Garza Lobos: “Con la novedad ya no es suficiente”.

Foto: LA NACION / Martín Felipe/AFV

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Para llegar a la oficina de Garza Lobos hay que atravesar un local de Salvador 4734 y meterse en un jardín de ensueño, con un estanque con peces y flores de loto. Así, olvidados del ruido de la calle, Rubén Troilo y Constanza von Niederhäusern trabajan en colecciones que se destacan por sus colores y las telas que ellos mismos generan. “Yo puedo tener más experiencia, pero lo que más se necesita es sensibilidad. Por eso con Constanza siempre nos ponemos de acuerdo”, dice Troilo. En abril presentarán una cápsula de alta noche, en un evento privado. “Esta temporada queríamos hacer algo más íntimo”, dicen, relajados, ella, sin zapatos, cruzada de piernas sobre un puf, y Rubén, en bermudas y zapatillas, hamacándose en una silla.

-¿En qué andan?

Rubén Troilo: –Entramos en una etapa nueva de cómo pensamos las colecciones. Como diseñador, a veces tenés una creencia que dura varias temporadas, o puede que sea efímera. Este invierno nos alejamos de la pretensión de que las cosas tuvieran tanto ruido de diseñador, de decir ¡mirá, ésta es mi creación! Nos pusimos en un papel de espectadores de lo que la gente viste y tratamos de dar nuestra versión de la ropa que nos gusta. Es un ejercicio interesante cambiar de rol. En el aspecto creativo está bueno replantearse qué significa ser diseñador hoy y qué significaba hace cinco, diez o treinta años. No puede ser siempre lo mismo, porque todo va cambiando. Puede volverse pesado que el rol del diseñador siga siendo el de la persona que se encierra y se inspira y sale con una supuesta obra de arte. Está bueno cuestionarlo, filosóficamente.

Constanza von Niederhäusern: –La noche es lo que más fácil nos sale. Es un desafío pensar en acompañar a la persona todo el día.

-¿El rol del diseñador?

R. T.: –Antonioni dijo una vez en un reportaje que antes, el cine era más importante que el mundo y que él pensaba que ahora el mundo era más importante que el cine. Con la moda creo que pasa igual. En la época de Yves Saint Laurent, Dior y los grandes popes, la moda era más importante que el mundo. La gente común vivía sin mucha información ni complejidad, y la moda irrumpía a decirle cómo se tenía que vestir. Ahora el mundo es más importante. En este momento hay tanta información que vos podés creer en lo que quieras, porque sobre cualquier creencia vas a encontrar alguna información que la confirme. Empieza a ser menos valioso eso del diseñador que viene y dice ¡miren! Hay tantos diseñadores diciendo lo mismo que hay que buscarle otra vuelta.

-¿Cómo pensaron la colección?

R. T.: –En este momento es interesante que además de crear algo tengas una opinión de cómo se viste la gente en la calle: esta camisa que no la inventé yo y vos usás, la hago con esta proporción, otro detalle de terminación, un color inesperado. De eso se trata: de reversionar clásicos con una impronta propia.

C. N.: –Por ejemplo, esta remera gris es simple, pero si la tocás es de lana pura merino en un hilado que parece algodón. La diferencia está en la calidad y la comodidad.

R. T.: –En buscar materiales que no sean trillados. Siempre decimos que hay que buscar qué es lo nuevo y lo lindo. Tenés que tener una sensibilidad que te permita discernir si una pollera debe ser dos centímetros más corta o más larga. A lo mejor era más lindo dos más corta. O más nuevo si era blanca y no beige. Es fácil hacer algo nuevo, porque no tenés en cuenta ninguna referencia pasada. Pero entones es difícil que sea lindo, porque lo lindo necesita alguna referencia previa para que no haga ruido. Hay pocas cosas que pueden ser nuevas y lindas a la vez. En los 60 era lindo escuchar Mozart, pero no era nuevo. Quizá los Beatles hacían algo que era lindo y nuevo. A veces hay oportunidades históricas en las que en la moda se introducen cosas novedosas. Este momento es complicado para la novedad, ya no es un argumento suficiente. Todo es novedoso.

-¿Qué valor tiene que tener hoy una prenda?

R. T.: –Hay que dejar de pensar tanto en el objeto y pensar en la experiencia de la persona que lo va a usar. Cuando pensás un vestido tenés que imaginarte a la persona en la fiesta. Y no como si el vestido fuera un edificio.

-¿Cómo es la Argentina como contexto para un diseñador?

C. N.: –Es genial. Están surgiendo diseñadores que son buenísimos y a las marcas comerciales les va bien. El argentino se las rebusca para hacer cosas lindísimas, aunque haya impedimentos.

R. T.: –En comparación con otras partes del mundo, es muy democrático para el acceso a poner una marca de ropa. No somos magnates y tenemos una marca con publicidad, un buen local… Los números de las ventas de los shoppings en Europa no existen. Y sólo pueden estar ahí las marcas multimillonarias. Una marca como nosotros en Europa jamás podría tener un local a la calle, porque puede significar un alquiler de un millón de euros por mes. Muchas marcas tienen locales a pérdida en París para poder vender en países como China.

-¿Cuál sería el rol de la política respecto de la moda?

C. N.: –En importaciones, me parece genial que no dejen importar moda porque lo podemos fabricar. Pero seda natural acá nadie fabrica ni lo hará en 20 años. Hay barreras sin sentido. ¿Por qué se tienen que fondear en la aduana tres meses mis 17 metros de encaje? En cambio, en el tema del guanaco sí deberían apoyar los planes de encierre con helicóptero en vez de arreo. Sus fibras son caras y eso ayudaría a bajar costos. Se necesita un plan nacional de manejo del guanaco. Quisiéramos que fuera una marca país, guanaco argentino, como el algodón peruano.

EL PANTONE. “El tono afecta mucho a la prenda. Si no tiene la exactitud que necesitás, si no es tan oscuro como para contrastar o no es lo suficientemente cálido, arruina el contraste. Por eso el Pantone es indispensable”, analiza Troilo. “Lo nuestro es un festival de colores”, dice Von Niederhäusern.

 

lanacion.com|

Jueves 05 de marzo de 2015 | Publicado en edición impresa
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