Calaveras y diablitos

JUJUY (Especial).– Nueve días no descanso, todo el carnaval yo canto. No  trabajo, sólo bailo, tristezas nomás espanto. Coplas como ésta resuenan ahora en  cada pueblo de la Quebrada de Humahuaca. Durante todo el año, esperan la fiesta  para bailar, cantar y beber, a veces mucho, ya que se cree que el diablo anda  suelto y todo está permitido. Y se lo homenajea como a una deidad para atraer la  suerte, mientras se le agradece a la Pachamama por todo lo recibido.
Creencias de distintos orígenes conviven en armonía. El festín terminará  mañana, miércoles de ceniza cristiano, o el domingo de tentación pagano, y en  las procesiones pascuales a la Virgen de Punta Corral se obtendrá el perdón por  todos los excesos carnavaleros.
A partir del mediodía se escucha por las  estrechas callecitas de los poblados el sonar dulce de los copleros, que  acompañan sus cantos con golpes en las cajas (tambores artesanales de cuero de  cabrito y vaca), y con notas arrancadas a los erkenchos (cuerno de chivo o vaca)  y las anatas (flauta achatada). Las comparsas alborotan las calles contagiando  fervor y borrachera, con ritmos murgueros, carnavalitos y disfraces de diablo,  brujas, gauchos y arlequines. Las casas están de puertas abiertas e invitan a  celebrar con chicha y vino.
Ni los ancianos se salvan de llevar la cara  pintada de blanco con talco, del adorno de las serpentinas y de las mojaduras de  bombitas y espuma. En todos lados se respira olor a albahaca, el aroma del  carnaval, y la mayoría lleva una ramita detrás de la oreja en señal de que se  busca amor o pareja de baile. El pueblo está en la calle festejando hasta bien  entrada la noche, cuando se irán yendo a dormir algunos, y otros amanecerán  rendidos en alguna vereda.
En las calles
El rito empezó  hace dos semanas, el jueves de compadres, cuando los hombres celebran por  separado, sin mujeres. El sábado pasado se inició el carnaval grande, con el  desentierro de un muñeco que representa al diablo, debajo del mojón, una pira de  piedra adornada con hojas de maíz, girasol y albahaca, que se riega con alcohol  y otras ofrendas aportadas por los padrinos.
Los diablitos de las  comparsas guían a los celebrantes por las calles del pueblo, agitando sus  banderas. Visten trajes de colores estridentes, que llevan hasta tres meses de  preparación y se queman cada cuatro años, adornados con lentejuelas, cascabeles  y espejos, y con una larga cola con punta de corazón. Ocultan su identidad con  una máscara de malla metálica y ensayan vocecitas agudas, para arremeter contra  las damas sin ningún miramiento; ellas quizá nunca sepan con quién bailaron una  noche entera o más.
“Agasajamos al Rey Momo con 150 disfrazados desde  1989”, cuenta Plácida Ayun de Farján, presidenta de la comparsa Pocos pero  Locos, que congregó a cientos de personas el sábado pasado en una lomadita de  Tilcara. En ese pueblo, el turismo es mayor. Se festeja en peñas, más  comerciales, o en casas de familia que no discriminan entre locales y  visitantes, mucho más tradicionales. La más antigua agrupación es la Cuadrilla  de Cajas y Copleros de 1800, fundada en 1866. Tiene 100 integrantes que dicen  mantener la tradición intacta sin haberse salteado jamás un año. Zenón Toconas,  uno de ellos, asegura que sabe más de 400 rimas y que todas le nacen del  corazón.
“El año pasa enseguida, cosechando y sembrando, hasta que llega  el carnaval y lo celebramos igual que mis abuelos”, cuenta en un camino  Salustiana Ramos, que a sus 80 años anda con paso ligero saltando las piedras  del río para cantar con su caja en la ronda que se forma en casa de su hija  María, actual presidenta del grupo. “Queremos mantener viva la enseñanza de  nuestros ancestros y demostrar la identidad cultural colla para promocionarla,  porque vivimos del turismo”, explica María, que gastó 200 pesos en el convite.
En cada rincón de la Quebrada se vive la misma fiesta. Los diablitos  andan sueltos con parejo esmero y graduación etílica en Jaure, Yacoraite,  Chucalesna y en otros lugares que por lo general no figuran en los mapas  turísticos. Seguirán bailando hasta el domingo, cuando lleguen las lágrimas por  el entierro del diablo, y con él se vaya la alegría. Hasta el año siguiente.

Noches  de solos y solas
Algunas cosas cambiaron. Antes, cuando los  festejantes no eran tantos, los lugareños se pasaban los días en invitaciones a  comilonas de casa en casa. Ahora, los llamados fortines dejaron de ser gratuitos  y el baile continúa por la noche en locales con grupos contratados, más cercanos  a la cumbia que al sikus. Casi no se ven bandoneones en las calles. Los mayores  aún estilan “vacunar” a cada invitado que ingresa en una casa con un vaso de  chicha. Y la creencia de que en esos días todos son solteros es en parte  desmitificada en Tilcara por Georgina Vitte y muchas otras casadas: “Yo no le  perdono nada, aunque mi marido no viene a dormir porque se queda bailando toda  la noche en el mojón”, comenta. Pero las solteras esperan la fecha con la  esperanza de “toparse” y bailar con un mismo diablito todos los días, para que  al final revele su identidad y se enamoren, explica Macaria Ignacio, en la plaza  de Humahuaca.

Link  permanente: http://www.lanacion.com.ar/478147

Publicada en Ultima Página, La Nación,  4 de marzo de 2003. Fotos de Natacha Pisarenko (AP).

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