Nicola Costantino

La mesa de… Nicola Costantino

La artista plástica también se anima con el arte culinario
  • La artista plástica Nicola Costantino siempre soñó con tener dos cocinas: una prolija y ordenada, y otra pegada a su taller, donde el trabajo con resina o con verduras a veces se parece demasiado, y sus comidas terminan teniendo más de esculturas que de gourmet.  En un enorme ambiente de su casa de Palermo, mezcla de galpón y jardín de invierno con una bola de espejos en el medio, respiran el mismo aire el taller, una de las cocinas, el living, el comedor y su trastienda personal. Por eso no es raro que en la mesa ratona haya un ternero  nonato que es una escultura (muy realista) y que en la mesa de madera pesada, al lado de una hornalla a garrafa haya un chancho tallado en sandía ahuecada, que se convierte en fuente para una ensalada de frutas presentada al estilo de una artista (tiene ojos de tomate cherry y patas de zucchini). Costantino adora la cocina, pero más que nada en su aspecto de trabajo manual y creativo. No sigue recetas, inventa, experimenta. “La comida es el único placer que nos damos todos los días”, defiende.

     

    La buldog Rita olisquea al chancho-ensaladera que bien podría ser obra de Arcimboldo. Y Costantino ofrece un refresco verde… muy verde. “Es limonada marroquí: limón, azúcar, albahaca y pepino”, ofrece. “Para mí es todo muy simbólico”, dice esta artista reconocida con vicios de matrona, que no tiene problemas en cocinar a diario para sus tres ayudantes. Desdeña del delivery. “Cuando daba talleres para niños los esperaba con la merienda”, asegura. “Me gusta hacer la comida y servirla con algo de comedia medio ridícula. Busco que mis invitados no se olviden de mi mesa, que vivan una experiencia. Es más, a veces ni siquiera me sale rico: no soy una profesional. Pero no importa”. Por suerte, su novio, el artista Gabriel Valansi, no es pretencioso: “No distingue pollo de pescado”. Costantino aprovecha y rescata los platos que hacía su abuela italiana, algo pasados de moda, como el matahambre, en el que pone verduras según el color y trata de formar flores. Otros días, innova: “A veces hago todo en formato tartaletas. Con tinta de calamar las hago negras y rellenas de pescado. Con colorantes para torta hago tartaletas rojas y amarillas”, detalla.

     

    “Lo primero que hago cuando termino de trabajar es cocinar”, cuenta. Pero arte y cocina tienen en Costantino muchos puntos en común. Su obra Cochon sur Canape, de 1992, era una porqueta rellena que se exhibía sobre un colchón de agua, para que el público la comiera con las manos. “Empezaba como un banquete barroco y terminaba siendo una chanchada, medio orgiástica. Me obsesionaba esa cosa festiva alrededor de un cadáver. Nada es inocente en la cocina”. Se especializa en cochinillos (en los dos ámbitos) y son famosas sus codornices, que rememoran su obra Cadena de Pollos, de las que espera que el comensal encuentre muchas connotaciones. “Lo mejor que me podían  decir era les recordaba la película La fiesta de Babette”, reconoce. Últimamente sus amigos la notan menos figurativa y más abstracta: “Cocino sushi, que me resulta fácil porque tengo habilidad manual”. También la seduce la comida thai, que prepara con arroz basmati con camarones, leche de coco y verduras. Pero lo sirve distinto, en cocos que abre con la sierra de carpintero que tiene en su taller.

     

    Costantino prepara una cena con amigos, y ya tiene listas las tostadas con jamón glaseado con huevo de codorniz que frió pacientemente en un cucharón (uno por uno). Para beber ofrecerá muchas jarras limonada marroquí y de té chai helado, porque nunca sabe calcular el vino: cardamomo, jengibre, canela, clavo de olor, anís, cáscara de limón y miel. También habrá gazpacho, bien picante. “A todos los sorprende y les gusta”. La decoración será con una vela roja ensartada en una coliflor, que con las horas se irá poniendo inquietante. Es un detalle que le quedó de la época en que usaba sólo manteles, servilletas, velas y platos rojos. También es de ese entonces la fuente con frutas y verduras monocromáticas que usa como bouquet: frutillas, pimientos, manzanas, tomates, ajíes y cerezas. “Está todo limpio, pero la gente siempre pregunta si se puede comer o no. Produce miedo”, cuenta. El postre será mousse de limón, que llegará a la mesa en limones ahuecados. Nunca en potecitos.

María Paula Zacharías

lanacion.com |

Sábado 29 de diciembre de 2007 | Publicado en edición impresa
Intimidades |
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