atención. Tienen tres hijos: Agustín, María y Carolina. Viven, ahora, en Tigre, pegados al río. Hoy soy sólo pintor. Me siento bien, estoy fuerte para ayudar. Llevan adelante un centro cultural comunitario, llamado La Estación. Diseña dos vitrales para la capilla de ese barrio. Soy de este tiempo. Me esperan más obras por salir.

 

María Paula Zacharías

 

 Texto publicado en el libro: 

ANDRES WAISSMAN
BILINGUE

 

ISBN 9870503799
Autor ALONSO RODRIGO
ALADRO JORDI , BARREDA FABIANA , GRO FLORENCIA , ZACHARIAS MARIA PAULA
Editorial EDICIONES DE AUTOR
Peso 1,49 Kg.Edición 2005,en Rústica
246 páginas
Idioma Español

 

 

 

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