Mujer bandoneonista

La dama y el fueye: tres décadas de romance
Eva Méndez es una de las contadas mujeres bandoneonistas
Recuerda que, en cierta oportunidad, Antonio Tarragó Ros le repitió algo que a su vez le había dicho a él Astor Piazzolla: “Los bandoneonistas van al cielo, los acordeonistas, no”. Pronto, Eva Méndez supo que a la alta complejidad del instrumento tanguero por excelencia se sumaban otros contratiempos si la ejecutante era mujer. Pero se animó igual y ya lleva 33 años de carrera junto al fuelle, siguiendo el camino abierto por Francisca Cruz Paquita Bernardo a principios del siglo XX, pionera en desafiar el monopolio masculino en la materia.
El primer gran enfrentamiento de Méndez con la resistencia masculina fue a los 15 años, cuando tocó en un cumpleaños que terminó en la comisaría. Una carcajada estruendosa la ofendió cuando explicó que había ido a la fiesta con su papá sólo para tocar el bandoneón. Enfurecido, el comisario la amenazó con medidas extremas por “tomarle el pelo”. Ella pidió su instrumento, un banquito y dejó a todos atónitos con Quejas de bandoneón. “¿Quiere un café o… un vaso de leche?”, le ofrecieron como disculpa después de los aplausos.

La anécdota es similar a otras tantas, más sutiles, que le siguieron. Hasta hoy. “El machismo es muy grande. A veces, una mujer no encaja en una formación de hombres. Otras, te contratan porque llama la atención, pero después te escuchan y son implacables. Si sos mujer y te equivocás… no hay perdón. Es una gran responsabilidad”, confiesa.

De todas formas, eso no le ocurrió nunca con la moderna orquesta de señoritas que formó en su juventud, por sugerencia de Edmundo Rivero, Las Tanguistas, con las que recorrió América latina. Y tampoco en su carrera solista, que la llevó a compartir escenarios con Roberto Rufino (que la llamaba solamente María, su primer nombre), Cacho Castaña (con quien tocó tres años) y con Susana Rinaldi, en el recordado espectáculo Gotán.

Por una cabeza

Todo empezó a los cinco años, cuando ignoraba que el badoneón era cosa de hombres. Le pidió a su tío, Alberto Las Heras, que le enseñara a tocar “esa cosa cuadrada y negra” que él dominaba, el mismo instrumento que hoy ella usa en sus espectáculos y besa al final de cada función.

“Tiene un ángel”, explica. Su mentor tenía doce años cuando le pidió a su mamá que se lo comprara. Española humilde, pero tenaz, le dijo que iba a jugar a las carreras y que, si ganaba, se lo compraba. Por una cabeza, la suerte quiso que el Doble A nacarado, una reliquia alemana, fuera a parar, una generación después, a las manos de Méndez.

Como sabía leer desde los cuatro años, no tuvo problemas para interpretar pentagramas, y con cinco horas diarias de estudio, a los ocho dio su primer concierto en el Club Isondú de Flores, su barrio de siempre.

“Mi mamá me vestía con smoking y me armaba bucles rubios que me llegaban hasta la cintura. Me acuerdo como si fuera ayer que la primera canción que toqué, Mariposita, me hizo lagrimear por nervios o emoción, pero igual completé los ocho temas”, relata.

A los trece cambió la instrucción familiar por el Conservatorio Manuel de Falla. Participó en Grandes valores del tango, tocó en el Viejo Almacén, editó un CD y tiene otro en preparación, y Horacio Ferrer la incluyó en El libro del tango, entre otros hitos de su carrera.

Ahora se dedica a lo suyo, a la interpretación de tangos instrumentales en Sabor a Tango, un rincón bien porteño de Balvanera. “Estoy disfrutando de lo que hago”, asegura. Dejó los viajes para estar cerca de su hijo de diez años, el Dandy, como lo llaman, porque cada vez que va a verla actuar, se viste de traje, con el mismo respeto con que su madre honraba a la música cuando tenía su edad.

María Paula Zacharías

Publicada por La NAcion, Ultima Página,  1 de agosto de 2003. Foto: Rafael Calviño.
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