Artistas de circo

Historias de malabaristas, acróbatas y payasos modernos
 Con algo de neohippies, rescatan el circo como un arte popular, incluso humanista, pero dejan de lado los animales y se sienten tan cómodos en un semáforo como en una carpa.

Aunque no les guste demasiado el término, son hijos de la globalización (del lado positivo, en todo caso) y no ocultan un espíritu nómada, inseparable de su idea de la libertad.

Los artistas del nuevo circo (o neocirco, urbano, popular, artesanal), además, son talentosos y saben que su función ya comenzó.

Sacarse la corbata, subirse al monociclo

Rodrigo Möller nació en Perú hace 23 años y siempre le gustaron los deportes. Hace cinco años, trabajaba en las oficinas de una importante cervecería en Buenos Aires, con jefes, horarios, mangas de camisa y corte de pelo convencional. Pero ya entonces estaba fascinado con el mundo del circo, que conoció de cerca en una convención en La Plata.

Empezó a aprender malabares. Hasta que colgó cargo y corbata para dedicarse ciento por ciento al circo. Y la cervecería ahora auspicia sus presentaciones y riega algunas fiestas. En Circaleta, la agrupación que formó entonces, empezaron cuatro integrantes y ahora son ocho. Hacen temporada en Colón, Entre Ríos, y actúan durante el año en Buenos Aires.

Rodrigo se mudó a Boedo. Aprende con sus vecinos música afrocubana y a tocar la quena. Dice tener totalmente definida su vocación de artista y que su aspiración es llegar a dominar todos los roles posibles dentro de un circo: desde acrobacias hasta instalación de luces. Ya conoce bastantes: tiene rutinas de bolas de cristal, clavas, monociclo, pelotas de rebote y actuación. No sale a comer afuera, no le atraen los shoppings y su pelo crece en diferentes direcciones. Le gusta leer y el folklore de cualquier país. Satisfecho, le cuesta soñar a largo plazo: “Vivo el presente y aspiro a ser una buena persona, aprender de mis errores y hacer feliz a la gente, aunque sea por un rato”.

Vuelta al mundo en 80 malabares

Sebastián Guz es inquieto. Tiende a estar siempre en movimiento y ha recorrido un largo camino: desde Dubai, en los Emiratos Arabes, hasta Cancún, hizo circo en cincuenta ciudades de todo el mundo. Nació en Neuquén, en 1975. Su formación comenzó en Buenos Aires, durante los recreos de la secundaria en el Nicolás Avellaneda y los días en que cambiaba el colegio por una plaza de Belgrano para practicar nuevas destrezas con su amigo y compañero en esto, Fernando Santillán.

A los primeros malabares aprendidos y a las cualidades innatas, como su humor inocente, se sumaron habilidades físicas, musicales y actorales. Y, bajo la influencia del eximio Chaco Vachi y los Malabaristas del Apocalipsis, formó la compañía Circo Xiclo con otros cinco integrantes, a los que considera su familia. Hacen un show mudo, premiado internacionalmente, y con esfuerzo lograron comprar una carpa, como la del circo tradicional.

La risa para él es cosa seria; en su casa reinan las figuras de payasos y en la biblioteca los libros son mayormente de un mismo tema. Se tatuó en el tobillo la primera imagen de malabaristas de que tiene registro la historia: egipcios haciendo volar varias pelotas hace 4000 años. “Ojalá que la vida me regale muchos años de circo, de libertad”, dice.

El sueño nómada de la gira permanente

Gabriela Corbo logró a los 24 años lo que quería: ser contratada por un circo grande e irse de gira.

Hace un número de parada de manos solista y vuela en un dúo de trapecio. Ya van a ser siete años desde que empezó con esto, cuando entró en la Escuela de Circo Criollo y formó con amigos el grupo Circo Chico.

Desde los 12, no para de moverse: hizo gimnasia artística, danza jazz, flamenco, folklore, salsa y teatro. Aprendió a coser sus propios trajes y piensa que ese será su oficio cuando ya no esté para trotes ni saltos.

Sus padres esperaban de ella una carrera formal. Pero a los 15 ya sabía qué quería y esperó a los 18 para que la dejaran. No fue fácil subirse a un trapecio: “Tenía manos de nena, mi espalda medía la mitad que ahora”, explica. Demoró dos meses en sacar la fuerza necesaria para sostenerse.

Siempre trabajó en Buenos Aires, como docente y como trapecista, y se fue de gira sólo en los veranos. Ahora quiere dedicar unos años a conocer diferentes partes del mundo con su novio, Bruno, diabolista (ese malabar que se hace con dos especies de sopapas invertidas). “Cuando tenga hijos me instalaré en algún lugar”, dice. Pero para eso, aclara, falta bastante.

De los semáforos al galpón propio, con escalas

A Carlos Espósito, de chico lo apodaron Mago. Si su mamá enfermera y su papá comerciante lo hubiesen sabido, lo habrían llamado de otra manera: Abogado, Marinero… Pero el hecho es que a los 18, Mago se fue de su casa de Villa Crespo con alma de malabarista itinerante.

A los 14, había mentido en una banda de rock que era experto bajista. Después de una semana de frenético estudio, nadie notó que eran sus primeros acordes y así empezó otra de sus pasiones. Al terminar el colegio, su fue a Chile a una convención de artistas de circo. Se quedó seis meses, ganándose la vida como malabarista en semáforos y guitarrero en colectivos. Anduvo por la Patagonia y, después, con seis amigos recorrió la costa uruguaya con un espectáculo circense.

Volvió a Buenos Aires y dedicó seis meses a limpiar un galpón abandonado. “Vamos a hacer un circo en casa”, dijeron él y otros tres jóvenes viajeros. Construyeron habitaciones, camarines, sala de ensayo, conectaron agua, luz y teléfono, e instalaron ahí su nueva agrupación, El Circo de los Hermanos Trivenchi. Armaron un centro cultural con doce talleres a la gorra; tienen funciones todos los fines de semana, una banda y variedades con artistas invitados. Mago dice que quiere aprender más. Se prepara para ser el presentador de otro espectáculo, parecido a Duendes, obra que presentaron en el San Martín. Y sueña con tener una casa rodante, “para llevar magia a todas partes”.

Producción: María Paula Zacharías

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/485228.

Publicado por la Nación, ultima Página, 1 de Abril de 2003.  Foto: Silvana Vallejos.
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